Revista Víacuarenta N°13/14

PORTADA VIACUARENTA 2012

EDITORIAL VÍACUARENTA 13

Que la crónica es un género en imparable ascenso social es algo que hoy se reconoce, se celebra y se estudia como si hubiésemos llegado a un momento ciertamente excepcional del periodismo hispanoamericano. Hasta los propios cronistas se asombran y reconocen hoy con cierta sorna y divertido humor el hecho de que estén cruzando por uno de los mejores momentos del género en toda su historia. El auge de las revistas especializadas en crónica en Colombia, México, Perú, Chile o Argentina, sumado también a la eclosión de blogs y medios alternativos, y al hecho de que muchos jóvenes estén dedicados a contar historias acudiendo al periodismo literario o periodismo narrativo, es algo que está marcando sin dudas la ocurrencia de un verdadero fenómeno cultural en la escritura.

Estos nuevos cronistas de Indias, ellos mismos se saben, mirándose de reojo y con cierta desconfianza, las nuevas vedettes de la literatura, y así son tratados hoy en los grandes foros internacionales de la lengua española. En el negocio editorial están, de lejos, por encima del cuento y la novela y, cómo no, desde luego por encima de la poesía.

 Es un Olimpo reconocible en el que están figuras de todos los tiempos como Gabriel García Márquez, Carlos Monsivais, Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Soriano, Roberto Arlt; pero en el que también habitan en plenitud de poderes figuras de gran vigencia y poder como el norteamericano Jon Lee Anderson, de gran ascendiente en el mundo hispanoamericano, pese a su procedencia; el argentino Martín Caparrós; el portorriqueño Héctor Feliciano; el nicaragüense Sergio Ramírez; el mexicano Juan Villoro; el peruano Julio Villanueva Chang; y los colombianos Juan Gossaín, Jorge García Usta, Alberto Salcedo Ramos, Héctor Abad Facio-Lince, Ernesto Macausland, para sólo mencionar unos cuantos.

La crónica se propone ahora como un género anfibio que se mueve  permanentemente en varias aguas y en varios territorios, contraponiendo a la ecuación clásica de mensaje – referente el nuevo concepto de periodismo veraz y subjetivo, acudiendo a la literatura como una solución efectiva para confrontar lo efímero e instantáneo de la noticia. Y es así como, en trance de nueva tendencia, se nos presenta hoy para darle un nuevo rostro al periodismo y la literatura latinoamericanos.

En ese sentido es muy acertada la afirmación que hizo en días pasados en una entrevista Alberto Salcedo Ramos, uno de los cronistas antologados en esta edición especial de la revista víacuarenta: “Para mí la crónica es un género que se inventó para salvar al periodismo del envejecimiento.”

 Esta víacuarenta reúne plumas del Caribe colombiano que hacen también su aporte a este fenómeno, y que van de Ramón Illán Bacca a John Better tensando un arco en el que están Roberto Burgos Cantor, Aníbal Tobón, Julio Olaciregui, Sigifredo Eusse, Alfonso Hamburguer, Ernesto Macausland, Jaime Cabrera, Adlai Stevenson, Alberto Salcedo Ramos, Libardo Barros, Joaquín Mattos, Alonso Sánchez Baute, Beatriz Vanegas, Patricia Iriarte, Robinson Quintero Ruiz, Paul Brito, Alfredo Baldovino y Catalina Ruíz-Navarro.

Las temáticas y los abordajes, aunque diversos, hacen justicia al talante y a la pluma de cada cronista. Así, las divas del cine mexicano reclaman siempre su Ramón Illán; la sutileza espiritual y la escritura breve y precisa son detalle sensible en la nota de viaje de Burgos Cantor; como el humor y la memoria urbana de Tobón; la africanía danzaría y la observación antropológica de Olaciregui; García Márquez y el mundo del cine para Eusse; las míticas parrandas vallenatas en Hamburguer; los personajes encontrados en el ojo de Macausland; el Miami desconcertante de Jaime Cabrera; las curiosidad por la historia en Stevenson; la agudeza para transformar lo anodino en grandioso en Salcedo Ramos; la mirada esforzada de Libardo Barros; la escritura rigurosa y el referente preciso en Mattos Omar…

Esta muestra que reúne a 22 cronistas del Caribe colombiano, quiere poner en un nuevo contexto una producción que circula poco y malamente en las contadas revistas y periódicos de nuestra región, y que por tanto merece ser publicada de una nueva manera, sin importar que algunas crónicas hayan aparecido en otros medios en años anteriores, como en el caso de las crónicas de Ramón Illán, Better, Salcedo, Macausland y Mattos, pero que en esta revista se resignifican y vuelven a ser nuevas para lectores otros. La Biblioteca Piloto del Caribe quiere agradecer a cada uno de estos 22 autores su extraordinaria participación y colaboración en este nuevo número de víacuarenta.

Queremos destacar al lado de los experimentados del género trabajos ciertamente notables como los de Franco Altamar, Robinson Quintero, Paul Brito, Catalina Ruiz y John Better, con los que sin duda se redondea con nuevos aportes un número especial de nuestra revista.

víacuarenta quiere agradecer al arquitecto y dibujante Carlos Escobar D’Andreis la gentileza de haber cedido parte importante de su producción dibujística para ilustrar de manera exclusiva el presente número, logrando con ésta un interesante relato visual paralelo a las historias que aquí se cuentan.

Agradecer también al joven compositor e intérprete barranquillero radicado en Alemania, Christian Renz Paulsen, por la cesión de la partitura de su obra Coral y Tocata especialmente concebida y escrita para esta publicación sobre cronistas del Caribe colombiano.

Por último, víacuarenta quiere dejar constancia de su indecible pesar por la temprana muerte de uno de nuestros cronistas invitados a esta edición especial, el periodista, escritor y cineasta barranquillero Ernesto Macausland Sojo, quien nos cedió con entusiasmo e interés su texto sobre el poeta Derek Walcott, pero que no pudo ver la edición terminada debido a su deceso ocurrido el día miércoles 21 de noviembre de 2012. A él va dedicado este número, in memoriam.

Cuando el bien representa al mal y al revés

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Aura Inés Aguilar Caro

Había logrado pasar los espacios de revisión migratoria, como también la aduana en ambos países y continuaba conmigo, sin ningún tipo de impedimentos; aun de que en otra época hubiera desistido integrarlo a mi equipaje; sin embargo “El Diablo”, me mostraba su cara más angelical. Me refiero al recién publicado libro del profesor Jairo Soto Hernández, es una seria investigación dentro del contexto en la cultura popular del Caribe Colombiano, armonizado con otras manifestaciones en países de América Latina en conexión sincrónica con los orígenes de la conquista y por consiguiente con lo religioso.

Sintetiza un estudio metodológicamente detallado en la representación del “mal” en nuestra identidad del Caribe, que en la heredad de la colonia se nos había enseñado que estaba relacionado, en algunas costumbres que coexistían aun antes de la conquista, de aquellos pobladores que tenían su propia civilización y cultura, que el sentido de lo religioso vendría a interpretar desde una postura de evangelización como aquello de traer la “buena nueva”. Que en definitiva ellos hicieron una fusión tanto de lo propio como de lo adquirido y le dieron un sentido auténtico. (Abbagnano y Visalberghi, 2009).

Hace una provocación, el autor de la investigación, a través de los cinco capítulos del libro El diablo en la cultura popular del Caribe colombiano, a poder re-interpretar a partir del interaccionismo simbólico compartido, desde los lugares donde cohabitan estas prácticas culturales, como parte de la estética popular. En principio saber que en nuestra América Latina en países como Perú, Bolivia, México, Panamá, Venezuela y Cuba; hay también incorporación en este sentido, desde los orígenes de la colonia. De igual manera un análisis de esta presencia simbólica, que a través de festividades religiosas o no, en el Caribe colombiano, en lugares como Valledupar (Cesar), San José de Uré (Córdoba), El Molino – (La Guajira), Guamal y Santa Ana (Magdalena), e incluyendo las carnestolendas de Barranquilla en el Atlántico. (Soto, 2012).

Es identificarnos con la representatividad social, de lo que se opone al “bien” que hoy podríamos considerarlo como capital cultural acumulado; que intenta develar los saberes del sentido común, es aquello que ha tenido limites conceptuales dentro del conocimiento (por no considerarse científico) pero a la vez es algo que se teje socialmente (Canclini, 2004), sin poder darnos cuenta en expresiones populares que sublimadas a través de letras; en canciones folklóricas, leyendas, dichos, refranes, juegos infantiles y pactos, que de alguna manera permean y será extensivo por mucho tiempo a las generaciones.

Ahora bien dentro del texto voy a citar dos de los múltiples análisis que hace el profesor Jairo Soto Hernández, debido a la ubicación geográfica (Ariguani –Magdalena), tanto personal como también del contexto donde se ubican los personajes mencionados; se trata de Francisco “Pacho” Rada Batista y Adriano Salas Manjarrez.

El primero en relación a la leyenda que existe alrededor a su vida y obra, el cual recoge en sí lo que la colectividad interpreta, del hecho sucedido en camino a su casa cuando escucha acordeones sonar a lo que el compite con sus propio ritmo, en ese caso gana la partida, interpretando su acordeón y eso sí acompañado de unos buenos rones:

Me bajé de la bestia, saqué mi acordeón y me empujé un trago de ron,

y apenas escuché que terminaba la pieza le contesté con una melodía mía,

para que supiera donde me encontraba.

(Hinestrosa Llanos 1992, en Soto 2012)

En algunas entrevistas (Hinestrosa, 1992 y Llenera, 1985) concedidas en vida al maestro Pacho Rada, las cuales están citadas en el libro, nunca lo relacionó con la existencia propiamente del mal, era más una configuración social, que inicio desde su núcleo familiar y el contexto sociocultural, a partir del imaginario colectivo que se tiene de “el diablo”.

El segundo, es el autor de la composición Caño Lindo, que es un lugar ubicado en la jurisdicción mencionada arribala cual expresa la nostalgia de dejar el campo, que es también su trabajo, pero en el cual siempre está presente la música, por ser este también compositor e intérprete de la guitarra:

“Adiós, Caño Lindo, ya me voy despidiendo/

Adiós, panorama delicioso de los llanos/

Ya no acompaño mas con mi guitarra/

A las aves silvestres del playón”.

Pero que el señor feudal (Julio Sierra) hace una súplica al todo poderoso para que su trabajador no se pierda en el camino, que no tenga tiempo para beber y todo lo que implica armar la parranda, no entendiendo que precisamente esta, hace parte de lo propio del hombre caribe, sinónimo de la alegría, del jolgorio siendo significado de vida y no precisamente de la tristeza o “el diablo”, como lo fundamenta:

“Pidiéndole a Dios que no se presente el diablo/

Como un triste viejo hablándole de parranda”

 

En ambos casos ante la presencia tácita del diablo en torno a la parranda, abstraen situaciones que cobran vida en este caso en la leyenda de Francisco el Hombre y en la composición Caño Lindo, que para quienes alguna vez hemos escuchado referirse a ello, podemos omitir o no la presencia de lo antagónico, cuando hay desestructuraciones de lo binario (bien – mal).

En conclusión, la investigación busca rescatar la identidad cultural del caribe, en la cual hay interés en que no se disperse ni se olvide, sino que se trasmita de las generaciones adultas a las más jóvenes a fin de que estas se vuelvan hábiles, que se pueda desenterrar la modernidad (Gil, 2002); todo ello es posible lograr a través de la investigación social, que en este caso motiva a quienes puedan estar interesados en seguir re-definiendo nuestras mismas manifestaciones y de alguna manera poder establecer diferenciaciones en relación a otras culturas universales, pero que a la vez nos propicien posicionar la nuestra.

Un día primaveral en Santiago de Chile,

Octubre 2012.

Referencias

Abbagnano, N y Visalberghi, A. (2009). Historia de la pedagogía. Fondo de cultura económica de México. México.

García, N. (2002). Diferentesdesiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad. Gedisa, Barcelona.

Gil, N. (2002). Adolfo Pacheco y el compadre Ramón. Editora Guadalupe Ltda. Bogotá.

Soto, J. (2012). El diablo en la cultura popular del Caribe colombiano. Del corpus christi al Carnaval de Barranquilla. Editorial La iguana ciega, Barranquilla.


[1] Aura Inés Aguilar Caro, Magister de trabajo social de la Pontificia Universidad Católica de Chile, actualmente se encuentra finalizando sus estudios de doctorado en Educación Intercultural en la Universidad de Santiago de Chile (USACH).

José Agustín Blanco Barros, Obras Completas

Por Jorge Villalon y Alexander Vega

 

Con mucha satisfacción presentamos la obra completa de José Agustín Blanco Barros, uno de los más destacados intelectuales colombianos del siglo XX, oriundo de Sabanalarga en el Departamento del Atlántico en la parte norte de Colombia a orillas del Mar Caribe. A este trozo de tierra y agua el autor le ha dedicado la parte más importante de su trabajo investigativo. El período de tiempo que cubre su trabajo geográfico e histórico son alrededor de tres siglos, desde la llegada de los primeros españoles en 1501 hasta la crisis de la Independencia a principios del siglo XIX, período que la tradición académica denomina época Colonial. Como editores de su obra, consideramos oportuno presentar al amplio público de lectores una visión general de su trabajo, como también las razones que nos llevaron a la decisión de hacer una compilación de todos sus escritos producidos desde hace cinco décadas para ponerlos al alcance de los habitantes del Departamento del Atlántico, de los estudiosos de la época colonial y del público en general. La obra comprende una variedad de artículos sobre temas geográficos, históricos y paleográficos que fueron publicados por el autor en diversos medios cuando se desempeñó como profesor universitario en importantes centros educativos de la capital del país. De antemano queremos agradecer al profesor José Agustín Blanco Barros, a su esposa Beatriz Barón y a toda su familia, por haber aceptado la propuesta de publicar las obras completas de su autoría, de igual manera, por la confianza depositada en nosotros para llevar a cabo esta loable empresa.

El propósito inicial de esta edición es conservar la memoria de aquellos autores oriundos de nuestra localidad y región, que han dejado una huella indeleble en el campo del conocimiento científico y cuyas obras merecen perdurar en el tiempo. Es nuestro deseo que los ejemplares de la presente edición reposen en los anaqueles de las bibliotecas de las escuelas de cada uno de los 22 municipios que conforman nuestra territorialidad y del Distrito de Barranquilla, y que sirva de material de consulta a jóvenes inquietos que quieran conocer las raíces de nuestra tradición y puedan comprender cómo ha evolucionado la sociedad desde los tiempos coloniales con sus ritmos de crecimiento demográfico, la dinámica del mestizaje y su importancia histórica cultural. Además de cómo ha sido nuestra relación con la tierra, tema de capital importancia que nos invita a reflexionar sobre el futuro de nuestra región. Todo lo anterior con el ánimo de explorar las posibilidades que tenemos en la actualidad ante un mundo que experimenta importantes cambios.

Su formación académica la hizo en Bogotá en la famosa Escuela Normal Superior de Colombia, en donde en 1950 se graduó como Licenciado en Ciencias Sociales y Económicas. Al principio, su interés académico preponderante fue la docencia en varias instituciones de Bogotá y Tunja, donde enseñaba geografía y cartografía. También trabajó como investigador en el Instituto Geográfico Agustín Codazzi y durante un tiempo fue presidente de la Asociación Colombiana de Geógrafos, institución que lo hizo miembro honorario en 1998.

Con base en su formación académica y práctica docente, la primera publicación ocurrida en 1958 versó sobre geografía y lleva por título Colombia marítima, en donde llama la atención sobre el olvido del mar por parte de las autoridades de Colombia y porque este no figuraba en los planes educativos del país.[1] En ese mismo año en el mes de Abril, viaja a Japón con una beca de la Unesco y permanece dos años en la Universidad Imperial de Tokio, una estadía que jugó un papel muy importante en su proceso de formación. A menudo se refiere el autor a este evento como un eslabón significativo en su vida académica. Sus estudios los hizo en inglés en el marco de un programa de entendimiento entre Oriente y Occidente. Aprendió geografía del Japón, se enteró de investigaciones del cultivo del té y de arroz en pantanos, y hasta realizó un viaje a Soporo en la isla de Hokaido en Enero de 1959 para experimentar el invierno en el hemisferio norte.

De regreso a Colombia se hizo cargo de la Oficina de Estudios Geográficos del Instituto Geográfico Agustín Codazzi y publicó en 1968 nuevamente sobre el tema del mar con un estudio sobre corales y arrecifes.[2] En este mismo año, al parecer de mucha actividad, publica un trabajo sobre la clasificación de los climas en Colombia con base a las teorías de varios autores extranjeros.[3] En los cuatro años siguientes se dedicó más a leer que a escribir, ya que hizo algunas traducciones del inglés para reforzar su trabajo como docente. Entre estos autores hay una importante obra del geógrafo anglosajón R.A. Donkin, de quien suponemos aprendió muchísimo y de alguna manera influyó en las investigaciones posteriores, sobre todo en la utilización del concepto de poblamiento, que se constituye en un concepto importante en sus futuras investigaciones y que al mismo tiempo lo acercaba a la historia, toda vez que el poblamiento es un proceso humano que tiene lugar en un espacio y en un tiempo determinado, no en aquel tiempo largo del observador de la geografía, sino en el breve tiempo de los hombres que necesitan obtener de la tierra lo necesario para su sustento.[4] Hasta 1970 continuó interesado en los grandes geógrafos del extranjero, especialmente de aquellos que hasta ese momento se habían ocupado del territorio colombiano, como James J. Parsons, Brian Moser, R. Braun, entre otros. El trabajo de traducir estos textos formaba parte de la actividad docente, resúmenes y síntesis con lo cual dictaba sus clases y que en algún momento se convirtieron en artículos. [5] De esta inquietud salió un texto sobre varios de ellos que hicieron investigaciones en Colombia después de 1945.[6] Alrededor de 1970 termina esta fase de geógrafo para adentrarse en el mundo de la historia, aunque siempre estará presente su apego al ambiente físico como escenario de las actividades humanas.

 

En algún momento, quizás motivado por los trabajos traducidos de Donkin y Parsons, se interesó por el proceso de ocupación del territorio de Tierradentro, es decir del actual Departamento del Atlántico, e inició en el año 1967 una investigación sobre el proceso de poblamiento bajo el gobierno del Virrey Sebastián de Eslava. En el Archivo General de la Nación desempolvó un valioso documento colonial olvidado por mucho tiempo. Según el mismo recuerda, después de “Varios años de paciente búsqueda”, que fueron cinco en total, duró la búsqueda que culminó con el hallazgo de unos 70 documentos relativos al primer censo que realizaron los españoles en el año de 1777. Cuando se produce este importante hallazgo en los archivos, estaba leyendo un libro que, según el mismo recuerda, fue quien más lo inspiró en su trabajo posterior. Se trata de un artículo sobre geografía histórica del año 1941 que leyó siendo director del Departamento de Geografía de la Universidad Nacional, escrito por el norteamericano Karl Sauer, quien entiende su disciplina como una reconstrucción de paisajes del pretérito, siendo el concepto paisaje equivalente al de Landscape del inglés o el Landschaft del idioma alemán. A partir de este punto deduce con base en Sauer que “la geografía histórica es una geografía regional”. Con este fundamento teórico quedaba abierto el camino para sus planes de indagar sobre la evolución de los paisajes del Tierradentro.

Finalmente, en 1972, publicó en forma de artículo un trabajo sobre este censo en el Departamento del Atlántico.[7] Con este estudio comienza el autor una serie de investigaciones cada vez más históricas sobre los pueblos, encomiendas, sitios, haciendas, etc., localizados en Tierradentro. El resto del archivo lo guardó para posteriores publicaciones y el de la localidad de San Basilio de Palenque lo empastó en color rojo y lo llevó personalmente a la casa de la cultura del lugar en donde en el acto de entrega participaron niños jóvenes y viejos.

En el prólogo de su trabajo sobre el censo de 1777 en el Atlántico, se plantea a si mismo una exigencia metodológica propia de un historiador cuando escribe que: “..procuraremos basarnos estrictamente en la documentación, hasta hoy toda inédita”. Agrega, además, que “… lo que nos ha animado en estas búsquedas e investigaciones es un indestructible afecto terrígeno, que procede de la arcilla misma del Departamento del Atlántico y de generaciones que desde hace centurias de ella se han nutrido”. Con esta casi una declaración de amor a su tierra, inicia el autor un recorrido por toda la historia colonial de Tierradentro, con una pasión que lo acompaña hasta el día de hoy.

Hasta 1988, los textos que se publicaron pueden ser considerados como historiográficos, en el sentido en que contienen el tiempo humano como tema central. En su búsqueda de documentos sobre Tierradentro en los archivos de Bogotá, encontró nuevos textos coloniales, como por ejemplo el texto titulado Noticia Historial de la Provincia de Cartagena de las Indias año 1772 de Diego de Peredo, sobre el cual escribe una nota de presentación en una revista.[8]

Luego hay un silencio de cómo cinco años hasta que en 1977 publica una monografía sobre los orígenes de Sabanalarga, su pueblo natal. Se trata de un estudio monográfico sobre un municipio del Atlántico y por primera vez se observa que se ajusta a la metodología propia de un historiógrafo de formación clásica.[9] Revisa los estudios previos  del tema, elabora un estado del arte y luego incorpora información de archivos. Pretende, además, romper con mitos, leyendas y versiones anteriores que no muestren soportes documentales. El trabajo de búsqueda de la documentación en la Biblioteca Nacional y en el Archivo General de la Nación (AGN) comenzó, según sus propias palabras, en 1965, es decir, de manera simultánea estuvo trabajando en varios proyectos. En esta obra logra establecer con bastante exactitud los inicios de la vida urbana de Sabanalarga a fines de 1743 y principios de 1744, después de repetidos intentos de la Corona Española por agrupar en un solo lugar a los habitantes esparcidos alrededor del núcleo central que había surgido a partir de 1620. Al final de libro, a la manera de un colofón, el autor se refiere a un asunto relacionado con el mismo en su condición de hombre de letras o intelectual. En el habla popular de Sabanalarga y en lugares vecinos como Barranquilla, se escucha el dicho “En Sabanalarga la inteligencia es peste”, y como demostración se mencionan algunas personalidades que se han destacado en diversas actividades intelectuales en la época republicana. En el censo de 1777 no figura ningún “estudiante” en el empadronamiento que hiciera García Turín, pero ya en 1839, Juan José Nieto dice que ya tienen fama como gente ejemplarmente estudiosa en la Universidad de Cartagena fundada en 1828. ¿De dónde provino esta tradición? La explicación se encuentra asociada a la etapa final de la guerra por la Independencia cuando llegaron a Cartagena un grupo de profesores provenientes de España quienes estaban inspirados en la Ilustración española que consideraba a la educación como el inicio de cualquier proyecto económico o político. Cuando supieron que Bolívar se había tomado Bogotá, varios de ellos no quisieron regresar a España y gracias a la amnistía del Libertador optaron por irse a Sabanalarga, en donde ya residía el sacerdote Julián José Pertuz, con una gran vocación de enseñar y que venía promoviendo un colegio parroquial. Pero no solo educadores, sino que también “nobles familias españolas” se establecieron el el Sitio de San Antonio de Padua de Sabanalarga y le dieron cierta categoría. Un buen ejemplo es el caso de la hermana de este educador, doña María Josefa Pertuz Ahumada, quien se casó con el teniente español José Vicente Llinás, de donde provienen varias generaciones de desatacados intelectuales. Con base a lo anterior, podemos afirmar que José Agustín Blanco nace en un lugar muy propicio para el desarrollo de actividades relacionadas con su oficio de geógrafo, historiador y educador como su mismo padre José Agustín Blanco Básquez, quien fue uno de los fundadores del Colegio Biffi de Barranquilla a fines del siglo XIX.

En 1980 continúa en la misma línea y publica un artículo sobre el municipio atlanticense Santa Ana de Baranoa, en cuya introducción hace una serie de planteamientos que se pueden considerar como el establecimiento de un gran proyecto de investigación cuyo objeto es el Departamento del Atlántico. Se refiere por primera vez al olvido de esta sección del país por parte de la historiografía colonial “… la cual aparece como un inmenso y lamentable vacío en el conjunto de la historia nacional..”. Como una respuesta a este olvido, agrega que “Nos hemos propuesto exhumar del olvido y del polvo en que se encuentra sepultada, la mayor cantidad posible de información referente a la preciosa historia colonial del Departamento del Atlántico”.[10]

Respecto a su oficio, declara que mucha modestia que “No somos historiadores profesionales ni mucho menos. Nuestra disciplina es la geografía y dentro de ella trabajamos con los conceptos y métodos de la geografía cultural”. Sin embargo, reconoce la necesidad de considerar el tiempo humano en sus investigaciones, toda vez que insiste en que lo que le interesa profundamente es el “complejo proceso de poblamiento de Colombia”, para lo cual “La dimensión de tiempo que le es tan esencial nos obliga, pues, a trajinar y no de cualquier modo en el campo de la documentación histórica”. Además de señalar claramente la metodología, declara finalmente que su propósito quedará satisfecho “cuando lleguemos a cubrir todo el poblamiento atlanticense a lo largo de los siglos XVI, XVII, XVIII.”

Consecuente con el programa de investigación que el mismo se impuso, para el año 1984 ya estaba terminado su trabajo mas extenso, y quizás el más complejo, titulado El Norte de Tierradentro y los orígenes de Barranquilla, que fue publicado por el Banco de la República en 1987 y que puede considerarse como el punto culminante de su vocación historiográfica. Como en los trabajos anteriores, y debido a su condición de pionero, la parte más ardua y laboriosa fue sin duda la investigación de archivo, cuando recuerda que “..tuvimos que aprender trabajando, pedir consejo y crítica, estudiar paleografía y recorrer infinitos vericuetos por entre el abrumador material archivístico”.[11]

Mientras estaba en imprenta el trabajo anterior, publicó dos artículos que se derivan del libro que estaba a punto de publicarse, seguramente notas dispersas que fue juntando sobre determinados aspectos. El primero se trata de una curiosa e interesante publicación sobre el preponderante papel de las mujeres en el trabajo de labrar la tierra, de cuidar los sembrados, de limpia, de la cosecha, etc., ya que el indio prefería la pesca o la caza y era agricultor de tiempo parcial.[12] El otro artículo es una especie de resumen comentado respecto a los orígenes de Barranquilla, con base a una conferencia que dictó en Barranquilla y que publicó la Cámara de Comercio de la ciudad. Es interesante destacar que en este artículo menciona documentos que le fueron enviados desde el Archivo General de Indias en Sevilla, con los cuales pudo complementar la información obtenida en Colombia.[13] También como una derivación del tema de Barranquilla, escribió un artículo en donde compara la Hacienda de San Nicolás y la Majagual en el siglo XVII.[14]

En el mes de Enero de 1986 escribe el prólogo de su libro El Norte de Tierradentro, en el cual se revela su grado de madurez y seguridad como historiador. En este prólogo, el autor consigna varias ideas que es necesario presentar de manera detallada ya que nos permiten ir más a fondo en  sus convicciones respecto al la historia del Departamento del Atlántico en la época colonial.

En primer lugar, establece una relación entre Tierradentro y la ciudad de Cartagena durante todo el período colonial, como dos elementos geográficos que forman una unidad y que deberían estudiarse de manera integral. Según el autor, durante la época colonial Cartagena de Indias “Era la ciudad vigorosa y profundamente contrastada  con su entorno o hinterland tierradentrano, rústico y agropecuario”. Y continúa diciendo que “Su interpenetración socioeconómica , como de la cabeza y el cuerpo, era sólida y solo vino a aflojarse , hasta disolverse, ya iniciado el siglo XX”. Esta propuesta metodológica es novedosa porque hasta el momento de publicarse el libro en 1987, y hasta el día de hoy, en la tradición investigativa de los estudiosos de la historia de Cartagena de Indias distinguen solo dos zonas, “la primera que se encaminó por la zona oriental hacia el sur de la gobernación, es decir el Río Magdalena, que culminó con la fundación de Santa Cruz de Monpox y  la segunda zona se extendió hacia el occidente, buscando la región sinuana”.[15] Tierradentro queda al margen de esta visión de Cartagena en la época colonial, algo así como en un rincón olvidado y sin mayor importancia frente al gran tráfico de Cartagena hacia el interior del país o hacia las fértiles y ricas llanuras del Río Sinú. Como se dijo más arriba, Tierradentro también forma parte de la dinámica de Cartagena, que no era solo económica, sino que también administrativa, religiosa, comercial y cultural. El olvido de Tierradentro, o Departamento del Atlántico, no es solo por parte de la mayoría de los historiadores del interior de Colombia, sino que también por los académicos dedicados a la historia colonial de Cartagena de Indias. En un estudio hecho en 1993 por el historiador Bernardo Tovar de la Universidad Nacional de Colombia, que tiene como objetivo “detectar los principales temas de historia colonial que han sido objeto de investigación por parte de historiadores nacionales y extranjeros durante la segunda mitad del siglo XX”,[16] no se incluye la obra de José A. Blanco, sino apenas su nombre en un listado de alumnos de la Escuela Normal Superior. [17]

Pero este olvido no es solamente por parte de los historiadores de la capital del país, sino que también de la Región Caribe. Desde 1998, por ejemplo, el Banco de la República con la Universidad Jorge Tadeo Lozano han realizado varios seminarios sobre la historia de Cartagena, y en los dos tomos publicados hasta ahora correspondientes al siglo XVII y XVIII, no aparecen referencias a los trabajos de José A. Blanco, aunque algunos de los participantes de los seminarios lo conocen personalmente.[18] Hay que mencionar que el Área Cultural del Banco de la República de Cartagena organizó en Octubre de 2008 un seminario sobre investigadores en antropología y geografía sobre la región Caribe en el cual se incluyó una conferencia sobre la vida y la obra de José Agustín Blanco. Si se incorpora Tierradentro como parte integrante de la historia de Cartagena colonial, tal como lo propone el autor, significaría un enriquecimiento de la comprensión que se tiene hoy sobre la ciudad amurallada durante la Colonia. Es muy probable que este olvido de Tierradentro y de la obra de Blanco se explique por la pésima circulación de sus trabajos, los cuales son muy difíciles de obtener y que justifica nuestro esfuerzo de hacer una edición de toda su obra.

La otra idea que se destaca es la comparación entre la época colonial y la republicana en la relación de Tierradentro con Cartagena y a partir del siglo XIX con Barranquilla, lo cual esclarece bastante la dinámica histórica de esta parte del Caribe Colombiano y en particular sobre el destino de sus ciudades y pueblos. Hasta la Independencia, Cartagena fue sin duda el referente principal para Tierradentro, y Sabanalarga era la población con mayor actividad económica, administrativa, religiosa y cultural de Tierradentro. A mediados del siglo XIX se produce un cambio y Tierradentro dirige su mirada hacia Barranquilla, la cual comenzaba un proceso de actividad comercial y portuaria que la convierte en el centro urbano más importante de la región caribe en el siglo XX. A propósito de esto, hay un interesante pasaje en donde Blanco intenta explicar este auge de Barranquilla, considerando su condición de sitio de libres en comparación con  el pueblo de indios de Malambo:

“La misma naturaleza de Malambo, una comunidad de indios sometidos a la rígida institución de la encomienda , que les regimenta y controla la existencia los siete días de la semana, que los inhibe para un crecimiento demográfico significativo, mientras los libres de las Barrancas de Camacho, o San Nicolás se multiplican en las más diversas maneras y, además, gozan de una amplia dinámica de movimientos, es la razón para que el primero – el pueblo de aborígenes – se estanque, entre en decadencia y pierda su condición de puerto obligado, cediendo su papel al sitio de libres situado río abajo, caótico, pero poseedor de una energía histórica que se renueva constantemente y le permite asumir con firmeza su papel en un plazo breve”.[19]

En El Norte de Tierradentro, Blanco vuelve a reafirmar su fidelidad a la fuentes documentales sin abandonar su condición de geógrafo, y en donde mejor se muestra es en “Los recorridos personales por todo el ámbito de estudio…”. Entre sus amigos y colaboradores más cercanos es conocida esta faceta de Blanco como un auténtico geógrafo de formación clásica, que lo llevó a ser uno de los más conocedores de todos los caminos y rincones de Tierradentro. En una oportunidad decidió buscar a pié el lugar en donde debió haber existido el caserío de Malambo, en donde el arqueólogo Carlos Angulo Valdés demostró que allí se inició el cultivo de la Yuca un milenio antes de Cristo. Con la ayuda de habitantes del lugar pudo imaginarse en un determinado punto la vida de los indígenas en su aldea hacía unos tres mil años atrás. A menudo sorprendía a más de un asistente a sus conferencias con explicaciones muy precisas de ciertos lugares de Tierradentro, que demostraban que conocía mejor la geografía que los propios habitantes.

Cuando El Norte de Tierradentro comenzó a circular en Barranquilla produjo mucha inquietud en el ambiente intelectual de la ciudad. Hasta ese momento, los orígenes de la ciudad se explicaban a través de la tradición oral en mitos y leyendas transmitidas de una a otra generación,  hasta que el insigne abogado Domingo Malabet las recogiera en un texto escrito en 1891 y publicado en 1922 por Vergara y Baena.[20]

Según esta versión, y con base a un párrafo de Juan José Nieto, Barranquilla habría sido fundada en 1629 y habría tenido su origen en unos ganaderos de Galapa que se desplazaron hasta el río en busca de pastos para sus animales. La actitud de Blanco ante esta versión fue muy atenta y cuidadosa, y le sirvió de guía inicial en su trabajo de búsqueda de documentos en el Archivo General de la Nación, hasta que finalmente pudo distinguir entre mito y realidad, para entregarnos su versión de los orígenes de Barranquilla basada en documentos de archivo.

Definitivamente, en el lugar en que surgió Barranquilla, existió al menos un pueblo de indios llamado Camacho. La evidencia documental consiste en una carta fechada en 1560 de Ana Ximenez, viuda del capitán Domingo de Santa Cruz, dirigida al Oidor Melchor Pérez de Arteaga para reclamarle su derecho a disfrutar de la encomienda de Camacho heredada de su esposo, cuyos indios fueron llevados de manera ilegal a Galapa Pedro de Barros, alcalde Cartagena en ese momento. Esta carta hace mención de la existencia de una encomienda, la institución que permitía a los españoles apropiarse de la mano de obra aborigen y que en este caso tuvo una duración efímera de aproximadamente diez años. Este pueblo de Camacho desapareció por un abuso de autoridad de parte del encomendero del vecino pueblo de indios de Galapa, Pedro de Barros, que –valiéndose de su investidura de poder- se apropió de la mano de obra aborigen de la encomienda de Camacho, de la cual obtenía su sustento la viuda de su primer dueño. Esta circunstancia permite comprender la ulterior e inmediata transformación del antiguo pueblo de indios de Camacho en un sitio de libres, es decir, en un lugar poblado por mestizos que compartían un mismo espacio geográfico y vivían en forma espontánea y desorganizada al margen de las autoridades españolas. Con esta carta se pudo comprobar que en el llamado centro histórico de la ciudad  existió un asentamiento indígena “..cuyos comienzos se hunden profundamente en la cronología de la historia”. Estos antecedentes obligaron a historiadores y arqueólogos a replantear sus investigaciones y reformular las teorías sobre los orígenes de Barranquilla.

Estos aportes documentales de Blanco corroboraron, además, los resultados de excavaciones arqueológicas de Carlos Angulo Valdés sobre la existencia de asentamientos indígenas anteriores a la conquista, y entre estos hallazgos el protuberante descubrimiento de un cementerio indígena en el Barrio Abajo que hizo en 1898 el ingeniero Antonio Luis Armenta. Respecto a los mitos y leyendas en el proceso de comprensión del pasado, Blanco nos deja una gran enseñanza. El relato de Domingo Malabet contiene ciertos elementos que los archivos demuestran su veracidad, como por ejemplo la fecha de 1629 como probable año de fundación. La documentación demuestra que efectivamente en esos años el encomendero de Galapa don Nicolás de Barros mandó a construir una casa de dos pisos de 18 metros de largo por 12 de ancho, destinada a la actividad agropecuaria y ubicada cerca de un caño que comunicaba con el Río Magdalena. Respecto a fechas, Blanco llega a “..la conclusión final, importante para la historia de los orígenes de Barranquilla, es que la hacienda de “San Nicolás” fue establecida después de 1627, como mínimo y varios años antes de 1637, como máximo”. Es decir, la fecha que nos transmite la leyenda, que primeramente recogiera Juan José Nieto y reprodujera Malabet,  se ajusta bastante al dato de los archivos. Sin embargo, hay que decir que se trató de la construcción de una casa y no de la fundación de una ciudad. Seguramente, y tal como lo afirma el propio Blanco, esta construcción dinamizó las actividades del poblado que existía allí y “desempeñó un papel primordial” en la formación y evolución del caserío de Barranquilla.

En la década posterior a 1987 continuó trabajando como historiador y publicó varios artículos sobre sitios específicos y aspectos puntuales. En 1987 le dedica un artículo al sacerdote Luis Beltrán, quien desarrolló una valiosa labor en el siglo XVI en el Departamento del Atlántico en la encomienda de Tubará.[21] El tema del poblamiento del territorio colombiano sigue siendo de su interés y en 1988 le dedica unas páginas precisamente al funcionario español Antonio de Latorre y Miranda, quien estuvo en Cartagena y en los Llanos Orientales ocupado de estos asuntos.[22]

En estos años volvió a interesarse por geógrafos extranjeros, especialmente de aquellos que visitaron o escribieron sobre la región. Tal es el caso de un trabajo de James J. Parsons sobre el Valle del Sinú, en donde se utiliza el concepto de “poblamiento”, que es utilizado de manera recurrente por Blanco.[23]

En este período, a principios de los noventa, en medio de la conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América, comienza como a revisar su estante y va sacando cosas de muchos años atrás, las organiza en forma de artículos y las publica. Del primer censo de la época colonial en 1777 publicó un trabajo, y otro dedicado al censo de Cartagena de Indias.[24]

A propósito de la conmemoración de los 500 años del descubrimiento, el gobierno colombiano le encargó la tarea de hacer un atlas histórico de Colombia, que significó un gran acto de reconocimiento por parte de las autoridades a su condición de geógrafo e historiador. El resultado fue una bella obra con mapas históricos relativos al momento de la llegada de los españoles que fue enviada a instituciones y personalidades de Colombia y del mundo. Lamentablemente el público colombiano no ha podido disfrutar de este trabajo cuya reedición solo puede realizarla una instancia estatal por lo costoso del proyecto.[25]

En los últimos 15 años se ha dedicado a varios proyectos combinando sus dotes de geógrafo e historiador. Continuó interesándose por pequeños municipios y poblados del Departamento del Atlántico y de otros lugares de la región, con interesantes observaciones sobre la geografía, los orígenes y sobre todo valiosas referencias sobre fuentes documentales que serán de mucha utilidad para futuros investigadores.[26]

De estos artículos destacamos dos que se refieren a Barranquilla. En el primero de ellos, Conquista y Poblamiento de Barranquilla, Blanco Barros se refiere al proceso de encuentro de los españoles con los indígenas y a las nacientes dinámicas poblacionales resultado de la mezcla de estos grupos humanos. A partir de lo que ya había escrito en el Norte de Tierradentro, incorpora nuevos elementos y revisa textos de otros autores sobre el tema. Hace mención, por ejemplo, a la más antigua referencia documental que se tenga conocimiento acerca de los orígenes de Barranquilla, que es la crónica del capitán de guerra español, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, quien describió la exploración que hiciera en el norte del actual Departamento del Atlántico el conquistador Pedro de Heredia un par de meses antes que decidiera fundar Cartagena de Indias el 1º de junio de 1533. Al parecer y antes de dar origen al vecino puerto, Heredia estuvo en un lugar donde durmió junto con su tropa y se cree que ese sitio corresponde a Barranquilla -en la actual zona de los caños- donde encontró un varadero de canoas. Este sitio era empleado por los aborígenes para hacer intercambio de productos del mar y de pesca.

El segundo artículo titulado, Geografía Física de Barranquilla, describe Blanco Barros las características generales del espacio geográfico de la ciudad, señalando cuáles son sus coordenadas y su relación con sus condiciones climáticas; como también nos habla acerca de la evolución geológica de nuestro territorio y su relación con los cambios de orden telúrico que se dieron en el planeta desde tiempos muy antiguos. Datos curiosos e interesantes como por ejemplo cuando afirma que Barranquilla se encuentra ubicada sobre un plano inclinado, cuyo punto de menor inclinación está localizado hacia el río Magdalena; nos menciona también sobre los diferentes cursos que ha tenido el Magdalena a lo largo de toda su evolución y los cambios que ha generado en el territorio del Departamento del Atlántico, particularmente en el litoral. De igual forma, el autor destaca la importancia geográfica de los caños localizados en la zona del viejo mercado público como el de la Ahuyama, caño Arriba, de los Tramposos, de las Compañías, etc. Como bien es sabido esta red de caños se originaron gracias al hecho de que en el centro de la ciudad existió una hermosa ciénaga que desapareció, de la cual da testimonio Domingo Malabet en su famoso escrito sobre los orígenes de la ciudad. En este punto trata también acerca de los arroyos de Barranquilla, como una característica geográfica propia de nuestra ciudad.

En los últimos años también se dedicó al género de monografías sobre los lugares más importantes durante la época colonial, tal como ya lo había hecho con Sabanalarga y Barranquilla. Entre estos se destacan dos, uno dedicado a Tubará y el otro a Juan de Acosta, los cuales merecen un comentario especial. En primer lugar Tubará, que en el siglo XVI era el sitio más poblado de Tierradentro y en donde se estableció la encomienda más grande.[27] En esta obra utiliza la misma metodología de El Norte de Tierradentro, es decir, un estudio sobre la geografía del entorno del poblado en donde muestra sus documentados conocimientos sobre geología, suelos y vegetación, luego los conocimientos obtenidos por los arqueólogos Carlos Angulo Valdés y Gerardo Reichel- Dolmatoff, hasta el proceso histórico de poblamiento español por medio de las encomiendas. En esta obra incluye como capítulos especiales aspectos novedosos como la demografía y las viviendas, las misiones religiosas y las relaciones económicas entre los indios y los encomenderos. El libro incluye, como ya era su costumbre, una selección de los documentos más relevantes sobre la historia de Tubará. Dicho por el propio autor, esta obra se hizo durante varios años contando con el apoyo de la Universidad Javeriana, del Archivo General de la Nación y de personas de la región, como Claudio Ropain de León, José Lobo Romero y los lugareños Clemente Mendoza y Adolfo León Bolívar, con quienes hizo un recorrido por el lugar observando los vestigios aun existentes en 1989. El autor nuevamente reflexiona sobre aspectos disciplinarios y de método diciendo que “Esta no es una historia pura ni tampoco una geografía pura, tales, como las concebirían los autores clásicos de esas vertientes de la ciencia”, subrayando el mismo la palabra pura e insiste en que se trata de una Geografía Histórica. Al reconocer a Tubará como el pueblo de indios con mayor cantidad de población en Tierradentro, y también como la encomienda mayor de Tierradentro, vuelve el autor a insistir en la necesidad de relacionar a Tubará con Cartagena de Indias como  “La única urbe de la región – en un sentido muy general” en donde el papel de el “apreciable núcleo de moradas, casas de comercio, plazas, fortalezas, habitantes e instituciones, fueran algo esencialmente diferentes y estuvieran divorciados de sus entornos rurales, de su Hinterland rural”[28]. Cartagena es “La ciudad a la cual concurren los caminos y las gentes de todas las razas. La ciudad, entonces no se puede entender separada de la tierra que le proporciona comida y materias primas, que le entrega los tributos de los indios y el fruto del trabajo de muchas gentes libres”. Estas reflexiones del autor en torno a la relación del hombre con su tierra, la sociedad y su hogar terrestre en el transcurrir del tiempo, constituyen un aporte importante a las actuales discusiones sobre el futuro de la Región Caribe y sobre el papel de los pueblos alrededor de las grandes aglomeraciones urbanas como Cartagena y Barranquilla. Este trabajo sobre Tubará es un referente obligado para gobernantes, empresarios y sobre todo para las comunidades actuales en su búsqueda de una vida mejor cada vez más alejada de su tierra, asediada por fenómenos económicos y culturales externos que lo han obligado a emigrar a los centros urbanos. De manera premonitoria el autor hace comentarios sobre la necesidad de una recuperación arbórea de Tierradentro, como el primer paso para un proyecto de aseguramiento de agua para sus habitantes, sobre todo por el peligro de un calentamiento global y un aumento demográfico. En sus conferencias a menudo menciona la existencia en la época de la conquista de árboles de hasta 30 metros que constan en los documentos. No solo se utilizaron como combustible, sino que sobre todo para la ciudad de Cartagena que en sus inicios fue construida en madera. A esto se le suma la limpieza de superficies para introducir la ganadería como fuente de proteínas para los españoles y en el siglo XX para la producción de energía eléctrica.

El estudio dedicado al municipio de Juan de Acosta sigue la misma metodología anterior, salvo que en este caso se trata de una comunidad de reciente fundación y de unos antecedentes precolombinos y coloniales de menor importancia. Los habitantes de Juan de Acosta pueden ahora con este trabajo encontrar sus verdaderas raíces en el mestizaje cultural y biológico del período colonial.[29]

Entre 1995 y 2007 se dedica a varias cosas a la vez y sobre diversos temas. La geografía y los geógrafos continúan siendo motivo de lecturas y textos. En el centenario de la muerte del geógrafo español Antonio de Ulloa, escribe unas notas sobre su visita a la Nueva Granada a mediados del siglo XVIII.[30]

A mediados de los años noventa obtiene algunos reconocimientos de instituciones como la Universidad del Norte y la Academia de la Historia de Barranquilla en 1994, luego la Universidad del Atlántico y la Universidad Nacional de Colombia y el 24 de Agosto de 1995 tomó posesión como miembro de número de la Academia de Historia de Colombia, ocasión que aprovechó para destacar en su discurso la obra del general Francisco Javier Vergara y Velasco, quien como el mismo también incursionó como geógrafo en la historia y la cartografía.[31] El trabajo de indagar sobre la vida y la obra de Velasco duró 20 años hasta cuando en el 2006, y gracias a los descendientes de Vergara y Velasco, pudo consultar la biblioteca y el archivo personal del personaje, publicó los resultados en forma de libro, en donde incluye algunos trabajos inéditos de este notable Payanés, quien terminó sus días en tierra atlanticense, cuando al bajar por el Río Magdalena muere en Barranquilla de fiebre Amarilla el 21 de Enero de 1914.[32] Lo que motivó a Blanco para destacar la vida y la obra de Vergara y Velasco fue sacarlo del olvido y recordar que  “ por una causa u otra, en determinados casos quienes utilizaron los trabajos de Vergara y Velasco en sus propias producciones, callaron el nombre de la fuente en la que habían bebido”.[33]

Además del trabajo biográfico sobre Vergara y Velasco, hay en esta fase aun otros tres trabajos sobre los procesos de poblamiento en Colombia, divisiones regionales, trazados y ritos fundacionales durante la época colonial.[34]     

El interés del autor por el archipiélago de San Andrés y Providencia se expresa en tres artículos de los últimos años, dos sobre aspectos netamente geográficos como los fondos marinos y batimetrías y uno sobre un tema histórico relativo a una colonización de puritanos ingleses en la isla de Providencia en el siglo XVII, presentado a fines de año en la Academia Colombiana de la Historia.[35]

Como era su costumbre, el autor se ocupaba de manera paralela de varios temas, dedicándole seguramente un poco de tiempo a cada uno. Tal es el caso de dos textos inéditos que se publican en el primer tomo dedicado a Barranquilla. Entre 1994 y el 2007 estuvo transcribiendo documentos relativos al proceso de la Independencia en la ciudad de Barranquilla encontrados en el Archivo General de la Nación, con los cuales reconstruye lo acontecido en Barranquilla durante la Independencia. De este trabajo nacen dos títulos, uno sobre la toma de Barranquilla por el capitán español Valentín Capmani el 25 de Abril de 1815 durante la reconquista española, un texto muy oportuno para la conmemoración del Bicentenario de la Independencia con el cual los habitantes de Barranquilla podrán recordar este evento con todos los detalles que logra reconstruir el autor.[36] El otro trabajo es de un género casi literario, ya que se trata de los pormenores de la vida de un hombre, animado por su propia iniciativa y decisión, que se convirtió en un interesante personaje de la emancipación de la Costa Atlántica de nombre Blas de Barros, por cierto de la ascendencia del autor por parte de su madre.[37]

En los últimos años, Blanco Barros hizo una breve reflexión sobre el gran acontecimiento de la historia universal que fue la expansión de la Europa cristiana por el mundo, y especialmente en América, en una sesión solemne de la Academia de Historia de Colombia el 10 de Octubre de 2006.[38] En esta conferencia el autor destaca en primer lugar los avances de la cartografía del Nuevo Mundo desde el primer mapa de Juan de la Cosa hasta el de Diego Ribero quien mostró la esfericidad terrestre. A continuación hace una síntesis de los avances relativos a la antigüedad del hombre americano y termina con unas consideraciones sobre lo que el mismo denomina como “encuentro de dos mundos”. El autor intenta al final de su conferencia encontrar un punto de equilibrio entre las conocidas leyendas a favor o en contra del proceso de conquista de las nuevas tierras. El autor coloca en un mismo nivel a los gobernantes, caciques, guerreros, mujeres indias y negras, “en cuyos vientres cuajó el mestizaje y el mulataje de la América morena”, pero al mismo tiempo destaca “a las mujeres españolas que fieles a sus esposos se arriesgaron a una vida diferente, en un lejano mundo que no conocían, y cuya sangre corre también por nuestras venas”. Respecto al papel de la Corona Española en el proceso de conquista, y de manera especial a Isabel de Castilla, Blanco Barros muestra una clara admiración por ella, ya que gracias a su “intuición geopolítica” hizo posible el “encuentro de dos mundos”.

Por estos días, en los cuales nos ocupamos de la edición de esta magnífica obra, el profesor Blanco escribe sobre la parte sur de Tierradentro, para así completar el trabajo iniciado hace varias décadas. Este libro lleva por título El Sur de Tierradentro. Evolución de paisajes físicos y proceso de poblamiento, y estaremos atentos a lo que logre extraer de los archivos y de sus intuiciones históricas.

La presente edición de las obras completas de José Agustín Blanco Barros está compilada en varios tomos y se encuentra organizada por grupo de temas afines, para mayor comprensión del público lector interesado en conocer la geografía y la historia de nuestra ciudad y del paisaje del Departamento del Atlántico.

 El primer tomo lleva por título “Barranquilla”, porque en él se presentan todos los trabajos relacionados con nuestra ciudad. Debe tenerse en cuenta que las perspectivas ofrecidas por el autor en toda su producción académica son diversas: una mirada desde la geografía, desde la historia enriquecida por un acopio sistemático de fuentes documentales y sus  conocimientos de paleografía. Gracias a su seriedad investigativa y vasta producción intelectual, Blanco Barros ocupa un lugar de significativa importancia en la historia del pensamiento geográfico del país y en la historiografía nacional.

Los costeños, particularmente barranquilleros y atlanticenses tenemos una inmensa deuda de gratitud con José A. Blanco, por sus aportes a la comprensión de nuestro pasado y al conocimiento del paisaje tierradentrano –nombre que los españoles dieron- a lo que hoy es el Atlántico.

Jorge Villalón

Alexander Vega

 

Semana Santa de 2009

 


[1] Colombia marítima. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. No. 59 Año XVI. Bogotá, 1958.

[2] Geoformas colombianas  debido a organismos vivos. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. No. 100 Año XXVI. Bogotá, 1968.

[3] La clasificación climática en Colombia. En: El Correo geográfico. Vol. 1; Nr. 1. Asociación Colombiana de Geógrafos, 1968

[4] DONKIN, R.A. Ambiente y poblamiento precolombinos en el altiplano de Boyacá-Cundinamarca, Colombia.  En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia Nr. 99. Bogotá, 1968.

[5] MOSER, Brian. Et.al. Tribus de Piraparaná. En : Revista Pensamiento y Acción. Tunja: Universidad

Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 1968. También tradujo: Glenn T. Trewartha . Los climas de las

tierras del Pacífico. Lectura para el Departamento de Geografía de la Univ. Nal. de Colombia. Bogotá, 1971;

PARSONS, James. El Poblamiento del Valle del Sinú. Lectura para el Departamento de Geografía de la Univ.

Nacional. de Colombia. Bogotá, 1976 y Las Regiones  Tropicales Americanas. Bogotá: Fondo FEN, 1992.

[6] Investigaciones geográficas de extranjeros en Colombia después de la Segunda Guerra Mundial. En: El Correo Geográfico. Vol. 1; Nr. 2. Tunja, 1970.

[7] El censo del Departamento del Atlántico (Partido de Tierradentro) en 1777. En:

Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. Vol. XXVII, No 104, 1972.

[8] Nota de presentación a “Noticia Historial de la Provincia de Cartagena de las Indias año 1772” de Diego de Peredo. En: Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura. Volumen 6 y 7. Santafé de Bogotá, 1972.

[9] Sabanalarga, sus orígenes y su fundación definitiva. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1977.

[10] Santa Ana de Baranoa: de pueblo de indios a parroquia de vecinos libres (1745). En: Divulgaciones Etnológicas, 2ª época. Barranquilla, 1980.

[11] El Norte de Tierradentro y los orígenes de Barranquilla. Bogotá: Banco de la República, 1987.

[12] Mujeres en la agricultura colonial del Departamento del Atlántico. En: Revista Studia. Barranquilla: Universidad del Atlántico, 1986.

[13] Algunos aspectos sociales y económicos de la Barranquilla colonial. En: Revista Informativa de la  Cámara del Comercio No. 151. Segundo trimestre. Barranquilla, 1986.

[14] San Nicolás de Tolentino y Majagual. Dos haciendas del siglo XVII en la Provincia de Cartagena (Un tema de localización geográfica). En: Revista Universitas Humanística, Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Sociales. Bogotá, 1986.

[15] Véase por ejemplo: VIDAL ORTEGA, Antonino. Cartagena de Indias en la articulación del espacio regional caribe. 1580-1640. La producción agraria. Cádiz: Lebrija Ediciones, 2005. P. 60.

[16] TOVAR ZAMBRANO, Bernardo. La historiografía colonial. En: La historia al final del milenio. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1994. p. 21.

[17] Ibid. P. 69.

[18] CALVO STEVENSON, Haroldo y MEISEL ROCA, Adolfo. (Editores)  Cartagena de Indias y su historia. Cartagena: Banco de la República, 1998; Cartagena de Indias en el siglo XVII. 2007.

[19] El Norte de Tierradentro, p. 255-256.

[20] VERGARA, José R. y BAENA, Fernando. Barranquilla: su pasado y su presente. Barranquilla: Banco Dugand, 1922. Estos autores publicaron tres textos del abogado Domingo Malabet. El más antiguo está fechado el 3 de Octubre de 1876 y consiste en un Informe sobre los terrenos del Distrito de Barranquilla que Malabet rindió al Concejo Municipal (p. 87-98); luego el artículo titulado Fundación de Barranquilla de 1891, del cual solo conocemos la versión de Vergara y Baena (p. 69-87), y finalmente un texto inconcluso sobre la guerra de la Independencia escrito en 1892 (p. 105-109), del cual tampoco se conoce una publicación anterior a la de 1922.

[21] San Luis Beltrán en la historia y en la geografía del Departamento del Atlántico. En: Revista de Ciencias Sociales e Historia, No. 1, Bogotá, 1987.

[22] Antonio de Latorre y Miranda Funcionario poblador en la Provincia de Cartagena y Explorador en los Llanos Orientales. En: Universitas Humanística. Vol. 17. Nr. 29. Bogotá: Universidad Javeriana, 1988.

[23] Parsons, James J. Las regiones tropicales americanas. Una visión geográfica. Traducción de El poblamiento del Valle del Sinú en Colombia.  Cuadernos de Geografía. Bogotá: Uninacional, 1989.

[24] Investigaciones acerca del primer censo en Colombia. En: Revista Colombiana de Estadística. Vls. 27-22. 1990; El censo de Cartagena de Indias en 1777. En: Revista Cuadernos de Geografía. Vol. III. No. 1 de 1991

[25] Atlas histórico Geográfico. Colombia. Archivo General de la Nación. Bogotá: Editorial Norma, 1992.

[26] Estos artículos en orden de aparición son los siguientes: Notas sobre el origen de “Isabel López”  En: Atlántico y Barranquilla en la época colonial. Ediciones Gobernación del Atlántico. Colección Historia. Primera edición. Barranquilla, 1994; Dos colonizaciones del siglo XVIII en la Sierra Nevada de Santa Marta. Transcripciones Paleográficas de José Agustín Blanco Barros. Documentos en busca de investigador. Archivo General de la Nación. Santafé de Bogotá, D.C, 1996; Conquista y Poblamiento de Barranquilla.  y Geografía Física de Barranquilla. Ambos en: Historia General de Barranquilla. Sucesos. Vol 1. Publicaciones de la Academia de Historia de Barranquilla. Primera edición, Febrero de 1997; Los dos Mahates. En: Revista Educación y Humanismo. Nr. 9. Barranquilla: Facultad de Educación, Universidad Simón Bolívar, Junio de 1999; Las dos fundaciones de Sitio Nuevo. En: Boletín de Historia y antigüedades. Nr. 839. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 2007.

[27] Tubará, la encomienda mayor de Tierradentro. Bogotá: Centro Editorial Javeriana, 1995.

[28] Tubará, p. 25 ss.

[29] Juan de Acosta y Saco: Tierra y sociedad. Barranquilla:Ediciones Gobernación del Atlántico, 2007.

[30] Bicentenario de Antonio de Ulloa. En:Revista Credencial. Bogotá, Edición Nr. 91, Noviembre de 1995.

[31] Francisco Javier Vergara y Velasco: Historiador, Geógrafo, Cartógrafo. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia . No. 125 Año 41, Septiembre de 1997.

[32] El general Francisco Javier Vergara y Velasco y sus obras. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 2006.

[33] Ibid. p. 2.

[34] Estos artículos son: La primera división regional de Colombia. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. En: Región y Ordenamiento Territorial. Vol. 45, Nr.133. Bogotá, Octubre de 2001; Fundaciones coloniales y republicanas en Colombia. Normas, trazado y ritos fundacionales. En: Revista Credencial Historia. Edición 141. Bogotá, Septiembre de 2001; La ciencia geográfica en la historia de Colombia. En: Sociedad Geográfica de Colombia. s/f. Dirección Internet: www.sogeocol.edu.co .

[35] Los fondos marinos de San Andrés y Providencia. En:Revista Credencial. Edición 161, Mayo 2003;  Archipiélago de San Andrés y Providencia. Batimetría. En: Sociedad Geográfica de Colombia. s/f. Dirección Internet: www.sogeocol.edu.coLa colonización con puritanos ingleses en la isla de Providencia. Conferencia en Academia Colombiana de Historia, 2008.

[36] Toma de Barranquilla, 25 de Abril de 1815. Serie de documentos transcritos del AGN. Manuscrito inédito, 2007.

[37] Militares del Departamento del Atlántico en la Independencia. Manuscrito inédito, 2007.

[38] El encuentro de dos mundos. En: Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia. No. 835. Año 2006.

A la hora de las golondrinas

Por Eduardo Pastrana Rodríguez*

El incesante escritor Antonio Mora Vélez, que se pasea orondo por varios géneros literarios (ciencia-ficción, poesía, ensayo, periodismo hablado y escrito, novela, cuento, reflexiones filosóficas)  ha titulado su reciente obra, “A la hora de las golondrinas”. Una novela que recoge las vivencias de variada índole de su generación, desde los años  60´s hasta sucesos que repercuten con fuerza en el presente. En la noche, las golondrinas marcan el tiempo histórico a medida que se producen los acontecimientos. Estupenda técnica esta que generan un movimiento de realismo sinuano que posee características propias. Escapando de esta manera del consabido “realismo mágico” del universo Caribe.

Al fin y al cabo, novelar la realidad es un ejercicio inseparable de la creatividad insospechada. La historia y la ficción no se contradicen. Al contrario, son consustanciales cuando encuentran la escritura que respeta sus irrenunciables derechos. Como sea, es el derecho de la realidad a las revelaciones y el de la ficción a regodease en las fecundaciones creadoras. “A la hora de las golondrinas” es inventario de hechos protagonizados por trabajadores de la cultura que en la actualidad ocupan lugares destacados en la memoria histórica de los monterianos.

Antonio Mora recorre el tiempo de las golondrinas y va narrando sucesos que parecen extraídos de la fabulación, en virtud de su veteranía literaria. El objetivo central es hacer comparecer a las generaciones de políticos de izquierda, artistas, investigadores, pedagogos, periodistas, estudiantes, que irrumpieron en la capital del Departamento de Córdoba en las décadas de los 50 y los 60, decididos a librar una lucha sin atenuantes frente a un orden social dominado por la apoltronada mentalidad que arrastra consigo las relaciones sociales de producción latifundista  y ganadera.

*Profesor universitario, historiador y crítico literario monteriano, residenciado en Cali.

 

La Canción de la Luna

 

Por: Adriana Carrillo Silva

Tal vez por un cambio de percepción influenciado por la época, el arte ha sido el mejor escenario para que la realidad se funda con la ficción. La aparición de lo digital, por ejemplo, ha permitido que una fotografía, a la que se consideraba el más fiel reflejo de lo real, sea hoy vulnerable a manipulaciones y alteraciones en mayor o menor grado y sea hoy un híbrido ilusorio. En el caso del periodista Juan Carlos Garay, él asume esta nueva condición de la obra artística en su narrativa más bien como una ventaja para construir su universo literario.

Casi al final de la novela, Jerry, uno de los personajes de “La canción de la Luna”, la más reciente publicación de Juan Carlos Garay, lanza una frase a modo de sentencia con una convicción apasionada: “Escucha muy bien y aprende. Dile que la música no la hace el instrumento, sino el músico”. Es quizá lo que debamos decir en relación a las obras literarias: a la obra la hace el escritor. Ni siquiera porque el instrumento sea la guitarra de la leyenda del blues, Charley Patton. Garay nos ofrece una historia llena de imaginación, cruzada con la realidad, que se atreve a usar escenarios específicos y deducciones fantásticas de datos reales muy minuciosos.

 Garay se dedica a buscar en cada cosa una especie de secreto sagrado. El misterio de la luna, la guitarra de Patton, la fórmula de la armonía perfecta y hasta el de una pandereta en medio de una improvisación colectiva sobre un tema de “san” John Williams Coltrane, todo tiene cierta capacidad de crear asombro si se mira desde los puntos de vista más nuevos, más permisivos. Mirar a la luna, en la novela de Garay, es una experiencia de desdoblamiento, prefigurativa; y descubrir ese pequeño misterio es uno de los lazos que se crean con La Canción de la Luna.

 Ya desde que decidió transcender sus experiencias y hallazgos como crítico musical y publicar su primera novela, La nostalgia del melómano, Garay había querido jugar con una suposición. Asumió y escribió que en algún lugar debía existir una grabación del famoso tema “El ratón”, de Cheo Feliciano junto a Eric Clapton, que algunos empezaron a buscar afanosamente y que otros, coleccionistas, salieron a desmentir con angustia. La deducción nació a partir de un recorte de un periódico caraqueño en el que se hablaba de la posibilidad de que la grabación realmente existiera y estuviera en manos de un coleccionista en Caracas y, luego de una exhaustiva investigación del autor, de la coincidencia de ambos maestros, de la salsa y el rock, respectivamente, para grabar en Miami en Agosto de 1974, y que el autor aprovechó para sazonar con la imaginación. Si se trata de creer en algo, Garay elige su propia verdad: la de respuestas míticas y fascinantes; la que en los campos de la música, por ejemplo, cualquier coleccionista (si la tiene) desearía que fuese cierta.

 La biología molecular, el budismo y la magia son tópicos suficientemente místicos y atractivos para basar en ellos el tono de su historia. Esta última novela, que Garay contó haber escrito en 24 lunas, tiene una dirección introspectiva que nace de la observación, de la contemplación de los detalles, al mismo tiempo que te embarca en un viaje de placer estético en donde cuentan tanto las historias fantásticas, las voces, como los sonidos. Un viaje musical y poético piloteado por alguien que no concibe las palabras ni las historias sin la música, y a quien, como en la música, se le da muy bien el riesgo del improvisador analogado a la literatura.

Semillas de Ficción y Otros Disparates

 

REVISTA VERICUETOS #XXIII
Edición especial dedicada a Julio Olaciregui
 
 

Por Miguel Iriarte

 La revista Vericuetos es una publicación de carácter literario, bilingüe español / francés, que se publica en Paris (Francia) a cargo de un grupo de escritores, periodistas y artistas latinoamericanos reunidos en un proyecto editorial que ellos mismos han llamado Caminos Escabrosos, entre los que se cuentan los colombianos Efer Arocha, su director; el subdirector Eduardo García Aguilar y la coordinadora Libia Acero Borbón; acompañados, además, por un comité de redacción integrado por Claude Coffon, Luisa Ballesteros, Fernando Ainsa, Jorge Torres, Germán Sarmiento, Camilo Begoya, Yves Moñino, Inés Acosta, Nathalie Duhart, Rocío Hincapie, Miguel Angel Reyes, Hernando Franco, Gabriel Uribe y Mario Wong, entre otros.

 La edición No. XXIII fue lanzada en Paris en el marco del Festival Viva Colombia en septiembre de 2009 con una conferencia y firma de libros y está enteramente dedicada al escritor, poeta, periodista y dramaturgo barranquillero, radicado en Paris, Julio Olaciregui, bajo el título de Semillas de ficción y otros disparates, razón por la cual consideramos es una edición excepcional y digna de reactualizar en nuestro blog de la revista víacuarenta.

 Los editores, en palabras del director Efer Arocha, dicen que “Olaciregui es una rica mezcla de distintos temperamentos, culturas, concepciones del mundo, ambigüedades. Es la paleta de un pintor activo que no la ha limpiado jamás, formando un sarro cromático de decenas de matices para cuajar en un color diferenciador… En Julio también se encuentra la cosmovisión de la costa atlántica colombiana, con sus meneos de cuerpo y agorarías para hallar la felicidad. Igualmente están los sueños polisémicos del no encontrarse, y también los del encontrarse, mediante el teatro, la poesía, el cuento…” el periodismo, la conversación, la rumba, el baile, la dramaturgia, los guiones de cine, la amistad, la vida…

 El volumen de este No. XXIII de Vericuetos es en realidad un libro de 370 páginas que representa uno de los abordajes más completos realizados a un escritor nuestro como Olaciregui en el que se recogen los siguientes capítulos: uno primero titulado Semillas de ficción y que contiene nueve textos que oscilan entre el relato de ficción, la crónica, el ensayo, el comentario cultural, la crónica de viaje y la poesía narrativa, componiendo todo ello la forma de un lenguaje personal y reconocible al servicio de una mirada y una imaginería que va y viene de lo coloquial a lo culto con pasmosa naturalidad.

Un segundo capítulo está consagrado a la poesía, un género que Olaciregui cultiva desde siempre también con vena de inocente complejidad e inteligente humor en poemas por donde se pasean, Salgar, Santa Marta, Obregón, Hércules, Hesiodo, el mar, la fiesta, los amigos, la familia, lo trascendental y lo anodino.

 El tercer capítulo lo integran una entrevista a Olaciregui y dos textos confesionales de este autor, uno de los cuales está dedicado a revelar sus relaciones con la lectura y la escritura, y el otro es una sentida recordación personal de su amigo Jacques Gilard, a la manera de un merecido homenaje al gran colombianista francés.

 Una especie de diario íntimo bajo el título de Parfois danse constituye el cuarto capítulo de este libro-revista sobre Olaciregui en el que se hace manifiesta una entrañable relación con la danza y con la música, asumida como vocación con un altísimo valor existencial en el que se involucran sus relaciones con África, con la música popular del Caribe y una profunda relación con el cuerpo.

 Autor de una obra teatral cuasimítica y nunca representada, famosa entre sus amigos, y titulada Las novias de Barranca, el teatro y la dramaturgia componen otra dimensión creativa en el mundo del escritor que es Olaciregui. El drama tiene también su capítulo en este vericueto editorial en el que aparecen los textos de dos de sus creaciones: uno es el titulado en francés Impasse des baisers y el otro el titulado en español El Sáhara penetra en Madrid sobre la matanza de africanos que querían entrar a Europa a manos del ejército marroquí.

 Un penúltimo capítulo es el que se titula Asedios a la obra de Julio Olaciregui en el que autores como Consuelo Tribiño Anzola, Eduardo Bermúdez, Fadir Delgado, Alonso Aristizábal y Numas Armando Gil, le meten el diente a esa cosa tremendamente misteriosa y divertida, difícil y mágica, mítica y sabrosa, que es la novela Dionea, sin duda alguna una de las novelas del Caribe colombiano más importantes que hayan aparecido en los últimos años. Como le dice al mismo Olaciregui en una nota personal nuestra amiga la cineasta Sarita Harb: “lo que es maravilloso en Dionea es que atravesaste la realidad para tocar el otro lado, el del mito, la ensoñación, la brujería, lo metafísico, el espíritu…”

Hacen parte también de estos asedios textos de Roberto Burgos Cantor, sobre el amigo y sobre su novela Trapos al sol; y de Eduardo García Aguilar y Gabriel Uribe, sobre Los domingos de Charito.

 Y cierra esta edición especial de Vericuetos una coda titulada Rizoma, y que pretende ser como “tallos horizontales subterráneos” que escarban en las relaciones de la escritura y la vida de Julio Olaciregui con el teatro y el cine, para cerrar este abordaje casi exhaustivo por la vida y la obra de un autor que desde aquel libro inicial suyo titulado Vestido de Bestia se ha propuesto como un caso realmente excepcional en nuestra literatura, y esta entrega de Vericuetos no hace otra cosa que enseñarnos e ilustrarnos esa especial singularidad del escritor barranquillero.

Ahora puede usted conocer y consultar este texto en nuestra Biblioteca Piloto del Caribe.

Colombia, Otro País Que Sueña

 

Reseña publicada en IBSILON

Suplemento cultural del periódico PÚBLICO de Portugal el 1 de junio de 2012
Prólogo y selección de Lauren Mendinueta

Traducción de Nuno Júdice

Editorial Assírio & Alvim, 2012

Por David Teles Pereira

                       

En Portugal las antologías colectivas de poesía extranjera nunca lograron ser más que proyectos descontinuados y, casi siempre, individuales. Hasta hoy ninguna editorial manifestó la más mínima intención de construir de forma crítica y sistemática un conjunto de antologías de poesía de otros idiomas, trabajo, que de ser tomado en serio, daría a los lectores portugueses un mapa de iniciación sin paralelo en la historia de las publicaciones de nuestro país. Tal vez sea justo reconocer en las editoriales Assírio & Alvim y Relógio d’Água un papel menos tímido a este propósito que el de su competidoras, pero aún así sus publicaciones son demasiado puntuales como para que se pueda hablar con propiedad de un verdadero proyecto.

Sirva esto para decir que basta con la publicación de “Un país de sueña (cien años de poesía colombiana) para que Lauren Mendinueta y Nuno Júdice ganen un lugar destacado en la divulgación de poesía en lengua extranjera. Este es, a pesar de todo, el mérito que esta obra tendrá siempre, y en cualquier circunstancia, en nuestro panorama editorial, sintomático de una dependencia de la poesía, principalmente si tenemos en cuenta que estas antologías panorámicas, por su dimensión y por los costos, difícilmente podrán ser publicadas por pequeñas editoriales que, en otras vertientes de la poesía todavía impiden el olvido. Libros como este son indispensables en un universo editorial en el que la publicación y la divulgación de poesía extranjera son por lo demás insatisfactorias.

“Um país que sueña” es una antología de cien años de poesía colombiana, no los últimos cien años, sino de aquellos que transcurrieron desde el nacimiento de José Asunción Silva, uno de los primeros modernistas, en el sentido de Rubén Darío, quien además construyó un universo estilístico y referencial próximo del gran poeta nicaragüese: El paciente:/Doctor, un desaliento de la vida
/ que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,/ 
el mal del siglo… el mismo mal de Werther,/ 
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi./ (…) 
El médico:/Eso es cuestión de régimen: camine/ 
de mañanita; duerma largo, báñese;/ 
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
/ ¡Lo que usted tiene es hambre!…(p.27). Para completar puede contarse que el día 24 de mayo de 1886 Asunción Silva le pidió a un amigo médico que dibujara una cruz en el corazón. Esa misma noche se suicidó con un tiro en el lugar señalado.

A propósito de este poeta varios de los textos de otros autores, que van poblando esta antología, manifiestan una curiosa intertextualidad con su obra, comenzando por el de Santiago Mutis (hijo de Álvaro Mutis, otro de los grandes poetas colombianos) que tiene por título el nombre del poeta de Bogotá y que refleja, de cierta manera, los procesos de diálogo y conflicto que las generaciones de poetas colombianos han mantenido con su primer modernista: “ A lo largo de cien años/ hemos luchado para que al fin te parezcas/ a nosotros—dueños de tus cenizas/ Tu integridad/nos irrita y avergüenza/ Tu dignidad/ ofende/ a quienes han preferido/ otros caminos.” (p. 330).

Conviene mencionar que los cien años retratados en esta antología corresponden a un período particularmente turbulento de la historia de Colombia, marcado por una gran inestabilidad política y social y por episodios de gran violencia, una época oscura, como aparece descrito en el prólogo de esta obra. Al leer ese texto firmado por Lauren Mendinueta, el lector no puede dejar de sentirse cautivado por lo que propone, mostrar la poesía colombiana como »un espejo en el que se refleja (su) sociedad« (p.15), en esa extrañeza resultante del hecho de que la poesía es opuesta y, al mismo tiempo, fiel a la realidad.

Digamos de una vez que esta tesis, que aparentemente tiene todo el sentido en el caso colombiano, es muy poco recomendable en la generalización que las palabras de la autora, a pesar de su llanura, dan a entender. Basta pensar unos segundos en neustra propia historia, también ella marcada por una serie de periódos oscuros, y que no por eso fueron poéticamente los más enriquecedores. Parece que la historia de la poesía nos permite concluir que su florecimiento o su agonía dependen mucho más de los poetas y poco de los acontecimientos. Lo que actualmente se escribe en Portugal es, en parte, prueba de lo que acabo de decir.

Esto no afecta, de ninguna manera, el mérito de este trabajo, al cual debe darse el mayor de los destaques. Después de leer el prólogo no es difícil intuir que la llegada las librerías de esta antología se debe, en casi toda su dimensión, al esfuerzo personal de Lauren Mendinueta. Pero también al excelente trabajo de Nuno Júdice, que tradujo cerca de 400 páginas de poemas de más de sesenta poetas.

Pero, incluso así, esto no es impedimento para llamar la atención hacia algunos aspectos menos logrados de esta antología. En el principio del prólogo la autora dice que “esta no es una antología crítica ni exhaustiva. De haber sido crítica reseñaría menos autores, de haber sido exhaustiva incluiría necesariamente muchos más” (p.14). Una antología crítica no se refiere propiamente a un criterio cuantitativo, pero sí a un trabajo de construcción y sistematización de una propuesta de lectura que tendrá, normalmente, un resultado menos inclusivo. No es por el número de poetas incluidos que esta antología no es crítica, sino por la falta de criterio en la selección, que se debe en parte al número de poetas escogidos, pero principalmente a los pocos poemas escogidos de cada poeta, a la falta de pistas de lectura sugeridas en el prólogo o a las cortas notas biográficas y a la incapacidad de, tanto estos elementos como la selección de los poemas, dar a entender a los lectores las singularidades, las propuestas y tensiones de la poesía colombiana entre 1865 y 1965.

Este sistema de presentación y de selección tienen el gran inconveniente de nivelar por lo bajo las antologías. Los pocos poemas que se eligen por cada autor (normalmente tres o cuatro) impiden que se destaque que hay grandes poetas nacidos en este periodo de la literatura colombiana. Merecían mayor destaque autores como Guillermo Valencia, León de Greiff, Álvaro Mutis o Gonzalo Arango, este último, incluso así, antologado con algunos de los más interesantes versos de este libro: Éramos dioses y nos volvieron esclavos./Éramos hijos del Sol y nos consolaron con medallas de lata./Éramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.( p.165) En este mismo sentido, admitiendo que en cien años de poesía Colombia ha producido muchos más poetas merecedores de se antologados, no es por esto que la selección deja de se bastante inclusiva y que, en un último análisis, termina por conducir a una acumulación de poemas que, salvo la cronología, ni viene ni va para ninguna parte. En otras palabras, al terminar la lectura de “Un país que sueña” uno queda conociendo a más de sesenta poetas colombianos, pero, infelizmente, poco conocerá de la poesía colombiana. Es de lamentar que sea así, principalmente porque queda por demostrar aquello que se escribió en el prólogo: Colombia es “un país en el que se escribe una gran literatura” (p. 17) o “es un país de poetas”. (p. 14)

Por otra parte, cuando Lauren Mendinueta destaca la relevancia que los periodos de convulsión y violencia de la historia colombiana tuvieron en las obras de gran parte de los poetas antologados, habría sido interesante que este libro procurase en parte mostrar eso mismo, lo que ocurre solo en algunas excepciones, como en los poemas escogidos de María Mercedes Carranza, una de las mejores secuencias de este libro: : Las ventanas muestran paisajes destruidos,/ carne y ceniza se confunden en las caras,/en las bocas las palabras se revuelven con miedo./ En esta casa todos estamos enterrados vivos.(p. 253) o “El asesino danza la Danza de la Muerte:
/ un paso adelante, una bala al corazón,
/

un paso atrás, una bala en el estómago.(…) /Todas las lenguas de la tierra maldicen al asesino. (p. 256)

Los reparos que se hicieron deben, incluso así, ser atenuados. Es de elogiar que alguien invierta semejante esfuerzo personal en la divulgación de poesía, ya que aunque fuera tan sólo por eso, esta antología merece un enorme elogio. E, todavía más, porque en 400 páginas de poemas hay momentos que consiguen superar el tono general al que los problemas de trabajo formal acabaron por conducir: “La poesía es la única compañera/ acostúmbrate a sus cuchillos/ que es la única. (de Raúl Gómez Jattin, p. 245).

ESA GORDITA SÍ…

ESA GORDITA SÍ BAILA, LA NOVELA DE LYA SIERRA

 Soy poco amigo de los halagos, a menos que estos sean merecidos. Sobre todo en este ambiente cultural, en que muchas veces se magnifican los bodrios, aupados por una prensa que confunde agricultura con cultura y arte con parque. Y por algunos escritores, guiados por unos desmedidos egos, que más buscan publicidad personal que aprender a escribir bien, o por lo menos coherentemente. Para esos casos tengo manos de vidrio al aplaudir.

 Sin embargo voy a escribir, halagüeñamente, sobre la escritora Lya Sierra y su novela “Esa gordita sí baila”. En primer lugar, y como persona, es ella uno de esos seres que casi le saca el cuerpo a la notoriedad. Esta barranquillera, a la que conozco de hace tiempo, se ha dedicado casi que por igual a la poesía y a la docencia. Esos han sido sus fuertes existenciales y desde ellos ha batallado tenazmente, ayudada por algunos ensayos, entre ellos sobre Meira Delmar y otras escritoras caribeñas.

 Su primera novela, esta de la gordita bailadora, tiene 320 páginas y lleva el subtítulo de Sancocho de capuchón y arroz de monocuco, fue publicada en 2004 porla Editorial Elviajero rojo. Por diversas circunstancias la había ojeado alguna vez, y escuchado algunas referencias sobre el carnaval de Barranquilla, pero nunca le había metido el diente. Sólo este año la leí de principio a fin.

 El personaje central es como su título: una gordita bailadora y guapachosa, que vive y desvive sus amores, y sus deudas, en medio de una Barranquilla de los años setenta. El lenguaje oral que maneja es típico quillero, excepción hecha por las vulgaridades que salpican y pimientan nuestra parla. Lya, con una elegancia que no desmedra al lenguaje popular que usa, las omite o las trueca por otras menos agresivas. Si alguien quiere conocer el argot barranquillero (desde plequepleque hasta pichirre pasando por aguaje) no tiene sino que sentarse frente al libro de Lya Sierra.

 Además la novela tiene bastantes referencias a la locura, al goce y el desborde carnestoléndico, visto con una mirada femenina. “Tienes el Carnaval pintao en la frente” dice uno de sus protagonistas, y juro que es cierto que algunos curramberos ya tienen al Carnaval incluido en su ADN. Y por supuesto, el libro está cruzado por notas musicales y referencias de canciones y cantantes, casi todos con referencia a la llamada “salsa brava”, de la cual la protagonista es afiebrada. Y en ese sentido creo que la novela de Lya Sierra es prima de “Que viva la música”, el libro de Andrés Caicedo que tan bien describe a Cali.

 Otra particularidad de “Esa gordita sí baila” son la gran cantidad de dichos, refranes y proverbios, unos muy actuales y otros verdaderos arcaísmos, que están contenidos en la larga “carreta” de la gordita y sus amigas o enemigas. Creo, proporcionalmente hablando, que después del Quijote, no había visto un libro con tanto dicho incorporado.

Este es un libro en el que cualquiera puede engancharse, pero seguramente se lo gozará más si es nacido o conoce bien ala Arenosa.Ellibro es como un tributo a los atributos de esa barranquilleridad que tanto necesitamos. Es por eso que, públicamente, le doy gracias a Lya Sierra por una obra entretenida, bien escrita y donde la protagonista también es Barranquilla.

LA ADUANA 15 AÑOS: HISTORIA, ARQUITECTURA Y LITERATURA

 A propósito de todo lo que se viene gestando en la ciudad, a nivel académico e institucional en materia de investigaciones, proyectos celebratorios y acciones encaminadas al festejo del Bicentenario de Barranquilla el próximo año, nos permitimos rescatar esta reseña crítica del filósofo Eduardo Bermúdez acerca del libro La Aduana 15 años, un monumento, un proyecto cultural publicado en 2010 por la Corporación Luis Eduardo Nieto Arteta para conmemorar los 15 años de restauración del antiguo edificio de La Aduana, y que no es otra cosa que una historia de nuestra ciudad alrededor de un hito urbano e histórico como es el antiguo palacete de la Aduana construido entre 1919 y 1921.

M.I

 

Por: Eduardo Bermúdez B.

Cuando uno lee con inusual deleite literario un libro de historia, no puede menos que recomendarlo. La edición impecable del texto, su fino papel, sus ilustraciones visualmente gratas y la reunión de diversos especialistas, hacen de esta obra un texto de indispensable lectura para quienes nos interesamos en la historia de la cultura de Barranquilla y la Costa Caribe Colombiana. He tenido la suerte que un raro azar, me hubiera llevado a la lectura no en el orden en el cual aparecen los capítulos del libro “La Aduana 15 años”, sino a un primer capítulo que te atrapa y ya no permitirá que dejes las suaves páginas de papel que configuran este exquisito volumen que conmemora el renacer quinceañero de el edificio de la Vieja Aduana.

La Rayuela… sí, la novela de Cortázar, que tiene un tablero de lectura que te sugiere los capítulos que bien pudieras leer en un orden distinto del tradicional, fue lo que vino a mi memoria cuando me percaté que estaba leyendo el libro de los 15 años de la Aduana, desde la página 53 y no desde las primeras páginas, como suele hacerse con casi todos los libros. Allí uno se sumerge en la historia muy bien contada de un personaje que nos sirve para recordar la importancia del Río de La Magdalena en la historia de la ciudad, este es: Leslie Oliver ARBOUIN Gromm, quien de alguna manera encarna y sintetiza lo que es el Caribe. Los Arbouin, de origen francés desplazados a Inglaterra primero y luego asentados en Jamaica, generan a Leslie Olivier.

Leslie Olivier Arbouin, nativo de Kingston fue “el hijo mayor de Thomas Arbouin, funcionario de la administración local y de Ella Gromm, pianista aficionada”. Estudió bachillerato y siguió estudios superiores, como muchos jóvenes jamaiquinos de su época, en la Cambridge University… por correspondencia. Tal como nos narra Fernando Carrasco Zaldúa, Arbouin, llegó a Colombia en 1899 por vía del puerto marítimo de Cartagena de Indias. Escribió su viaje por el río en un relato titulado “SEISCIENTAS MILLAS RÍO ARRIBA”. Según Carrasco Zaldúa, “gracias a este texto es posible saber con exactitud los motivos de su viaje a Colombia” y cita frases como: “Me parecía difícil imaginar que la naturaleza por sí sola hubiera podido trazar parque tan hermoso”.

Arbouin residió en nuestro país, realizando diversos trabajos en ingeniería de los ferrocarriles, hasta 1907, regresó a Jamaica y luego trabajó en Panamá desde donde fue notificado que había sido seleccionado para realizar el proyecto de construcción del nuevo edificio de la Aduana de Barranquilla. Corre el año 1917, el mismo de la fundación de la revista de vanguardia cultural VOCES y justo hasta el año 1920, otra coincidencia más con la mencionada revista, Arbouin, se radica en nuestra ciudad construyendo, además el edificio del Banco Dugand, algunas de las casas emblemáticas del barrio El Prado…pero, invitemos a usted lector/a para que termine por sí mismo/a este interesante capítulo.

Si continuamos, a la manera de Rayuela, con el tablero de dirección de este libro, nos encontramos, en la página 65, con el capítulo “Anecdotario del palacio de
la Aduana”, escrito por Rodolfo Zambrano Moreno. Allí se cuenta, de manera divertida y anecdótica (en el estilo de El Cabo), de la visita del presidente Marco Fidel Suarez a Barranquilla en 1921, con el objeto de inaugurar el nuevo edificio de la Aduana. El gramático gobernante “… a bordo de un vapor de río, arribó al muelle de la Intendencia Fluvial de Barranquilla, con una lujosa comitiva”. Su anfitrión, el poeta y periodista de Soledad, Miguel Moreno Alba, “ofreció su amplia residencia de la Calle Murillo, esquina del Callejón de Cuartel”, para el alojamiento del Dr. Marco Fidel Suarez.

Siguiendo con Moreno Alba, en la página 71, el poeta Mattos Omar, sugiere una valoración de la importancia de su colega en el arte de las palabras. Citar la siguiente anécdota sobre su faceta de educador, podría ser un excelente comienzo: “…asociada a su faceta de educador lo está la figura de Meira del Mar, pues todo el mundo recuerda que ella fue su alumna en el Colegio de Barranquilla para Señoritas… en una sesión solemne, ella estaba programada para recitar uno de los poemas de su propia autoría, pero cuando le llegó el turno de hacerlo, sufrió una especie de pánico escénico… al verla enmudecida en el escenario, Moreno Alba,…caminó hasta donde ella estaba, la tomó amablemente del brazo y recitó la primera estrofa…”

El tablero de dirección cortazariano nos conduce ahora hasta el capítulo: “El antiguo edificio de la Aduana: De la ruina al esplendor”, en la página 119. Allí, Juan Pablo Mestre, nos recuerda con Le Corbusier, que: “La arquitectura es cuestión de armonías, es pura creación del espíritu. Empleando piedra, madera y hormigón se construyen casas y palacios, pero eso es construcción, el ingeniero trabajando; pero cuando por un instante toca mi corazón, yo digo esto es hermoso, esto es arquitectura, el arte ha entrado en mí” y luego Mestre agrega: “Arquitectónicamente, (La Aduana), es una imponente edificación de influencias neoclásicas… en esta fachada hacia la carrera 50,…, se presenta un interesante trabajo en fustes, capiteles, frisos…”.

Continuando con la bitácora cortázariana, el lector puede irse a la página 105 con el capítulo “La Aduana el proceso de recuperación y restauración”, escrito indispensable de Katia González, para seguir con el relato sobrecogedor de Helkin Núñez en la página 85 titulado: “El fantasma de La Aduana” , enlazar con el capítulo: “El Archivo Histórico del Atlántico, guardián de nuestra memoria colectiva”, del historiador Luis Alarcón Meneses, dar un salto gimnástico hacia atrás en la página 27 hasta el capítulo IV y leer al profesor Jorge Villalón en: “Barranquilla nace al siglo XX: 1900-1920”. En fin Miguel Iriarte, Adlai Stevenson, Cielo Támara, Walter Bohórquez y William Chapman completan este hermoso libro que no debe faltar en las mejores bibliotecas de la comarca.

Arbouin, Moreno Alba y Nieto Arteta In Memorian

EL CONCIERTO DE DAVID CÀRDENAS EN LA ADUANA

 

Miguel Iriarte

Gratísima resultó la velada guitarrística que nos ofreció el concertista bogotano David Cárdenas Echeverri el pasado viernes 25 de mayo en el auditorio Mario Santo Domingo de la Aduana, en el marco de la programación cultural de la Biblioteca Piloto del Caribe.

Tocó un repertorio sin concesiones ni facilismos que al final del programa resultó levemente modificado con relación al anunciado inicialmente: el Concierto Elegìaco de Leo Brouwer originalmente escrito para guitarra y orquesta y programado para ser ejecutado en una versión de piano y guitarra, fue cambiado por el emblemático Decamerón Negro, también de Brouwer, además de otras dos obras del compositor cubano: Un día de noviembre y el celebérrimo Drume Negrita de Eliseo Grenet del que Brouwer hace una sofisticada reinvención, quedando así aumentado el repertorio del concierto en dos piezas más para disfrute de todos los presentes.

El concertista, que cuenta ya con importantes reconocimientos como uno de los guitarristas más destacados de su generación, fogueado ya en competencias nacionales e internacionales de valor, brindó una interpretación siempre es ascenso en su concierto: pulcra, esmerada e inspirada que se inició con Joaquín Rodrígo, En los trigales, obra que pertenece a su trilogía titulada Por los campos de España; pasó luego a dos preludios del maestro uruguayo Abel Carlevaro, dos de los Cinco Preludios Americanos que el compositor dedicara a su amigo Andrés Segovia; para luego entrar a la interpretación de dos preludios también, el 1 y el 3 de Heitor Villalobos, el primero dedicado al pueblo del Brasil y el tercero a Bach, dos piezas lentas y trabajosas en las que vimos a Cárdenas particularmente entregado y eficaz.

La anterior es lo que podemos considerar una primera parte del concierto compuesta por músicas y autores de la misma época y conectados por preocupaciones más o menos similares en los tres: el paisaje español y el paisaje americano, acentuada por conexiones históricas y personales, como en el caso de la gran relación musical y amistosa entre Carlevaro y Villalobos que tanto provecho trajo a ambos músicos. La cuarta pieza del concierto sería la maravillosa inspiración de Piazzolla Verano Porteño en la que Cárdenas hizo de nuevo una interpretación bien lograda y de gran carácter. En el programa de Cárdenas la pieza de Piazzolla funciona como un ademán de transición o de bisagra para pasar de esa primera arriba anotada a una segunda parte del concierto constituida sólo por las tres piezas de Brouwer; es decir, una segunda parte que comporta otra propuesta estilística, otra filosofía sonora claramente distinguible y diferente a la de la primera parte.

Las dos primeras piezas de Brouwer son un par de pequeñas joyas en las que la aparente facilidad es solo el resultado de una belleza engañosa que en su deleite afecta la capacidad de percepción y que nuestro concertista supo interpretar con gran técnica y temperamento, para luego dejarnos en el magnífico embrujo de esa pieza final que no sólo ponía nuestro concierto en su punto más alto, sino que le proponía a Cárdenas un serio desafío que él supo asumir y sacar en limpio cabalmente. El Decamerón Negro, se sabe, es una de las piezas consideradas entre las 50 mejores de todo el repertorio guitarrístico universal y en la interpretación de Cárdenas es notorio que se entrega fiel a su propia consigna respecto de la música de este genial compositor, intérprete y director cubano: “Yo a Leo Brouwer siempre me lo tomo muy en serio”.Esa era entonces la pieza que debía cerrar este concierto luego de que todo fue decantándose poco a poco, nota a nota, hasta llegar nuevamente, como encoré, a esa exquisita experiencia que representa escuchar siempre Un día de noviembre. Así fue el concierto.