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Arranco PoeMaRío 2015

RECITAL INAGURAL 2

PoeMaRío VIII, Boletín No.2

Festival Internacional de Poesía en el Caribe

Barranquilla, 22 de Julio, 2015

Río y Mar de las Palabras

Homenaje a Miguel Rash Isla

Un evento de la Biblioteca Piloto del Caribe, Fundación Proceder ,Asociación Colombiana de libreros independientes con el respaldo del Ministerio de Cultura,, Alcaldía De Barranquilla,Promigas, Corporación Luis Eduardo Nieto Arteta , Feria de la Lectura.

 

Octava versión de PoeMaRío, el miércoles 22 de julio estuvo  presente en 5 espacios como recitales, charlas y talleres que contaron con la participación de poetas nacionales e internacionales.

 

En el día de hoy, 22 de julio, PoeMaRio 2015 inició su Río y Mar de palabras con un Taller de literatura creativa para promotores de lectura y bibliotecarios con Luz Elena Arroyo, evento que se llevó a cabo a las 9:00 am en la biblioteca Meira Delmar con mucho éxito.

Acompañada de armonías y cuentos estuvo la III Feria de la Lectura  en la plaza de La Paz a cargo de Vicky Osorio, en donde además se hizo presente la poesía de Alejandro Cortéz, Alcy Zambrano, José Ramón Mercado y Jaime Arturo Martínez.

PoeMaRío 2015 también hizo presencia en La Cárcel Modelo de Barranquilla, dictando un taller de escritura a cargo de Antonio Silvera, quien estuvo de igual manera junto a José Zuleta en El Teatro Amira de la Rosa compartiendo sus conocimientos en un taller de escritura.

Satisfechos y confortables estuvieron los asistentes en la nueva y mejorada Intendencia fluvial, en donde se llevó a cabo un recital donde participaron los poetas Margarita Galindo, Leo Castillo, Luis Alberto Murgas y Odimar Varela, quienes compartieron sus apasionados versos.

RECITAL iNAGURAL  1

Para finalizar el día, La plaza de la Aduana  fue el lugar para el  Recital Inaugural, evento que  inició  con la presentación de El poeta canta dos veces, Robinson Quintero Ossa, quien con sus acordes y cantos dio paso a la poesía de poetas como Rafael Arráiz Lucca, Rafael Courtoisie, Jorge Paolantonio, Marlene Zertuche, Henrik Nilsson, Gabriella Eftimie, Maylén Domínguez, José Manuel Crespo, Aleyda Quevedo, Gabriel Chávez Casazola, Samuel Serrano.

A continuación lo que viene en PoeMaRio 2015 y la III feria de la Lectura:

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JUEVES 23

9:00 a.m. Biblioteca Piloto del Caribe.

Clínica de creación poética con Jorge Paolantonio dirigido a los participantes en el Concurso Mesa de Jóvenes PoeMaRío, 2015.

9:00 a.m. III Feria de la Lectura. Plaza de la Paz.

Taller de Literatura creativa para promotores de lectura y bibliotecarios con Luz Elena Arroyo.

9:00 a.m. Combarranquilla Boston

Taller con jóvenes pandilleros del programa Va jugando, a cargo de Javier Naranjo (Antioquia)

10:00 a.m III Feria de la Lectura. Plaza de la Paz.

Concierto de música infantil

10:00 a.m. Teatro Amira de la Rosa

Actividades de promoción de lectura

10:00 a.m. Salgar.Colegio Eustorgio Salgar.

María Clara Fonnegra (Antioquia), Roberto Núñez (Atlco.) José Manzur (Atlco.), Odimar Varela (Atlco.), Mauricio Moreno (Antioquia).

10:00 a.m. Instituto Experimental del Atlántico. Calle 70 Cra. 38 Esq.: Gabriel Chávez Casazola(Bolivia),Gustavo Adolfo Garcés (Bogotá), José Zuleta (Valle), Margarita Galindo (Atlco.), Maylén Dominguez (Cuba).

3:00 p.m. Colegio Nuestra Sra. de las Mercedes. Cl. 71 No. 41 – 71.

Carolina Zamudio (Argentina), Jaime Arturo Martínez (Sucre), Marlene Zertuche (México), Francisco Fernández Naval (España), Luisa Fernanda Trujillo (Bogotá).

Primera sesión del taller Los ojos del caracol con Luisa Fernanda Trujillo.

3:00 p.m. III Feria de la Lectura. Plaza de la Paz.

Lanzamientos de PoeMaRío:Jorge Paolantonio (Argentina) presenta su libro En este duro oficio; y el poeta colombiano José Manuel Crespo presentará su libro Ulises, hombre solo.

4:00 p.m.III Feria de la Lectura. Plaza de la Paz.

Recital de Juan Felipe Robledo

5:00 p.mLa Cueva

Rafael Arráiz Lucca (Venezuela), Rafael Courtoisie (Uruguay), Jorge Paolantonio (Argentina), Luisa Fernanda Trujillo (Bogotá),

Robinson Quintero Ossa (Antioquia).

5:00 p.m. Intendencia Fluvial Caño de las Compañías.

Alejandro Cortéz (Bogotá), Mauricio Moreno (Antioquia), María Clara Fonnegra (Antioquia), Gustavo Maceas (Guajira), Marlene Zertuche (México).

5:00 p.m.  III Feria de la Lectura. Plaza de la Paz.

Recital del poeta Horacio Benavides.

6:00 p.m. III Feria de la Lectura. Plaza de la Paz.

Presentación del Cancionero “Rasqa” de Edson Velandia.

7:00 p.m. Teatro Amira de la Rosa. Calle 54 Cra. 54.

Luisa Fernanda Trujillo (Bogotá), John Better (Atlco.), Maylén Domínguez (Cuba),  Aleyda Quevedo (Ecuador), Rafael Courtoisie (Uruguay).

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Ajuste de cuentas, una antología “a cuchilladas”/ Pedro Granados

AJUSTE DE CUENTAS

Ajuste de cuentas.  La poesía colombiana del siglo XX (Palma de Mallorca: Agatha, 2014) de Harold Alvarado Tenorio, una antología “a cuchilladas” –como bien subraya Antonio Caballero en el Prólogo–, se abre con unos muy elocuentes epígrafes, acaso arbitrarios e injustos, pero no menos demoledores sobre la poesía colombiana: “En los artistas y poetas de Colombia hay un fatal divorcio entre su expresión y las raíces del pueblo” (Waldo Frank); “Tierra de copleros y serenateros, Colombia es un país cerrado a la poesía moderna” (X-504 o Jaime Jaramillo Escobar); “En Colombia el oficio de escritor está tan prostituido y tergiversado que se llega a designar como tales a éste o aquel por el hecho exclusivo de que proclame una determinada consigna política” (María Mercedes Carranza); entre otros tres e ilustrativos testimonios más.  Es decir, y a modo estrictamente personal, es como si este libro de Alvarado Tenorio se tocara y continuara con una breve nota que hace cuatro años (2010) escribiéramos en nuestro blog, bajo “Palotes de un autista comprometido”, y sobre semejante tenor:

Fervor de Cali

En un muy reciente viaje a Colombia visité, brevemente, Cali; ciudad que no conocía, aunque de la que tenía –acaso como todos ustedes– ya algunas buenas referencias. Llegué un sábado por la tarde y me alojé en el centro de la ciudad. Por la noche, en un local de rumba de la carrera cuarta, ocurrió la epifanía. En toda la poesía colombiana que he leído hasta el momento, salvo algunos memorables atisbos, aún no ha penetrado aquella tromba de conocimiento y de dicha que constituye una sesión de baile en Cali. Acontecimiento que si fuera llevado a la literatura –digo, no como mero referente, sino como evento en el lenguaje– superaría largamente y con creces, sólo por poner un par de ejemplos, lo conseguido por García Márquez y sus epígonos; por Mutis y, junto con él, sus soporíferos continuadores. La poesía colombiana –repito, con algunas notables excepciones (Gómez Jattin, J. M. Arango, Alvarado Tenorio, entre pocos otros)– en general anda encorsetada, maniatada dentro de una elegante camisa de fuerza. Camisa, esta última, hecha de irrelevante soliloquio, modales periclitados, y un prejuicio inmenso sobre lo que es la cultura, el pensamiento y el buen decir. Donde está la alegría, allí mismo hace morada la poesía. O, dicho también de otro modo, donde a costa de intensidad y sabiduría atinamos a conjurar el sufrimiento.

Así pues, invito a los poetas colombianos, muy en especial a los bogotanos –que simpaticen o no con este inca postrero–, a visitar las discotecas del centro de Cali; y ensayar cada uno sus pasitos de salsa… o como podamos denominar aquel baile endiablado. Grillos sobre una plancha caliente, elfos ubicuos, honores reencontrados, tauromaquia. Y un otro yo mejor, regalado de pronto para ti solito (poeta), entre tu utilería de corona de espinas y la grave lección de tus versos de oficio.

[http://blog.pucp.edu.pe/item/117465/palotes-de-un-autista-comprometido-ii%5D

Obvio, Ajuste de cuentas  no es una nota ni un artículo ligero, más o menos inspirado, sino un libro de casi de 700 páginas donde se ensaya una crítica pormenorizada del contexto ideológico-político-social-cultural y se ventilan también, con certera sensibilidad, los poemas aquí compilados.  De este modo se repasan los autores que van desde “El Modernismo” (1882-1915), escuela o estética vigente y acaso predominante incluso hoy mismo en Colombia (tanto en su poesía como en la crítica de ésta), hasta los poetas del periodo que Alvarado Tenorio califica como “La república del narcotráfico” (1985-2002).  Es decir, se recorre autores representativos de los grupos “Los nuevos”, “Piedra y cielo”, “Mito”, “El Nadaísmo” y el de “La generación desencantada” de la cual Alvarado Tenorio, sin auto-incluirse aquí, es un reconocido representante.

Propiamente ninguno de los poetas compilados queda  indemne aquí.  A cada uno les ha caído su tanto de torta con crema directamente sobre la cara; aunque, eso sí, a algunos más que a otros.  Verbigracia, leamos la envergadura de la recibida por Juan Manuel Roca:

“Ha ocupado, sin intermitencia alguna, todos los espacios que ofrecieron a la poesía los inventores del Frente Nacional y sus ministros de Educación y Relaciones Exteriores, y su influencia moral como etílica, agresiva y poética, sólo puede medirse contando las veces que ha golpeado a botella a los poetas de su país (416) […] él fue el aparejo que cambió el rumbo de la poesía colombiana.  Roca, con la colaboración de los sindicatos de maestros y una secta de partidarios de la combinación de todas las formas de lucha contra el estado, lograron lo que nunca pudo hacer Gonzalo Arango: convertir en fanáticos de la catacresis [una metáfora sin un adecuado referente literal] a los ignaros aspirantes a poetas de su tiempo” (418).

Claro que en esta puya contra Roca, a todas luces aquí merecida, Alvarado Tenorio refracta también –así como en varios pasajes de este libro– su propia poética.  En el fondo se trata de  Modernismo (cultivo de la retórica, cuidado de la sintaxis y conciencia de la etimología… tan caras también a Borges) versus una Vanguardia que el autor de Ajuste de cuentas percibe, más bien, frustrante y frustrada en Colombia.  Por lo tanto, renovación de la poesía colombiana que no iría más allá de la “catacresis” que nuestro autor  repara como el legado de Roca a la poesía actual de su país.  Vanguardismo colombiano criticado también en otro momento, digamos estelar, cuando se ventila la poesía de Jaime Jaramillo Escobar (aquel que se fuera a Cali, lugar preferido de los antioqueños, porque “allá disque estaba el diablo”) cuya obra se halaga sin tapujos y cuya fotografía ilustra nada menos que la portada deAjuste de cuentas:

“Sorprende, entonces, cómo en una sociedad y unas escuelas literarias como las colombianas de mediados del siglo pasado, que entendían, de muchas maneras, el propósito último de los vanguardismos como un elogio del progreso y los llamados avances de la tecnología, Jaime Jaramillo Escobar decidiera ignorar los lenguajes del presente y navegar por las aguas arriba de las edades eternas, haciendo de sus ritos y de sus movimientos, la forma de su poesía” (373)

“Ritos y movimientos” los de Jaramillo Escobar que, por otro lado, nos invitan a ilustrar una tesis segunda, complementaria a la anterior y acaso de estirpe no menos clásica, en la poética de Harold Alvarado Tenorio: “La muerte, en últimas, como lo más banal y cotidiano de nuestra existencia, porque de lo que se trata verdaderamente en la vida es de la carne y del espíritu, es decir, del cuerpo, donde se suman y se restan todas las posibilidades del poema, allí donde yace su origen y su fin” (374).   Ergo, y sumando ambas tesis, tenemos más Borges que Huidobro, más Neruda que Vallejo en la estética del autor colombiano.  Asunto que nos parece de lo más justificado y hasta natural de parte de alguien que piense la poesía desde su propio país.  En Colombia prosperó el Modernismo y ha sido posible encontrar epígonos de Neruda (o de un Kavafis muy latinoamericano) o incluso reproducir a Borges; pero un Vallejo allí no ha habido y pretender imitarlo, sin duda, resulta mucho peor.

En Ajuste de cuentas algo sucede sí con los poetas nacidos a partir de los años 60: “Un lenguaje libre de retóricas, sartas de metáforas, o las sandeces abyectas de ciertas poesías de festivales y concursos [Alvarado Tenorio piensa sobre todo en el Festival Internacional de Poesía de Medellín]” (641).  Figuran aquí Mauricio Contreras Hernández, Fernando Molano Vargas, Antonio Silvera y, acaso el más representativo de la camada, Toto Trejos: “La poesía tal vez la deba/ A mis años de infancia./ De pequeño, en vez de abatir pájaros,/ levantaba jaulas para atrapar nubes.// Las veía en el cielo,/ como aves exóticas/ que podían, de momento,/ transmutar en animales/ o asumir formas diferentes.// Ahora que sé que no hay musas ni hadas/ construyo palabras para atrapar del aire/ lo que dice el silencio” (“Trampas”).

Biografía del desnudo, el libro de Lenis Santana

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Lenis Santana es una modelo afrocolombiana nacida en Cartagena, y radicada en Barranquilla, a quien desde comienzos de los años 80s aprendimos a admirar en las obras de Javier Diazgranados y de Roberto Angulo, en las que la presencia del  cuerpo de Lenis, vestido o desnudo, representaba sin duda una aportación definitiva para aquellas obras.

Con el tiempo, Lenis viaja a establecerse en Europa, España e Italia, principalmente, trabaja para estudios de artistas y academias, e inicia una búsqueda creativa para experimentar conceptualmente con su imagen y con la fotografía, en el hallazgo de nuevos rumbos y nuevos matices con su oficio de modelo profesional.

Pero además de empezar a traspasar las líneas fronterizas, de todas formas frágiles, que separan las cosas en el arte, no solo pasó de querer expresarse con la pose en función de ser solamente la modelo de alguien,  para empezar a querer ser ella también modelo de sí misma en un deseo de representación propio, a través del performance, o de la asunción de la fotografía misma en un desdoblamiento en el que la modelo mirada es ahora la que mira.

Pero en todo ese transcurso había estado gestándose también una consciencia crítica que trascendía el oficio de la pose, y que revisaba, reflexionaba, preguntaba, investigaba, conversaba, leía, procesaba y anotaba sobre todo aquello que tenía que ver con el acto profundo de posar para entender más a fondo la significación del cuerpo, dándole vueltas quizá el pensamiento aquel del historiador español Carlos Reyero, según el cual “el cuerpo en el espacio de trabajo se convierte en un extraño instrumento de la creación. Y también es la creación misma. Sugiere el arte y la realidad al mismo tiempo”.

Fue entonces ese otro aprendizaje el que le permitió a Lenis Santana embarcarse en la aventura editorial de hacer un libro en el que, sin ser escritora, pudiera organizar toda una compleja serie de contenidos relacionados con los procesos históricos del arte vinculados estrechamente al cuerpo, al desnudo y a la pose. Así, se puso en la labor de buscar en sí misma, en su larga experiencia, en los libros, en los otros, las razones y los materiales que le permitieran escribir una biografía del desnudo que estuviera atravesada básicamente por su experiencia: haber aprendido a tener una visión y ser protagonista de la acción y de la función del arte de posar.

Este es, por tanto, un libro testimonial. Pero el testimonio aquí se sirve también del testimonio de primera mano de varios amigos artistas, modelos, fotógrafos, actrices, bailarines, pintores, que desde diferentes  disciplinas han sido convocados por Lenis Santana para que aporten las luces de su experiencia con el modelo y con la pose, cuenten sus saberes, compartan sus íntimas preocupaciones con el tiempo y el espacio, y su manera particular de dialogar con el cuerpo. Y que agregan, por supuesto, unas voces que redondean y enriquecen esta provocadora publicación. Son personajes como: María Isabel Rincón (Maloka), Javier Diazgranados, Augusto Ardila, Raquel García, Elena Arcángeli, Simona Pietrosanta, Jaime Tello Torres, Emma Aguirre, María Serna, Zoe Bray, Verónica Vituzzi y Alesio Nieddu.

Y para completar de una manera conceptualmente diferente el carácter testimonial que señalamos, su penúltimo capítulo es un dossier que reseña en orden cronológico la nómina extraordinaria de las más importantes modelos de la historia del arte, desde la cortesana Friné, modelo de Praxíteles en el 328 A.C., pasando por Simonetta de Vespucci y Eugenia Martínez Vallejo, Héléne Foument, Cayetana de Silva y Álvarez, Jane Burden Morris, Sara Bernhardt, Rosita Mauri, Camille Claudel, Clotilde García Castillo, Lina Cavalieri, Alma Mahler, Ida Rubinstein, Guadalupe Marín, y las más recientes Amanda Lear, Sue Tilley y Helga Testorf, entre muchas otras.

Este libro, que acaba de ser publicado en octubre de 2013 en Madrid, con el auspicio de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura de España, no tiene, a pesar de su pormenorizada indagación acerca del cuerpo, la belleza, el espacio, el tiempo, el modelo, la pose y el desnudo, una pretensión científica en los términos en el que la supone cierto rigor académico de la investigación. El proceso de construcción de su ambicioso contenido acude a una manera mucho más personal de relacionarse con la información universal y con las ideas de los otros, ajustándola siempre a las necesidades de expresión de un proceso experiencial que quiere ser comunicado.

El resultado es un libro de 315 páginas publicado por Clan Editorial de España, profusamente ilustrado y con una muy bien curada iconografía, con el que sin duda nuestra Lenis Santana nos asombra con un esfuerzo y empeño en el que había estado consagrada desde hace muchos años y que sobrepasa en mucho las expectativas de quienes estábamos a la espera.

Dionea o el gallo de Esculapio bailando en el barrio abajo

DIONEA

“…y tenía en el corazón
pedacitos de panela
papaya y arrancamuela
bolas de coco y bombón”.

M.A.C.

Por Eduardo Bermúdez

Texto tomado de www.otraparte.org, Sitio web de la Corporación Fernando González – Otraparte dedicado al filósofo colombiano Fernando González Ochoa y a la actividad cultural del Parque Cultural Otraparte en Envigado, Antioquia, Colombia.

Dionea es el simbólico título de la novela del escritor barranquillero Julio Olaciregui.

Allí, como en tantos otros ejemplos propios del género, la literatura se convierte en una técnica de conocimiento, en puerta de entrada al mítico mundo de la ciudad-carnaval. En esta magnífica saga se conjugan los Misterios de Eleusis con la Danza del Garabato, las marimondas se arrastran de la risa burlándose de los dioses griegos y algún profesor francés se desespera por conocer al hombre-caimán. Olaciregui nos hace pensar en la narrativa que necesitan los nuevos tiempos. No es nada fácil construir un estilo novedoso al escribir y distanciarse del lastre rural del boom literario latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX.

Efraím Medina y Julio Olaciregui lo intentan y lo consiguen. Nos proporcionan ese placer que en el arte literario producen las frases cortas que dicen mucho, los capítulos breves que sugieren íntimas historias, extensas vidas en breves palabras y los aforismos que siempre han sido como los Black Holes de la sabiduría. Eso es lo que requerimos ahora los lectores alelados por los mensajes de treinta semi-desnudos segundos de la Teletonta. Necesitamos una nueva especie de literatura citadina emanada de hombres y ciudades hechas a imagen y semejanza de la América nuestra, con novedosas técnicas acordes con este mundo de internautas y video juegos. Ya Alejo Carpentier, en su colección de ensayos Tientos y Diferencias, había propuesto la necesidad de un nuevo tipo de temas que le tocaba abordar al novelista latinoamericano de finales del siglo XX y en los albores del XXI.

Dionea proporciona ejemplos como el de la página con el epígrafe “El mito de un sueño vivido”. El escritor-protagonista, siguiendo, según dice, el consejo de su amigo filósofo, afirma: “Alguien que desea ser poeta debe contar mitos y no hacer discursos, más le vale contar un cuento y no elaborar una teoría”. Todo ello en menos de una página. El que quiere que lo lean se busca sus maneras de hacerlo y el escritor-protagonista las encuentra cuando nos quiere decir lo que le sucedió en su viaje a Grecia: “Un diario de viaje es un desafío, saber que mucho de lo que se vive y se escribe no interesa a nadie, pero sin embargo contaré…”. De ese modo nos seduce con su recurso y seguimos leyéndolo.

Olaciregui es un caimán que vive en Paris y viaja periódicamente a Barranquilla para saborear una mojarra en Salgar e inhalar ese mismo “yodo” que se respiraba en Epidauro y se respira hoy en el santuario del Lago del Cisne cerca de Sabanilla. “Siempre es un asunto de familia, el tío rapta a la sobrina con la anuencia del padre, en la familia de la humanidad así fue la trata negrera, digo yo, este es un comentario más del himno homérico a Demeter…”.

Dionea es también la especial historia de una muy particular ciudad de nuestra América con mágico narrador por dentro: “En dos siglos el varadero de canoas se ha llenado con un millón de personas entre las cuales estoy yo, el novelista”. Si New York tiene su Dos Passos, Viena a su Musil, Dublín a su Joyce, Quilla tiene ya su OlAcIrEgUI, con sus completas vocales castellanas, con su joven abuelo convertido en absurdo mito y sus amigos acompañándolo en la ficción y en la realidad. Nombres como Numas, Lola, Molinares, Sigifredo, Suescún, Paragüita y el Coleto no parecen estar dispuestos en Dionea para que los eruditos en crítica literaria, etimologías y análisis de textos escriban en un profundo ensayo las motivaciones que tuvo el autor para elaborar sus agudísimos perfiles psicológicos.

Como en un rapto de platónica narración-epistemológica, Olaciregui nos hace recordar lo que somos, evocándonos tradiciones con aquella canción que, en la voz de Nelson Pinedo, cuenta melódicamente “…por las calles de Tamalameque dicen que sale una Llorona loca” y al mismo tiempo uno siente el espíritu del imponente y rollizo Buck Mulligan que se vino de Dublín, vía Paris, hasta Barranquilla, pa bailar salsa en la Cien de Rebolo. “Los indios también dicen que bailamos para no morir”.

Esta es la Historia del Caimán que se va para Barranquilla pero que antes de llegar hace estación en Epidauro, Grecia, y es la historia del Caimán-Hades vestido de Congo Grande raptando a Dionea-Perséfone, es la eterna lucha de Don Carnal versus Doña Cuaresma. “Hay un eco, un latido, un ‘tumbao’ en nosotros, los urbanos, que nos viene de ese combate entre la cuaresma y el carnaval de los indios que ahora viven en parajes distantes de nuestras almas…”.

No faltará el acartonado comentarista literario atrincherado en la altiplanicie andina que pretenda mofarse de la ecuación Julio-Joyce u, Olaciregui-Dospassos, pero así somos nosotros los colombo-caribeños y así hemos hecho historia en la literatura mundial. Carnaval-Caimán-Congo-Curramba, ¡sí!, ¡sí!, Colombia… ¡sí!, ¡sí!, ¡Caribe!

Ya lo dijo Federico Nietzsche, que le hubiera gustado ver a Sócrates tocando el Laúd o la Flauta. A nosotros nos hubiera gustado verlo bailar cumbia con Marimoñitos o persignándose al estilo Mingo. Nuestro escritor nos permite también soñar con Manuel Acuña Contreras diciendo sus versos en la Sorbona, o con un estudio sobre la narrativa de “Paragüita” Morales hecho por algún sesudo critico norteamericano. Ya antes, en Vestido de Bestia, había fundido en un mismo paquete musical a Richie Ray con Bach y a Rolando Laserie con Vivaldi, con la profunda y metafísica convicción de que todas las calaveras son ñatas. A mí, particularmente, me hubiera gustado invitar a Friedrich Nietzsche al Tropicana en La Habana o a la Casita de Paja o vestirlo de Monocuco en el Carnaval de Barranquilla.

Sócrates, poco antes de beber la cicuta, le dijo a su amigo Critón: “…recuerda que le debemos un gallo a Esculapio”. Esta frase ha sido interpretada de muchísimas maneras. Algunos piensan que el filósofo griego habría sido un hombre tan correcto, pero tan correcto, que no quería morir sin pagar sus deudas cotidianas. Los eruditos especulan que como Esculapio era el dios de las curaciones y se le ofrecía un gallo en gratitud cuando el enfermo sanaba, Sócrates habría considerado a la muerte como una curación de todos los males humanos. Para la Fundación “Un Gallo para Esculapio”, que próximamente, en el carnaval 2008, saldrá con su propia danza en la Batalla de Flores, es gratísimo leerse esta obra magistral de su escritor insignia.

¡QUÉ BIEN! poder leer la novela de un escritor que ya había hecho varios buenos intentos, pero que con éste ha dado certeramente en todo el centro del blanco, ha hecho sentir que esta novela se irá instalando lentamente, como el saurio de marras, en el imaginario de nuestra ciudad-carnaval.

 

El deseo de modernidad en la ciudad republicana

 

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Por: 

Por estos días se lanza en el país el libro del investigador argentino, radicado en Colombia, Juan Carlos Pérgolis, sobre el deseo de modernidad en cinco ciudades colombianas: Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cartagena, Barranquilla y Ciénaga.

Y su lectura me hace recordar una rotunda frase de Octavio Paz que dice que “somos en razón de que deseamos”. Esta frase, que alguna vez usé como epígrafe en uno de mis poemarios, contiene una de esas ideas extraordinarias que indagan en la relación profunda entre deseo y lenguaje, deseo y representación, que permiten entender el deseo como dínamo de la historia, como razón de ser de nuestra vida, relación en la que un sujeto, o una colectividad, asume el desafío de un “hacer transformador” que siempre ejerce un deseante sobre un objeto deseado, para ponerlo en términos de aquel esquema paradigmático del teórico ruso del relato Vladimir Propp.

Pero esa no es sino otra manera de decir lo que el profesor Juan Carlos Pérgolis considera que puede ser definido como “deseo colectivo”, es decir, el impulso que mueve a la comunidad hacia algo que no tiene y que cree que puede encontrar más allá, afuera de sí misma, como él mismo lo expresa cuando reúne, en el marco teórico de su trabajo, los conceptos de modernidad y deseo colectivo como ideas centrales de una investigación en la que dialogan cómodos presencias como las de Walter Benjamin y Julia Kristeva.

Sostenido en ese diálogo, Pérgolis arma una deliciosa experiencia investigativa que reactualiza en mi memoria la oportunidad afortunada que me permitió conocerlo. Fue en Barranquilla en el año de 1999. Antes solo lo había leído sus notas semióticas sobre cultura urbana en Bogotá, publicadas por entonces en el Magazín Dominical de El Espectador.

El encuentro en Barranquilla ocurrió en el marco del I Congreso de Comunicación y Ciudad, organizado por la Universidad del Norte, en el que alternando con autoridades como Fernando Viviescas, Fabio Jurado, Antanas Mockus y el propio Pérgolis, tuve la oportunidad de presentar la ponencia titulada La ciudad y el río: otro diálogo interrumpido, que muchos años después sería la matriz temática para mi tesis de Maestría en Comunicación y Desarrollo en esa Universidad.

pergoliRecuerdo que al final de aquel evento quedé encargado de llevar al profesor Pérgolis hasta el aeropuerto Ernesto Cortissoz para tomar su avión de regreso a Bogotá; pero antes, atenazados por la conversación que teníamos sobre la circunstancia de la extraña, paradójica e inadmisible relación cultural entre Barranquilla y el Río Magdalena, quisimos llegar hasta la orilla de su corriente, como para corroborar los asertos de aquel diálogo, pero resultó imposible, habiendo tenido que desplazarnos muy cerca de su desembocadura, en el barrio Las Flores, en donde, en un débil atracadero de canoas (como en los inicios míticos de la ciudad), con el río tocando nuestras plantas, esperamos la tarde apurando una cerveza y conversando de aquel río y de la ciudad, tan lejos, tan cerca, al tiempo, uno y otra.

Sin duda fue aquel encuentro la reafirmación de una obsesión temática para mí, pero también el comienzo de una amistad que me ha permitido conocer de cerca casi todo lo que el maestro ha publicado en su intenso trasiego académico e investigativo.

Ahora, con el inmerecido honor de escribirle un prólogo para este libro, me reencuentro con la aguda mirada semiótica del maestro Pérgolis, su escritura precisa, clara y contenida, con la que nos abre espacios intelectuales para sorprendentes hallazgos históricos, sociales, estéticos y culturales cosidos con acucioso pulso de investigador y ávido lector de signos urbanos en un texto que es, al mismo tiempo, un libro de estudio; un volumen ilustrado de poesía visual, arquitectónica; una memoria cultural de cinco ciudades colombianas; y también un texto de historia urbana con estratégicos insertos literarios comentadas por Pérgolis.

Una experiencia, en todo caso, que nos asoma a otras formas de estudiar nuestras ciudades, teniendo, en este caso, el pretexto iluminador de revisar, a la luz de una aleccionadora mirada semiótica, la historia de esa fascinante mixtura de formas y conceptos que es la arquitectura republicana en cinco ciudades colombianas.

El cuento completo de Pambelé

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Por: Joaquín Mattos Omar

 

Todo: su dura pero aún no famélica infancia como vendedor ambulante de pescado en San Basilio de Palenque; las postrimerías de su niñez y su adolescencia entera, duras y famélicas, en el barrio Chambacú y en el Camellón de los Mártires de Cartagena de Indias, cuando fue embolador y vendedor de cigarrillos de contrabando; sus comienzos mediocres como boxeador utilizado sólo como relleno de carteleras; su partida a Venezuela a finales de 1968; su admisión, a principios de 1969, en la cuerda de Ramiro Machado, donde el mago Melquíades labraría el diamante en bruto que él era; su técnica y su táctica boxísticas, tan exquisitas como eficaces; su ascenso a la gloria en 1972; su descenso al infierno en 1980, en el que arrastró consigo a sus familiares y a sus hijos; sus accesos de ira, sus escándalos públicos y sus delirios de eterna grandeza; la raíz psicótica de sus desafueros; su incesante peregrinaje por el país; su bondad, su generosidad…Todo: su cuento completo.

Salvo que “la vida gloriosa y trágica de KidPambelé” no está contada así en El oro y la oscuridad, el magnífico libro del periodista barranquillero Alberto Salcedo Ramos publicado en 2005 por la Editorial RandomHouseMondadori y reeditado por el sello Aguilar en 2012; quiero decir, no en ese convencional orden cronológico ni con las simplificaciones que caracterizan el anterior resumen.

Por el contrario, entre las virtudes de este gran reportaje biográfico, sobresale el uso de un punto de vista temporal discontinuo, zigzagueante, con sucesivos saltos hacia adelante y hacia atrás, lo que, a su vez, permite administrar mejor el interés del lector mientras sigue esta apasionante historia como si la viera pasar delante de sus ojos, pues la riqueza y la precisión de los detalles (que incluyen el registro del más mínimo gesto de su protagonista y de sus demás personajes, así como su correspondiente interpretación psicológica) hacen del relato un vivo cuadro animado.

Gracias a ello, Salcedo Ramos logra que uno se acerque, hasta tocarlo, al corazón mismo ––en carne viva y desnudo–– de la terrible crisis humana de Pambelé, de tal modo que uno acaba comprendiéndola y compadeciendo a su víctima, y escapando así, en consecuencia, de la actitud ciega e intolerante de las multitudes iracundas que, en presencia de sus tristes y lamentables escenas, le gritan: “¡Quédate quieto, loco hijueputa! (…) ¡Lárgate rápido para el manicomio! (…)¡Tú crees que te puedes pasar toda la vida en la misma mierda! (…)¡Saquen a patadas a ese loco!”.

Y es que uno de los temas que con más profundidad interroga este libro es justo la causa de estos frecuentes arrebatos, tropeles y desvaríos del gran palenquero. Para ello, acude a distintas fuentes––en general, El oro y la oscuridad está construido con los testimonios de cerca de sesenta personas que pasaron por cada una de las etapas de su vida––, fuentes que ofrecen distintas explicaciones al respecto. En resumen, son cuatro las razones a las que atribuyen el problema de Pambelé, a saber: 1. Nacido y criado en la pobreza, no tuvo la ecuanimidad suficiente para asimilar el impacto de pasar de un día para otro a la opulencia. 2. Su adicción a las drogas duras, a la que fue inducido por sus nuevos amigos ricos. 3. Su aferramiento obsesivo a su pasado exitoso, que lo mantiene fijado en la idea de que su condición de campeón mundial es perpetua. 4.  “El no haber conservado su arraigo social cuando fue campeón”, como sí lo hizo, por ejemplo, Rodrigo Valdez , y haber cedido, por lo tanto, a la tentación del rastacuerismo. Y la quinta razón constituye una explosiva novedad, al menos para el redactor de esta columna: Antonio Cervantes, según el psiquiatra Christian Ayola, que ha atendido su caso en el Hospital San Pablo, de Cartagena, padece un trastorno bipolar afectivo (“lo que anteriormente se conocía como enfermedad maniaco-depresiva”), ¡un mal genético heredado de su madre Ceferina Reyes! Así que  “las drogas y el alcohol  no ocasionaron el problema de Pambelé (…), sino que lo agravaron”.

De acuerdo con esto último, sus desbarajustes emocionales no son exactamente el resultado de una posesión luciferina, como piensa su hijo venezolano Daniel Antonio Cervantes Bastardo (que es su hijo legítimo), sino de una posesión ‘lu-ceferina’, lo que, por otra parte, es corroborado por Julia Cervantes, una hermana del ex campeón, quien atestigua que doña Ceferina Reyes “ha padecido crisis nerviosas severas, al igual que sus hermanos Pablo e Idelfonso”.

En cualquier caso, por cuenta de esos delirios, las heridas que jamás recibió en el ring se las han causado muchas veces después de su retiro del boxeo, en los lugares más disímiles y con toda suerte de objetos contundentes y cortopunzantes; y se ha vuelto, además, “ inquilino asiduo de calabozos y hospitales”.

Asimismo, de las extravagancias que, según cuenta este reportaje que se lee como una ‘nouvelle’, suele hacer nuestro héroe en desgracia en medio de esos ataques frenéticos, ninguna resulta tan conmovedora, excepto sus llantos de niño desamparado, como ésa de exclamar, con su voz de trueno y a grito herido (del mismo modo que Johnny Weissmuller, anciano y con la razón perturbada, lanzaba sus alaridos de Tarzán): “¡Nojodaaa, yo soy el campeón mundial, KidPambeleeeeé!”

            Dos detalles más para resaltar contiene este libro. Uno es esta escena: en su lecho, mientras moría de cáncer, Amelia Bastardo le tomó la mano a su hijo Daniel Antonio Cervantes y le pidió que fuera a Cartagena a buscar a su padre; como ven,  es una asombrosa imitación que un pasaje de la vida de Pambelé hace del primer episodio de ‘Pedro Páramo’. El otro es el planteamiento de este enigma: ¿dónde está el anillo de oro que la Asociación Mundial de Boxeo le dio a Cervantes como símbolo de su inclusión en el Salón de la Fama en 1998? Sin duda, esta joya reviste ya para nosotros el carácter de grial, cuya búsqueda, propongo, debe emprender ya mismo una artúrica cruzada nacional.

El oro y la oscuridad está escrito en una prosa estupenda, límpida, de una gran calidad narrativa, cuya curso se desliza sin el menor tropiezo y cuyo hilo teje una estructura en la que las partes están meticulosamente enlazadas una con otra y el todo guarda una cohesión general magistral. Por eso esta obra confirma lo que desde hace algunos años vengo pensando y que es lo mismo que Daniel Samper Ospina afirma sin el menor titubeo en el prólogo : hoy por hoy, Alberto Salcedo Ramos es “el mejor cronista literario que tiene este país”.

Días de tambor, la fiesta esperada.

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Por: Álvaro Suescún T:

Julio Olaciregui es un barranquillero alto, de pelo enmadejado y nevoso, con unas gafas de aros redondos en carey que le dan la apariencia de un intelectual francés. Es uno de los más originales exponentes de la denominada generación del medio del siglo en Colombia, escritores nacidos en la década de los años 50s, nutrido en las artes del periodismo, profesión a la que ha dedicado toda su vida. Los últimos 26 años vinculado a la agencia internacional de noticias France-presse.

El mundo ficticio que asoma en su obra literaria está alimentado por cuadros sueltos tomados de la realidad, de ellos se surte para elaborar una especie de documental del mundo que respira. El resultado son una imágenes literarias que parecieran captadas por un narrador que cambia su ángulo de mira para no limitarse a tomar lo que tiene frente a sí, de manera que en esas narraciones aparecen a menudo situaciones relacionadas bifocalmente, son los paisajes de una ciudad del caribe que toma forma en los alrededores de Barranquilla y, por otro lado, la aldea global con asiento en Europa.

En Días de tambor, su más reciente obra, conserva estas características. Es una compilación de cuentos publicados por Silaba Editores y presentado en la reciente Fiesta del libro y de la palabra, en Medellín. En esos textos asoma el río Magdalena, la epifanía y el carnaval, el goce caribe, la sangre que bulle con acento africano en los mitos de allá y de acá, el hombre caimán y su confrontación con la civilización en ascenso.

 El título que da al libro es un pedacito de la historia negra, de la historia nuestra, caballero. Se sabe que los llamados días de tambor eran aquellas jornadas de asueto y fiesta que los amos blancos otorgaban a sus sometidos en los días duros de la esclavitud negrera. Luis XIV, rey de Francia, había dado vida en 1673 a la Compañía de Senegal para exportar mano de obra esclava a las Antillas a fines del siglo XVII. Su primer ministro Colbert redactó el primer Código Negro, por allá en 1685, para reglamentar el comportamiento de esos trabajadores forzados. De modo que en estos textos está implícita la rebelión, se pone al descubierto el papel de la ignominia jugado por Francia y los castigos a que se expusieron quienes osaron rebelarse.

Julio Olaciregui pone su pluma al servicio de ese particular interés por la africanía (bantús, congos y carabalís), un culto a los palenqueros que aquí encontraron su asiento, a los mulatos que somos todos. Y su ancestral relación, genética, de connivencia, la misma que aquí portamos desde los orígenes de las barrancas de San Nicolás. Su padre, Mario, en las fotos de joven tan parecido al Joe Arroyo, su mismo pelo cuscú, su nariz ancha, y su fortaleza de luchador. Cuando el escritor entró en contacto con los africanos en Paris encontró allí un mundo familiar, las danzas de Anna Camará y Aye Bangoura lo llevaron hasta Guinea y Senegal para bailar esa música que pudo haber nacido en Puerto Caimán o en Puerto Hormiga, cerca de aquí.

Todo ello late en estas breves historias, con personajes que cobran vida en otros relatos sin que ello signifique que la intención es la de hilvanar una temática que pareciera serles común, se entrecruzan en tanto el autor se detiene y reflexiona sobre el oficio de escribir; exhibiendo sus propias emociones a la manera de un diario, observaciones de un sujeto atento a lo que ocurre a su alrededor con permanentes alusiones a esos hechos de la cotidianidad, escritas con la actitud antirretórica del “nouveau roman”, en que Julio Olaciregui se cuida de intervenir en el desarrollo de las situaciones y los personajes, solo es un espectador entre una panorámica amplia que cobra vida, empieza a rodarse con el lente de un cineasta al que le gusta la ópera, pero más el teatro y la música, los oratorios, la poesía, y sobre todo andar vagando por las calles tomando notas, cogiendo punta.

El conjunto de los temas tratados es muy diverso, y puede resumirse de varias maneras: el acto sexual como parangón de la creación artística; el caribe y sus danzas como representación vital, la presencia constante de la violencia en Colombia y sus diversos motivos, Bob Marley y la marihuana como liberación o catarsis; la búsqueda del mito, ya sea caribe, ya sea griego, como respuesta al pensamiento racional.

Esa amplísima temática aflora en una prosa correcta, cuidadosa, pulida con esmero, desarrollándose con fluidez, insertando cada trecho algunos párrafos en cursivas que traen reflexiones, máximas en latín, fragmentos de poesía, cánticos del Caribe y citas de reconocidos autores. Es cuando se hacen ostensibles Nathalie Sarraute, Claude Simon, Michel Butor, Robert Pinget, Marguerite Duras y Samuel Beckett. Se descubre entonces que sus influencias están definidas por Roland Barthes y Alain Robbe-Grillet, entre los principales. La búsqueda por generar imágenes es notoria así como el uso de términos coloquiales, aquí aparece también “el brujo de Otraparte”, el gran filósofo Fernando González, con un efecto congruente en esa narrativa con pocos o ningún punto de tensión, de manera que cuando requiere alguna pausa para el desenvolvimiento general del relato, ocurre por la manera desenfadada como afina un ritmo casi sin fin.

La publicación de este nuevo libro de Julio Olaciregui permite renovar el contacto con su obra, persistente y de alto contenido, fiel a su estilo caracterizado por un tono muy particular, difícilmente imitable. No ha sido fácil mantener este mismo tono con el correr de los años, una voz propia que lo distancia del temido lastre del boom literario latinoamericano, proporcionándonos el placer que producen las frases cortas y sugerentes en esas extensas historias de pocas palabras.

Álvaro Suescún T

Otras apreciaciones 

DÍAS DE TAMBOR DE JULIO OLACIREGUI

 Por :Pablo Montoya

Julio Olaciregui es un escritor que ha aprendido a vivir en el extranjero. Sabe de desarraigos aunque en el fondo, como buen caribeño, sus raíces son el viento y el mar. Conoce esa intrincada cartografía de idas y venidas que diseñan todo exilio, sin ignorar que el sabor del ñame es como el ancla que lo fija por un instante al terruño. Pero el terruño no es la coordenada habitual con que se definen los chauvinismos de toda índole. Nada más ajeno al regionalismo que la obra de Olaciregui, aunque ella expanda sus vibraciones más íntimas en los espacios del Caribe colombiano.

En París, ciudad hermafrodita, ciudad de todos y de nadie, Julio Olaciregui, quien se define como periodista de día y poeta de noche, ha aprendido a saberse lejos de casa. Y esa lejanía, desde su primera novela Los domingos de Charito hasta su último libro de cuentos Días de tambor, es estar lejos, pero no cercenado, del coco, de la piña, del maíz, de la vulva nutricia y el falo prístino. Y hablo de sabores y de coyunturas seminales porque la escritura de Olaciregui, como pocas en la literatura colombiana, está estremecida, de principio a fin, por estas realidades sensitivas.

Desde que conocí a Julio Olaciregui, en París en 1996, siempre he pensado en él como si fuera una suerte de Lucrecio costeño. El Mare Nostrum y ese otro mar nuestro que es el Caribe confabulados. Ambas cosmografías líquidas atravesadas por miles de itinerarios. Los de Julio Olaciregui y los de los pueblos desplazados que sus palabras, festivas y desgarradas, sostienen. Pero este Lucrecio, a diferencia del otro, además de cantarle al sol –“Por ti los vientos huyen, las nubes se disipan, la flor crece, la ola se infla, el cielo resplandece, los pájaros vuelan, los rebaños saltan”-, sueña, si es que ya no lo es íntegramente en su obsesión onírica, con transformarse en un hombre caimán.

Porque en la obra de Julio Olaciregui, y como muestra están los cuentos de Días de tambor, pero también Dionea y sus obras de teatro, se otea la cultura y se llega a su múltiple centro inasible a través del mito. Y también a través del supremo goce de los sentidos. La mitología sin sensualidad, nos dice Olaciregui, no es más que un equívoco propuesto por las mentes rancias. Y es pertinente aclarar que la cultura en este escritor errante es caótica. Quien busque relatos simples en estos cauces híbridos, forjados con tambores de tierra, de madera y piel, se sentirá perdido. Pero entonces es menester decir que de lo que se trata, justamente, es de zambullirse, de impregnarse, de enredarse en esta suerte de extravío cultural celebratorio. Porque el caos es, en Julio Olaciregui, su fresca y transgresora divisa.

Poeta mercenario, así se define también Olaciregui. Sus armas son la danza y la poesía. La copula de la palabra con el cuerpo. Unión que se presenta en los cuentos de Días de tambor como un ritual continuo en el que se festejan el placer y el dolor. Ritual hecho de cruces de razas o de lazos geográficos. El mismo Olaciregui dice: “Mi tema preferido son los hilos invisibles que nos unen, la descripción del escenario en el que, cual marionetas indias, aparecemos y desaparecemos.” Y en este carrusel de muertes y nacimientos, los cuentos de julio Olaciregui muestran al deseo como sed y hambre de la sensualidad que estimula incesantemente a sus personajes. Personajes que se debaten entre el festejo apasionado del cuerpo y la trágica espoliación provocada por la historia. Los suyos son negros desterrados, indios usurpados, mulatos desgarrados, zambos fisurados, mestizos que se afligen por el pasado y el presente que cargan sobre sus hombros, pero que no le escatiman al tiempo su esencial dosis de epifanía. En este sentido, hay un diálogo sugerente entre la obra de Olaciregui con el mundo narrativo de nuestros mejores escritores del Caribe, desde Rojas Herazo, Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez hasta Germán Espinosa y Roberto Burgos Cantor.

Los cuentos de Días de tambor oscilan entre el carnaval y el duelo, entre la máscara irrisoria y el llanto que deja la ausencia, entre el baile frenético y la letanía desconsolada. Es un libro que manifiesta con claridad insoslayable la apuesta estilística de un escritor que se niega a caer en facilismos y modas narrativas. La obra de Julio Olaciregui, y este último libro lo confirma con fuerza, es como un islote en nuestra literatura. Un islote adonde llega la increíble algarabía poblada de exilios que solo él ha logrado captar.

Pablo Montoya

El secreto de Alicia

EL SECRETO DE ALICIA

El secreto de Alicia de Roberto Burgos Cantor

El libro de cuentos que fue leído como novela

En septiembre del año pasado, en Tunja, tuve ocasión de charlar con Roberto Burgos Cantor acerca de su celebrado libro de cuentos Lo Amador. Le señalaba entonces yo a Roberto que, en vista de que las siete piezas que componen ese libro caracterizan, en forma conjunta y unitaria, un mismo mundo, el de un barrio popular cartagenero, y de que sus personajes transitan de uno a otro cuento como si pasaran de un cuarto a otro, cabía afirmar que tal obra funciona (y, por tanto, se puede leer) también como una novela.

Mi observación no resultó ser original, como era de esperarse, pues él me informó a continuación que ya la había formulado un crítico o alguna universidad norteamericana (pues nunca falta alguna universidad norteamericana), ahora no recuerdo con precisión.

Pues bien: su último libro, El secreto de Alicia (Seix Barral, 2013), que tuve el honor de presentar en días pasados en La Cueva, me hizo vivir una curiosa experiencia lectora originada en ese intercambio o trastocamiento de roles que puede ocurrir entre libros correspondientes a estos dos géneros, el cuento y la novela.

Sucede que cuando me llamaron de la Fundación La Cueva para proponerme la presentación del libro, me hablaron de “la última novela de Burgos Cantor”; y apenas uno o dos días después, en la columna dominical de Piedad Bonnett, leí una cita que, a propósito de otro tema, hacía ella de este libro y la atribuía, después de mencionar el nombre de Burgos Cantor, a “su última novela, El secreto de Alicia”.

Así que, llevado por esos dos datos previos, y como la edición de Seix Barral no los contradice (ni, en realidad, tampoco los confirma, pues en la tapa se omite toda mención al género al que el libro pertenece, y en la contratapa sospechosamente sólo se habla de “su nuevo libro”, “este entrañable libro”, “Un libro” y de “Un título”), empecé a leerlo como una novela.

Una vez leí los tres primeros capítulos (titulados “El espejo”, “Relojes” y “Fosas comunes”), me di cuenta, y me lo dije, de que se trataba de una novela, digamos, experimental, pues las historias de esos tres capítulos no tenían absolutamente nada que ver la una con la otra.

A medida que seguí leyendo, confirmé el carácter experimental o no convencional de la novela, de tal manera que al interés con que leía capítulo tras capítulo, cada uno de los cuales me ofrecía una historia distinta, independiente, con sus personajes propios y diferentes, se añadió la intriga por ver en qué punto se iban a articular esas historias y personajes, en qué punto iban a confluir para mostrarme la unidad de la acción de la novela.

Pero no: llegué al último capítulo (titulado “El hombre que perdió su norte”), al último párrafo, a la última palabra y, por fin, al definitivo punto final… y entonces fui yo quien se sintió con el norte perdido. Pues no tuvo lugar la esperada articulación o confluencia de las trece historias que acababa de leer.

Fue en ese momento cuando recordé lo que había hablado en Tunja con Roberto sobre Lo Amador. Me dije: si Lo Amador es un libro de cuentos que se puede leer como una novela, El secreto de Alicia es una novela que tiene la apariencia de un libro de cuentos. O, al igual que Lo Amador, es en realidad un libro de cuentos que se puede leer también como una novela.

Algunos pensarán que resultaba tonto de mi parte este dilema y desvelo en torno a la determinación del género de una obra literaria; que después de tantas revoluciones y experimentos vanguardistas por los que ha pasado la narrativa de ficción a lo largo del siglo XX, no cabe ya preocuparse por estas distinciones de género; que los géneros son simples etiquetas que se usan por comodidad didáctica.

O que, para mi tranquilidad, debí haber recordado un planteamiento del escritor español Javier Cercas, a saber: “Una novela es todo aquello que se lee como tal; es decir: si algún lector fuese capaz de leer la guía de teléfonos de Madrid como una novela, la guía de teléfonos de Madrid sería una novela”. Y, en efecto, lo recordé, pero me dije que el caso allí planteado es válido si leer la guía telefónica como una novela (o leer el diccionario como una novela, como proponía Héctor Rojas Herazo en 1956) obedece a una soberana decisión del lector, y no a que lo hayan manipulado o inducido de alguna forma para que creyera que la guía telefónica era una novela.

Es decir, pienso que no hay que soslayar el pacto de lectura, como parece que quieren hacer los editores para que libros que pertenezcan a un género que ellos creen que ya no tiene mercado –como es el caso del cuento–, sean adquiridos inocentemente por el público. (Hablo de los editores de lengua española, porque en los libros del ámbito anglosajón uno suele leer en la tapa: “A novel” o “Stories” o “A memoir”, etc.).

Pero, al margen de este percance, y una vez establecido al final que El secreto de Alicia es un libro de cuentos (pues el dato está incluido, exactamente al modo de la letra menuda de un contrato, en la nota biobibliográfica del autor que aparece en la solapa), debo señalar que, entre los tres más extensos y ambiciosos, el más largo y complejo es el “El nuncio”, que consta de 40 páginas, tiene cierto aliento policial y está contado en dos tiempos paralelos, uno correspondiente a un anticuario en la Nueva York del siglo XX y otro a Galileo Galilei en la Padua y la Venecia de comienzos del siglo XVII, ambos con un precioso y misterioso objeto en común: el volumen Sidereus nuncius, del astrónomo italiano.

Hay elementos temáticos que reaparecen aquí y allá, como el de las guerras feroces, carentes de grandeza y a la larga inútiles de Colombia (las de la Independencia, las de los primeros años de la República, las que nos han desangrado en los tiempos recientes), pues sus combatientes se enloquecen “por codicias de bisutería” y porque las grandes utopías no son aplicables en pueblos tan vastos y heterogéneos como éste; o el de los encuentros entre un hombre y una mujer, que en una ocasión es furtivo y amoroso y, en otras, casual y limitado a un conturbado contacto visual por parte del hombre; o el de los personajes que se pierden o se extravían, bien de sí mismos, de su propia identidad, bien de su lugar en el mundo, como el Wakefield de Nathaniel Hawthorne

Digamos, finalmente, que en este libro, a través de múltiples puntos de la geografía y de la historia, así como a través de personajes diversos (incluidos algunos reales, como Evaristo Márquez, Marlon Brando, Galileo Galilei, José María Córdova y Alberto Duque López), y demorándose con actitud vigilante y escrupulosa en los más minuciosos detalles, Roberto Burgos Cantor hace una exploración emotiva, no exenta de reflexión, pero ante todo emotiva, de ése o de eso que, en “El nuncio”, el narrador llama con certera frase: “El espantoso abismo que se llama hombre”.

Por Joaquín Mattos Omar

ESCRIBIR EN BARRANQUILLA

 

“TODO NO VALE NADA SI EL RESTO VALE MENOS”

Por: Miguel Iriarte 

 BPC-ramon Bacca

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Bacca, Ramón Illán, ESCRIBIR EN BARRANQUILLA,

Ediciones Uninorte, 1998, 283 Págs.

Este libro editado por la Universidad del Norte de Barranquilla, institución en la que este autor costeño es profesor desde hace muchos años, ofrece a todos sus lectores la estupenda oportunidad de leer de “corrido”, y como conversando con el propio Ramón, páginas llenas de variadas e interesantes referencias literarias y/o de muchas otras tantas referencias, acerca de lo que ha sido la ciudad desde el punto de vista de la literatura.  Este es ante todo un libro que revela la condición creativa de un extraordinario conversador; de un escritor que ha fundamentado su estilo personal en el expediente de la palabra hablada, más allá de todo coloquialismo vulgar.  Más  aún, allí en esa virtud del libro radica no sólo el placer de su lectura sino de la experiencia misma de conocer a Ramón.  No en vano en la ciudad, amigos o no, siempre se han disputado el honor de sentarse a solamente hablar con el “abate Illán”, cuando no se trata de estudiantes y catedráticos aventureros de universidades francesas o alemanas que llegan un día a Barranquilla, como salidos de una novela de Conrad, preguntando por el inconseguible profesor Bacca, para sumarle a sus tesis algunos datos importantes producto de su peculiar punto de vista, o de esa manera personal de interpretar la historia.

Comoquiera que es un libro enmarcado precisamente en la indagación literaria de la historia, en este caso con énfasis en la historia minimal, la microhistoria, la anecdótica, práctica intelectual en la que es experto Ramón Illán, la obra constituye un sensible aporte a ese ejercicio de relectura de la ciudad y de la región, que se ha venido dando en los últimos diez o doce años por parte de una importante comunidad de investigadores desde el punto de vista de la sociología, la antropología, la economía, la historia y  la política.  Hacía falta, desde luego, la perspectiva de la literatura para ir redondeando un cuadro crítico distinto de lo que ha sido el acontecer cultural de Barranquilla.  Son ochenta años de la historia de la ciudad vistos desde la experiencia literaria, matizados y enriquecidos por el particularísimo filtro cultural de este autor que, como es ya una marca de su estilo personal, en sus crónicas, cuentos y novelas dispara siempre una descarga informacional que no se inhibe en la aportación de datos, y que está siempre controlada por un talante desmitificador y zurdo que va poniendo poco a poco las cosas en su sitio.  Un ejemplo de eso mismo puede ser lo que el propio Bacca escribe en el Proemio de “Escribir en Barranquilla”: “No es este ni un libro de historia de la literatura, ni de crítica literaria, como tampoco un texto didáctico.  No se hallará, pues, aquí un estudio completo ni de la poesía, ni de la novela, ni del teatro, ni del ensayo entre nosotros, sino, descartado todo lo anterior, lo que resta”.

Desde luego que si, pero no.  En este caso el libro es la consolidación de ese estilo.  Es la oportunidad de mirar en un solo croquis textual las crónicas que hemos ido conociendo publicadas en diferentes medios periodísticos en los últimos doce años.  Desde la publicación de “Crónicas casi históricas”, cuyo título revela una conciencia autocrática de su abordaje, o de igual manera la mirada oblicua y el sesgo humorístico de su documental “Lo que pasó en el 48”, Ramón Illán sentó las bases de lo que constituye una aproximación crítica muy original e irreverente de lo que los otros estudiosos afectan con una pretendida visión trascendental de lo histórico.  Así, con trabajos como los anteriormente mencionados, sus memorables “Carnet” de Ribal, que publicaba en el suplemento del Diario El Caribe, y un poco menos en sus actuales columnas de El Tiempo Caribe, Bacca nos ha ido acostumbrando a encontrar en las cosas que escribe un guiño deliciosamente culto, un chisme de exquisita malditidad, un comentario de extraordinaria agudeza y sensibilidad, y casi siempre una visión inteligente y fresca, desacralizada, de todo lo que su estrabismo (que le viene de Stravinsky) puede aportar al propósito de esa mirada diferente.  Con esos elementos conceptuales en función de su condición profesional de anti-héroe perfectamente asumido, este escritor nacido en Santa Marta y residente en Barranquilla por casi treinta años, es quien más ha sabido aprovechar las ventajas del “mamagallismo” integrándolo sabiamente en un modelo literario cuyos resultados son mucho más serios de lo que a algún enfermo de suma “gravedad” pudiera parecerle.

“Escribir en Barranquilla”, está compuesto entonces por cinco extensos ensayos, nueve crónicas cortas y una entrevista comentada, materiales de los cuales, según nota del editor, algunos, los que habían sido publicados, fueron revisados y corregidos por el autor para efectos de la edición.  Los demás son inéditos.  Aquí lo importante resulta ser la calidad de la experiencia de su lectura, como textos reunidos, como libro unitario, porque no obstante haber leído en su momento los textos ya publicados, encontrarlos en ese nuevo contexto, interpolados, reordenados e intertextualizados en un mismo volumen, se les redescubre con algo de nuevo que se le suma a su significación original.

El ensayo que encabeza el libro es el titulado “El modernismo en Barranquilla”, y fue publicado en 1993 en el No. 33 del boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República.  Es un texto que pudiéramos subtitular Modernismo sin modernistas, porque la acuciosa pesquisa de Ramón Illán más que hallar pruebas irrefutables de literatura modernista propiamente dicha, le permite, en compensación, regalarnos una estupenda recreación contextual de la Barranquilla de aquellos años, rica en el más animado entrecruzamiento de viejas y nuevas luces que avisaban el tránsito de un siglo a otro en un “pueblón” que era la Barranquilla de la época, la de Abraham Zacarías López Penha, un poeta y novelista judío que se carteaba con José Asunción Silva y figuraba en la Enciclopedia Espasa Calpe como “el iniciador del movimiento modernista francés en América”, y la de otro barranquillero que intimaba por cartas con Rubén Darío. Además de un hecho histórico de verdadera trascendencia: el famoso naufragio de Silva en el vapor Amérique, en el que perdió casi toda su obra inédita, que ocurrió frente a las costas de Sabanilla, como quien dice, aquí mismo, a las puertas de esta ciudad.

El segundo ensayo es “El mundo de Cosme”, publicado inicialmente en el No. 30 de la Revista Huellas de la Universidad del Norte, en 1990, y constituye un merecidísimo ajuste de cuentas con la obra y la figura del maestro José Felix Fuenmayor, un gran animador del periodismo y la literatura en los años 20s y 30s, y a quien cierta crítica especializada ha considerado más tarde, al calor del boom, como una figura vanguardista en la literatura latinoamericana, imagen tutelar detrás del famoso Grupo de Barranquilla.  En ese texto, como en todos los que componen el volumen de “Escribir en Barranquilla”, el autor despliega sus telones de época y con la magia del escenógrafo provee el más completo background de anotaciones sociológicas, políticas y culturales de quien fuera el personaje primordial en la literatura del viejo Fuenmayor: Cosme.

En los otros tres ensayos del libro, los titulados “Presencia de Voces”, “Las revistas literarias en Barranquilla” y “Aproximaciones a la Literatura del Carnaval”, Ramón Illán, ya con su método sistematizado, arma una sola corriente de conversaciones entre uno y otro texto, a pesar de haber sido escritos en momentos diferentes, pero en los que a los nuevos contenidos siempre se insertan intercambios de voces, personajes, circunstancias, libros y procesos, cosa que contribuye por lo tanto a darle ese carácter unitario que ya habíamos anunciado arriba.

En la estructura del libro, antes de llegar a las crónicas dedicadas a los personajes del Grupo de Barranquilla, hay cuatro crónicas que podríamos llamar de transición: la primera es una titulada: “Nadaísmo en Barranquilla”, publicada en el No. 699 de Intermedio del Diario del Caribe, en 1998, cuando  el Nadaísmo cumplía treinta años.  En general es un texto en el que se mira este movimiento de reojo y con cierto descreimiento más que crítico.  Ramón Illán despacha el compromiso con un ”En Barranquilla el nadaísmo no era un círculo beligerante, como en Medellín o Cali.  Parecía ser un pretexto para hacer unas cuantas fiestas muy movidas… así las cosas, rastrear la vida de ese movimiento en esta ciudad sólo es posible buscando sus expresiones literarias y pictóricas.  Estas son también pobrísimas”.

Las otras tres crónicas de transición tienen que ver con lo que se leía en Barranquilla en tres momentos diferentes de su historia.  Por una parte, está el texto titulado “Frente al estante alemán” que es un recorrido misterioso por la Biblioteca Departamental del Atlántico para satisfacer la extraña curiosidad de Illán Bacca de saber qué libros de autores alemanes se leían en Barranquilla en la década del 40.  Una empresa sin duda digna de un personaje como él mismo.  Cierran entonces estas cuatro crónicas los textos titulados “Qué se leía en Barranquilla” I y II, publicado el primero en 1987 y el segundo en 1997. La visión de ambos momentos es absolutamente desoladora y no queda de su lectura sino la sensación de un precario gusto literario y una terrible hojarasca de mala literatura.

Las últimas seis crónicas, salvo la de la escritora Marvel Luz Moreno, están relacionadas con Barranquilla y su grupo, y son sin duda retratos breves y entrañables, logrados a trazos rápidos pero seguros, de los personajes consabidos de esta cofradía.  Hace falta aquí sin duda, un texto probablemente titulado “De cómo no conocí nunca a Gabriel García Márquez”, que algunos conocemos a pedazos, para completar al lado de Ramón Vinyes, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda y Bob Prieto, la nómina fundamental del Olimpo de la Cueva, como el mismo Ramón Illán la nombra en una crónica exquisita publicada en la Revista “viacuarenta”.

 Reseña publicada inicialmente en la Gaceta de Mincultura en 1999.

La casa grade de Álvaro Cepeda Samudio

 

Un experimento arriesgado

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La casa grande es una novela basada en un hecho histórico: la huelga de los peones bananeros de la Costa Atlántico colombiana en 1928, que fue resuelta a bala por el ejército. Su autor, Álvaro Cepeda Samudio, que entonces no tenía más de cuatro años, vivía en un caserón de madera con seis ventanas y un balcón con tiestos de flores polvorientas frente a la estación de ferrocarril  donde se consumó la masacre. Sin embargo, en este libro no hay un solo muerto, y el único soldado que recuerda haber ensartado a un hombre con una bayoneta en la oscuridad no tiene el uniforme empapado de sangre “sino de mierda”.

Esta manera de escribir la historia, por arbitraria que pueda parecer a los historiadores, es una esplendida lección de transmutación poética. Sin escamotear la realidad ni mistificar la gravedad política y humana del drama social, Cepeda Samudio lo ha sometido a una especie de purificación alquímica y solamente nos ha entregado su esencia mítica, lo que quedó para siempre más allá de lo moral y la justicia y la memoria efímera de los hombres. Los diálogos magistrales, la riqueza viril y directa del lenguaje, la compasión legitima frente al destino de los personajes, la estructura fragmentada y un poco dispersa  que tanto se parece a la de los recuerdos, todo en este libro es un ejemplo magnifico de cómo un escritor puede sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retórica y demagógica que se interpone entre la indignación y la nostalgia.

Por esto, la casa grande, además de ser una novela hermosa, es un experimento arriesgado, y una invitación a meditar sobre los recursos imprevistos, arbitrarios y espantosos de la creación poética. Y es, por lo mismo, un  nuevo y formidable aporte al hecho literario más importante del mundo actual: La novela latinoamericana.

Gabriel Garcia Márquez,1967 .

De la serie Alvaro Cepeda, Tita, Barranquilla y la literatura

Creo que conozco bien a Cepeda, no a través de la laboriosa indagación de testimonios y fuentes estilo Gilard o Fiorillo, sino a través de Tita, su viuda. Creo que su espíritu husmeaba durante mis temporadas en aquella casa de hermoso estilo republicano de la calle 58. Mis dedos pasaban las páginas de sus libros maravillosos en la biblioteca, sobre las huellas de los dedos del hombre.

Ernesto Gómez-Mendoza

  1. I.            

La langosta azul

Alguien observó que Alvaro Cepeda Samudio –mucho más que un escritor – era un dadaísta con periódico; maneras de camaján; otros se estremecían dizque porque la suya era una voz estentórea de cargador de muelle.

Marta Traba, una argentina que escribía sensualmente sobre los cóndores de Alejandro Obregón, se llevó una mala primera impresión del escritor-camaján-dadaísta con periódico, cuando se asomó a La Cueva porque le sugirieron que era el sitio en donde se reunían los intelectuales barranquilleros. Los personajes que vio en aquella tienda de barrio, que mutaba a bistrot intelectual, no le parecieron ni dadá ni nada, sino un puñado de eternos adolescentes del Caribe que acomodaban en cada frase una expresión obscena. Y se devolvió a Bogotá y a sus intelectuales más acordes al estereotipo o simplemente clásicos intelectuales bogotanos con preocupaciones gramaticales.

Eso era pasando de los años cincuenta a los sesenta, y en El Heraldo no decían nada de Alvaro, ni de su novela La casa grande ni de su apetito voraz por los libros de William Faulkner, e incluso por los de Sartre y Camus. Increíble, no decían nada, y lo veían todos los días. Debe ser porque en El Heraldo tenían a Juanbecito, el hijo del editor fundador de ese periódico, Juan B. Fernández Ortega, y lo tenían recién devuelto de La Sorbona con un título de filósofo: todo muy a propósito para ser el intelectual que se merecía la ciudad.

Álvaro no había podido ir ni siquiera a la Universidad del Atlántico, pero en el arte del periodismo, que como puede juzgarse por la columna de Gabo en El Heraldo, compartía muchas cosas con el neorrealismo, el escándalo surrealista y el paraguas y la máquina de escribir de Marcel Duchamp, Álvaro Cepeda Samudio era el mejor bateador, como si al quedar huérfano lo hubiera adoptado una máquina rotativa. Es increíble: no encontraremos nada de esto en El Heraldo de aquellos años en que en los Andes colombianos estaba abierta la temporada de caza de bandoleros convertidos en abrasivas leyendas infernales, con nombres como Chispas, Charro Negro y Sangrenegra.

Para completar el aquelarre surgieron los Nadaístas y el catolicismo se declaró en alerta roja. Siendo pues un periodista-neorrealista-dadaísta, con periódico, resultaba muy coherente que Cepeda se dejará seducir por la sirena del cine y que en los años sesenta hiciera La langosta azul, digna de proyectarse en tándem con El perro andaluz.
En la película un espía gringo brega por desaparecer el último vestigio de una contaminación radioactiva en las playas de ¿Salgar? ¿La Playa? ¿Sabanilla?; una langosta que por la radiación ha perdido su color característico. Es una langosta azul, y un niño juega con ella en las calles arenosas del caserío de pescadores. En esas calles, que son caminos entre las hileras enfrentadas de casas de bahereque y techos pajizos, Quique Scopell, el cameraman de Cepeda, es profundamente neorrealista. Pero no más que su director, ojo. ¿Cuál era el sello del primer neorrealismo italiano? Respuesta: el empleo de actores naturales. El niño de doce años que juega con la langosta radioactiva es el primer actor natural del cine colombiano (bajo este aspecto la película es pionera del cine que harán 25 años después Pacho Bottía y Victor Gaviria). Ese niño se roba la película, pero porque Cepeda con sus encuadres y ángulos registra la historia que relatan su rostro que armoniza los conflictivos genes del mestizaje, la gramática de su gestualidad infantil y su carismática estampa de Huckleberry de raído atavío.

Cuando los grandes pintores Cecilia Porras y Enrique Grau, actores neorrealistas también, reforzados por espontáneos reclutados en la locación y en el vecindario de Cepeda en Barranquilla, escenifican un ritual shamánico para exorcisar el demonio que tiñe los crustáceos de azul, y de paso al espía norteamericano, la película se viste de surrealismo para llegar a un clímax cuando el niño la ata a la cola de su cometa para un hermoso ascenso por esa playa del fin del mundo.

Hacer una película así, en aquellos años en que Latinoamérica era un estudio especializado en insoportables melodramas sobre pobres que hablaban con acento madrileño… Si fue o no un genio, La langosta azul es un prueba de lo primero: evitó todos los tics del cineasta tercermundista y logró algo que firmarían con gusto Flaherty o Murnau.

II.

Quique Scopell, el culpable

“Pero lo que creo es que entre hablar y escribir hay una gran diferencia”, en entrevista de José Cervantes Angulo a Scopell.

La Barranquilla que Alvaro Cepeda nunca se cansó de vivir – nos damos cuenta, con susto – no es esta Barranquilla de ahora. Era diferente especialmente por el tipo clásico del barranquillero, un producto sincrético genial del cual quedan ya pocos especímenes. El origen barranquillero de Alvaro Cepeda Samudio quedó esclarecido por Alfonso Fuenmayor poco antes de marcharse al otro mundo a reanudar la parranda, en “La Cueva” o “El Happy” de un cielo especial, que hay para estos hombres que logran cruzar el Mar Rojo de la vida sin hacerle daño a nadie, con tantas oportunidades que hay.

Ya que Barranquilla, por esa manera especial que tenía de ser entonces, figura entre los culpables de que Cepeda no haya escrito más, ensayemos evocar esa atmósfera ecléctica en que asomaba la década del sesenta y la década del cincuenta iniciaba su camino hacia los archivos históricos. 1960 tiene que ser el año de mayor producción cinematográfica de mi papá, Ernesto Gomez Hans, por la edad que mostramos en unas escenas subidos a una canoa y creyendo que la actuación cnematográfica consiste en desternillarse, o desternillarse, de la risa. En ese año el natural desarrollo de los rasgos propios de su sexo ha llegado a la plenitud en Estefana Borromei, convirtiéndola en un diosa del cine neorrealista en el Colegio Alemán.

En ese año, o en el anterior, mi madre ha tenido un éxito arrollador con un ceñido disfraz de arlequín, de rombos negros y lilas, y por resaltar su opulenta figura le debemos a Arlequín el nacimiento, nueve meses después, de mi hermano Arnold Gómez. Por entonces, todavía no nos cansabamos de viajar en las escaleras mecánicas del Almacen Sears, ese almacén por departamentos al mejor estilo norteamericano, que convertía el crucero de la calle 53 con la carrera 46 (Avenida Olaya Herrera) en un pedazo de película de Doris Day. Ingresar a esa tienda era lo más parecido a penetrar en un museo que teníamos en la ciudad, llevado a una nota sublime por el aire acondicionado que contenía todo el almacén.

El gerente de ese almacén era amigo de Alvaro Cepeda, y su nombre era Bernardo Restrepo Maya, y padecía esporádicamente el virus de la época, el virus del periodismo, construir pompas de jabón con palabras, frases y párrafos.

Qué tiempos aquellos, todavía los barranquilleros entraban a la barbería a ser afeitados por un camaján capaz de contar una novela mientras trabajaba. Era así: el barbero, hablando todo el tiempo, empapaba la toalla blanquísima en agua humeante y la enrollaba en el rostro lleno de púas. Mientras la toalla ablandaba la superficie y los pelos, abría la navaja, la afilaba en una cinta de cuero que colgaba de la silla. La silla era todo un fetiche, de porcelana blanca y tapizada de fino de cuero, giratoria, podía asumir varios grados de inclinación, y para la afeitada se colocaba prácticamente horizontal. Comenzaba el afeitado propiamente dicho y la música del corte nítido de los cañones por la filuda navaja. Una vez retirado el brote del folículo piloso, el barbero aplicaba un bálsamo, y tras ser absorbido por la piel, hacía un masaje a base de golpecitos.

Creo que Enrique, “Quique”, Scopell ha debido tomar fotografías de estas barberías y de los clientes acostados sobre las sillas cubiertos por sábanas, atendidos por los sutiles camajanes barberos. Con el rostro pintado de espuma de afeitar y una mano en la mano de la escultural manicurista. Este fotógrafo versátil que se pegó a una cámara, como un náufrago se aferra a cualquier cosa que flote, conoció a Cepeda desde las épocas del semanario Crónica. Un trabajo para la revista –de la cual eran socios, además- en que hicieron equipo los dos tenía como tema las tradicionales fiestas de san Roque, durante las cuales era posible no solo admirar a la mujer barbuda y forzuda y la mítica rueda de la Cumbiamba, sino el tropel de pagadores de promesas y la lectura del futuro en la carpa de los gitanos.

No llevaban ambos mucho tiempo usando pantalones largos y los lazos que se hacen en la juventud suelen ser duraderos porque se suele compartir algo muy importante: la iniciación sexual. ¿Fue esta iniciación en el Barrio Chino? ¿Fue en las calles de las notarías? Si Heriberto Fiorillo no lo sabe, no lo sabremos jamás. Lo importante es que esta amistad del cuentista-periodista-aspirante a camaján, con un fotógrafo que seguramente salió ya camaján del seno materno es una amistad arquetípica, tanto como la de Eneas y Palinuro, o la de Flaubert y Turguénev, Marx y Engels, Lorca y Salvador Dalí, Borges y Bioy Casares.

El barrio chino de Barranquilla quedaba a unas pocas cuadras de la Iglesia de San Roque.
Cuando la revista Crónica cumplió su ciclo, corto porque era demasiado buena y no traía la novela de Corín Tellado, la próxima aventura de Alvaro y Quique fue el bar más intrépido que ha navegado la procelosa noche barranquillera: La Cueva.

“Póngase serio”, decían los barranquilleros maduros a los desubicados o ligeramente incumplidos. Este epigrama, Álvaro lo metamorfoseó al de “Póngase Águila”, para mercadear la cerveza Águila o para que los tomadores de cerveza tuvieran otra chacota que hacer en su húmedo corrillo maloliente a lúpulo. Luego este modo hizo referencia al que debía estar alerta. “Uy pónte aguila o te quitan la novia”, le decía la tía al sobrino en aquella época de Cortijo y su combo y de La Violencia de Alejandro Obregón. La dudas sobre la literatura lo atormentaban, y pensaba que las historias que se atropellaban en su cabeza tendían a una expresión cinematográfica. Luego se acordaba que tenía obligaciones, muchas deudas, y el cheque mensual se lo daba la Cervecería de su amigo Julio Mario Santodomingo (quien había sido colaborador de Crónica,cómo no). Y de esos agobiantes monólogos lo sacaba la máquina de burlas y sátiras adobadas con todo el mal vocabulario de esta parte del mundo, de su amigo Quique Scopell, quien además conocía más muchachas que ninguno porque era fotógrafo (todas las barranquilleras querían ser fotografiadas en Pradomar, junto al mar, como starlets de Hollywood). Quique Scopell era suficiente para cebar al más santo en la bohemia. Luego se sumó Juancho Jinete, el administrador de Diario del Caribe. “Allí no se hablaba de literatura, un carajo”, dijeron ambos al ser buscados muchos años después por periodistas ávidos de chismografía literaria. Ambos aseveran que “hablabamos mierda y criticábamos todo”. Ya verán que algún días se dilucidará lo que significa hablar “mierda” para la condición humana, y en especial, para Barranquilla, la de entonces, la de hoy lo hace menos: tal vez por eso hay más crimen en la ciudad.

Las paredes de La Cueva guardan celosamente toda la imaginación oral que se desplegó en ese antro, y uno de cuyos aportantes fue Cepeda, quizás entre tantas cosas, acuñó el dicho de “Busca tu charco babilla”. O lo recicló. Quique Scopell, ¿un literato disimulado? en la entrevista a Cervantes Angulo cuenta que había una tienda en el Barrio Abajo que solían frecuentar Álvaro, Fuenmayor y él. Dice que la bautizaron El tercer hombre, por el libro de Grahan Greene. En todo caso, el amigo con que se visita por primera vez un burdel en Barranquilla, tiene más influencia sobre uno que cualquier sabio catalán o genio de Aracataca.

El autor de estas líneas tuvo el privilegio de la amistad de la Tita Cepeda, la viuda de Álvaro. El nombre de Quique Scopell era siempre aludido por ella, lo que es testimonio de la importancia de este fotógrafo camaján que influyó en Álvaro con enseñanzas epicúreas que le distraían de su pelea con la literatura. Estoy seguro que si no hubiera perdido la pelea con el cáncer, hoy estaríamos leyendo una novela de Cepeda con varios episodios en la Cueva, hilarantes y joyceanos más que faulknerianos. Scopell y Juancho Jinete, culpables –con sus hiperbólicos sancochos copiosamente rociados de cerveza y narraciones rabelesianas e incidentes fellinescos – de que no hubiera escrito más aún.

Nota  complementaria:

A estas alturas, contamos con suficientes indicios como para no seguir atribuyendo al camaján el estatus de estibador con cuarto grado de primaria y pestañas tupidas. Todos los del Grupo de Barranquilla eran camajanes porque el primer rasgo del camaján es ser objeto de difamación de las beatas y mojigatas del barrio. Y por andar con algún libro entre manos, como El tercer hombre.Eran hombres más cultos que lo que puede ser un actual concejal o parlamentario, porque se leían bien los periódicos de aquellos años, que bien leídos permitían asomarse a la agitación y revolcón de valores e imaginarios de la modernidad. Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los cuatro discutidores de Macondo eran para Fernanda del Carpio, “cuatro camajanes descarados”.