Categoría: Música

A propósito del TMJC

Buenos aires de la Música Argentina Contemporánea

Por: Miguel Iriarte

De manos de una dulce amiga que regresó en días pasados del gran Buenos Aires, he recibido la gracia de un interesante CD que trae prensados en su portada tres claros sellos identificatorios: el primero, arriba, especifica en el centro del círculo la palabra folclor circuida por la identificación del formato: trío Martínez, Jaurena, Ciavattini; el segundo, abajo y a la izquierda, muestra en el centro la palabra tango y la bordea una razón social clara y rotunda: Música Argentina Contemporánea; y el tercero, abajo y a la derecha, presenta en el centro las cuatro letras del nombre TMJC, rodeado por las palabras Córdoba y Argentina. Y entre los dos sellos de abajo, de puño y letra y subrayado, con una sencillez casera, el título del trabajo: Arreglos.

Pues bien. Allí, en esos sellos y en esa inscripción final están las señales de identidad y procedencia de este trío joven y extraordinario, así como las promesas básicas de una propuesta musical que desde hace cinco años que se hizo pública y conocida, tanto en Argentina como en Europa y Latinoamérica, incluida Colombia, ha recibido importantes reconocimientos de la prensa especializada en su país y en España, y el acompañamiento de un nutrido público en las muchas presentaciones realizadas en el marco de los más diversos contextos.

Se trata, fundamentalmente, de magistrales arreglos que pertenecen a los propios integrantes del trío y que son el resultado esmerado, creativo e inteligente del abordaje profesional de un puñado de temas de autores como Juan Falú, Raúl Carnota, Julián Plaza, Polo Jiménez, Horacio Salgan y un anónimo popular, incluidos temas también de la autoría de dos del trío: Jorge Martínez y Mauro Ciavattini. Un trabajo en el que, gracias a una noción contemporánea de nuestras músicas, se logran nuevos momentos sonoros a través de redefiniciones, reinvenciones, reapropiaciones y nuevas tímbricas que disparan otros signos y otros sentidos.

Son arreglos distinguidos especialmente por el extraordinario buen gusto que articulan las voces del piano, el bandoneón y los vientos, de su concepto interpretativo al mismo tiempo arriesgado y respetuoso, de la solvencia instrumental y el conocimiento de la músicas raizales de Argentina en los que se distinguen chacareras, zambas, tangos, milongas, gatos, vidalitas, cuecas y un aire huaino, que estos tres músicos elevan, sin quedar debiendo nada, a la prestigiosa categoría conceptual de música argentina contemporánea, territorio de exigencias en el que campean figuras históricas de ayer y de hoy que le han dado a las músicas rurales y urbanas de ese país una altísima validez internacional a través de un lenguaje que en el caso de este ensamble “propone tensiones dialécticas (clásico – popular, escritura – tradición oral) combinando junto al folclore y el tango, estilos y recursos propios de la música clásica contemporánea, como también del jazz”.

La experiencia de la audición de este trabajo nos regala una valiosa inscripción para asomarnos a un interesante fragmento del universo de búsqueda, experimentación y reinvención que hoy por hoy marcan el desempeño de las músicas nacionales en Latinoamérica  a través de los procedimientos y conceptos que componen el amplio registro de las músicas contemporáneas, en las que lo folclórico, lo clásico y el jazz dialogan en clave postmoderna.

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¡Complacencia, complacencia!

Los Gaiteros de San Jacinto en Barcelona

Escribir permite convertir en extraordinario lo ordinario. Pero cuando la realidad es absolutamente descomunal, no hay más remedio que recordarla con la humildad, de la infinita gratitud.

Por: Alfredo Cohen

Antes de salir de mi apartamento, me dieron un abrazo fuerte y honesto, como esta historia. Les puse cara de varón, cerré la puerta y me acomodé el sombrero que duró en mi cabeza muchas horas más, hasta que por fin pude dormir, aún sin entender muy bien lo que había pasado.

Si ese sombrero hablara y mantuviera retenido todo lo vivido, tal vez lo podría contar mejor, porque encaramado en la prodigiosa cabeza del maestro Rafa Castro, no se perdió una sola conversación, un solo ron, un solo trasnocho, una sola angustia, una sola sonrisa. Ese sombrero lo conocí el día que conocí a su dueño, veinte noches atrás, en un concierto que difícilmente olvidaré.

Aquel jueves de noviembre, recorría Barcelona subido a una de esas serpientes mecánicas que la atraviesan, repleta de historias. Estaba leyendo el último libro de García Márquez, en el cual se refería a América Latina, como “esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda”. Pocos minutos más tarde lo estaba comprobando junto con 400 personas de variadas nacionalidades que de pie, emocionadas, aplaudían sin parar a 6 hombres que armados con dos gaitas, una tambora, un llamador, un acordeón y una hermosa voz, habían estremecido el elegante auditorio del Caixa Forum.

Si ese sombrero hablara, hubiese explicado ese mismo día que el placer de escuchar a Los Gaiteros de San Jacinto, se lo debíamos a un politiquero de esos que abundan en Colombia y que hacen lo que sea por conseguir un puesto diplomático. ¡Pero qué va! Ese sombrero no habla y en todo caso ¿quién le haría caso a un sombrero?

Nos fuimos alucinados, confundidos, sin saber exactamente lo que había pasado. Jess, -mi amiga, mi novia y mi socia- aún temblaba de la emoción por haber bailado con Los Gaiteros en su propio escenario, a pesar de un reciente esguince de rodilla que días atrás no la dejaba caminar. Yo, había podido grabarlos en video durante dos horas sin perder el pulso, a pesar de estar erizado de pies a cabeza y sufrir una especie de taquicardia leve y prolongada.

 Era extraño, habían pasado más de 10 días desde el inolvidable concierto cuando nos enteramos que Los Gaiteros continuaban en tierras catalanas y que, como si fuera poco, harían otro concierto en un lugar mucho más pequeño. La Biblioteca de Horta-Ginardó, un espacio no diseñado para fiestas, pero que un grupo de jóvenes colombianos han logrado arrebatarle a las duras leyes de la ciudad, hasta convertirlo en un punto de encuentro para los amantes de la música bailable.

Lo que pasó ahí no tiene forma de ser explicado. El concierto, como es natural en las fiestas del Caribe colombiano, se volvió participativo, todos disfrutaban, algunos lloraban. Los músicos bailaron, los asistentes cantaron, los extranjeros se convirtieron en locales y los locales en extranjeros. Estábamos sobreexcitados, todos enamorados de todas y todas de todos. Felices de ser lo que somos, orgullosos de nuestro origen mixto, impuro, plural. Quienes estaban interesados en nuestra cultura llegaron a su núcleo y confesaron que ya no podrán escapar jamás. Un Vasco sacó un saxofón y acompañó el vallenato. Alguien pidió un porro y los maestros tocaron dos. Las cervezas se reprodujeron como los panes de Jesucristo pero no hicieron ningún efecto. Casi a las ocho de la mañana terminamos borrachos de poesía y melancolía. La administradora del espacio –con permiso hasta las tres- estaba dispuesta a enfrentar a la policía si llegaba y nosotros a ir a la cárcel y seguir ahí la parranda, los años que nos condenaran. No seríamos los primeros, ya hace medio siglo que un alcalde de San Jacinto prohibió esta música, por ser “perturbadora de la tranquilidad”.

Parecía un chiste, estábamos despidiéndonos en la estación del metro Alfons X, de los sobrinos, hijos y compadres de algunos de los más importantes músicos de nuestra historia, estábamos literalmente abrazados a nuestro folklore. Al día siguiente, al despertar, aún atontados por lo ocurrido, nos sentamos a comer y a pensar muy seriamente, dónde llevar a los Gaiteros para celebrar el 7 de Diciembre, día de la constitución española y de las tradicionales velitas, en la región Caribe colombiana.

 Alexander Tafache nació en Barranquilla y con esfuerzo sacó adelante su carrera de medicina, se casó con Sara, su odontóloga, y tuvo 4 hijos. Hace 24 años llegó a Barcelona y hace cuatro regresó por primera vez a su país. Casi se muere del susto y la emoción. “Lo único que no ha cambiado es el espíritu de la gente, la manera de vacilar, de mamar gallo, de hacerte reír. Pero sobretodo, la forma de bailar nuestra música”, me dijo alguna vez.

Cuando se enteró que Los Gaiteros de San Jacinto se presentaban en el Caixa Forum, canceló las cirugías plásticas que tenía programadas y le pidió a Sara que hiciera lo mismo con sus pacientes. Ella accedió dichosa y los invitó también a ellos a ver el espectáculo, no sin antes confirmar asistencias por correo electrónico. Ninguno pudo entrar, el aforo era limitado y la falta de organización del Consulado era evidente. Al menos 60 butacas fueron reservadas para el político que los había traído a la ciudad y para sus amigos. Por un momento me  sentí en la finca de un traqueto.

Lo que no se esperaban Alex y Sara, es que 12 días más tarde los llamáramos a decirles que podíamos llevar a Los Gaiteros de San Jacinto a su propia casa de Corbera de Llobregat, a media hora de Barcelona.  Aceptó sin dudarlo y en un día y medio, compramos los elementos para el respectivo sancocho, llamamos a los amigos y amigas y cada uno se presentó con una botella de ron.

Pronuncié unas cuantas palabras para presentar a Los Gaiteros. Era un verdadero honor y placer; el aguinaldo inesperado. Era tener al lado a quienes nos enseñaron a bailar, aquí, en nuestra nueva casa, a nueve mil kilómetros de nuestra casa de siempre.

Lo que encarnaban esos 6 tipos aquella noche y lo que siguieron recordándonos después, era nada más y nada menos que nuestra manera de ser y de estar, de viajar y de vivir. Nuestra educación, nuestra comida, nuestros paisajes, nuestro clima, lo más profundo de nuestras tradiciones y saberes. Buena parte de nuestra esencia tiene que ver con esa música de gaitas, flautas y cueros amarrados a la madera.

Una sueca, impactada con la algarabía, me preguntaba cómo era posible que los jóvenes colombianos se supieran las letras de las canciones folclóricas. Era difícil explicárselo en ese momento, no solo cantábamos, bailábamos y saltábamos, también las lágrimas se querían salir de los ojos y el corazón del pecho. Ni las papitas, ni las tostaditas, ni los doritos pasaban por la garganta, solo los tragos de ron y aguardiente podían apaciguar el delirio. Le pregunté a la sueca si en su país los jóvenes no se sentían atraídos por su música típica y me confesó con vergüenza que el folklore sueco solo lo conocen algunos turistas necios que les da por ir a su encuentro.

Reconfirmé que lo que tienen los suecos y suizos en los bancos nosotros lo llevamos en el alma. Que la riqueza y el desarrollo no pueden seguir siendo medidos únicamente en términos materiales, que no me hubiese gustado haber nacido en ninguna otra parte y que la inutilidad de mi pasaporte será por siempre compensada con la silueta de la Sierra Nevada, las bocas rojas del Son de Negro o un mote de queso hecho con leña, en cualquier finca de la sabana.

Aquella noche, encaramado en aquella casa de aquella montaña catalana, redescubrí que nuestros cerebros han almacenado mucho material sonoro, muchas letras y melodías. Reconfirmé que lo que tienen los suecos y suizos en los bancos nosotros lo llevamos en el alma. Que la riqueza y el desarrollo no pueden seguir siendo medidos únicamente en términos materiales, que no me hubiese gustado haber nacido en ninguna otra parte y que la inutilidad de mi pasaporte será por siempre compensada con la silueta de la Sierra Nevada, las bocas rojas del Son de Negro o un mote de queso hecho con leña, en cualquier finca de la sabana.

Casi me trasquilan como manda la tradición, la emoción me impidió medir los tragos e intenté beber a la par de los maestros, hombres alimentados con sobredosis de yuca y licor. Por supuesto no lo logré, un par de horas después, cuando desperté, el sol había salido, pero la temperatura no subía de los cinco grados. Todo seguía siendo surrealista: Dionisio, había amarrado el cordón de un zapato a su gaita hembra e intentaba pescar desde el andén, un sombrero vueltiao que había caído al interior de una casa vecina, custodiada por un doberman inmenso. El regreso a Barcelona fue en un bus repleto de gente local que no entendía nada. Rafa entonaba, a capella, versos preciosos llenos de melancolía. Eran cumbias, vallenatos y porros, canciones enteras, una tras otra, como si la parranda de las últimas 6 horas, nunca hubiese sucedido.

Ya en el metro, cerca de casa, a las once de la mañana, advertí que me podían motilar de una vez, pues no aguantaba el sueño. En ese momento entramos a un ascensor y la máquina nos habló en catalán: “Obrint Porta” con lo que Dionisio les advirtió a los compañeros: “Pilas! Súbanse que no importa!” Así,  mis amigos del alma en Barcelona y Los Gaiteros de San Jacinto, siguieron la parranda unas doce horitas más, comprando y mareando al chino de la tienda de la esquina quien después de haber repuesto dos veces la nevera para venderles 56 litros de cerveza, se cabreó y les dijo: “Amigos, ¿las pueden dejar enfriar un poquito?”

 Rafael Castro se hizo músico antes de nacer. Las gaitas sonaron en su casa cada día, desde que su papá enamoró a su mamá con tonadas sencillas que componía mientras arriaba el ganado.

Hizo solo la primaria y por poco no aprende a leer ni a escribir, “yo no soy letrado” me confiesa mientras se sirve otra fría. “Pero eso sí, no soy bruto… aprendí a distinguir lo bueno de lo malo, es la universidad de la vida, como dicen”

Yo con mis dos postgrados, no se bien qué decir, después de varios días de parranda, no solo le creo, siento que estoy sentado junto a un sabio. Un hombre noble que ha vivido la vida que ha podido, pero sobretodo como ha querido. Padre de ocho, hecho y derecho,  puede combinar su abrumador talento con la inocencia de un niño. Un tipo bajito y canoso, que no genera compasión sino respeto, que habla con metáforas y saluda con abrazos, que puede insultarte con una sonrisa y pararte todos los pelos con la potencia de su voz. “Yo calculo que he compuesto más de 500 canciones. A veces cuando pienso en eso, me pongo a escribir los títulos para que no se me olviden y a veces, ya ni de los títulos me acuerdo.”- me lo cuenta con mucho más pesar que arrogancia.

El maestro Rafa empezó a cantar cuando era un niño y la música de gaitas empezó a tener letras gracias a Toño Fernández. Él fue quién la inmortalizó. Antes la gente tocaba mucho, sobre todo en ruedas de gaitas en las afueras del pueblo, en las que alrededor de una fogata se bailaba hasta el amanecer. Sin embargo, las hermosas composiciones se perdían, por eso cuando Toño le puso la letra y los hermanos Lara su tambor, toda la región se las aprendió. Años después, en la década de los cincuenta, cuenta la historia que el investigador e historiador Manuel Zapata Olivella, preparó la primera gira internacional, que los llevó por toda Europa, hasta Rusia. Lo que no cuenta la historia pero que si me cuenta Orlando Yépez, quien no suelta su gaita macho de la mano izquierda y el vaso con cerveza de la derecha, es que “ese viaje

como que también fue un mierdero, parece que se mamaron la plata y no tenían como regresar, dicen que Zapata Olivella y la hermana, tumbaban a los viejitos”

Esta es la segunda parranda en la que amanecemos, después de un cuarto concierto improvisado, organizado a la carrera para recaudar los fondos necesarios. Mientras todos discuten sobre si ellos son la quinta o la sexta generación, Dimedes Díaz es entrevistado en la pantalla del Youtube por Ernesto Mc Causland y Francisco Lara regresa de la cocina, abrazando otra botella de cerveza de litro y medio. Ya suman 48 de esas y 21 horas bebiendo. Yo he regresado hace solo dos, para ayudar con el “problema”. Horas antes había estado ahí la mamá de Darío, dueña de la casa, quien se sentó espantada al ver tanta botella vacía y se fue encantada después de tres versos de Rafa.

Héctor pide otra complacencia musical y Francis se sirve otra vez el vaso para decirme: “Vea compa, el día que se murió mi abuelo, yo estaba como enmudecido. Estábamos en Barranquilla en un toque. Cuando terminamos la presentación me lo dijeron y salimos en una camioneta a las 11 de la noche pa San Jacinto. Yo vi al viejo ahí y no dije nada. La gente me hablaba y me abrazaba, la gente lloraba y yo no decía nada. El era como mi papá compa, lo que él me enseñó no me lo enseñó nadie.” Yo le miro la cara a Rafa, a Dionisio, a Orlando y los demás. Todos están sobrecogidos. A Francis, quien tarbaja con una ONG en San Jacinto y le enseña música a niños desplazados por la violencia, ahora se le quiebra la voz y yo me zampo un trago largo de Xibeca, la cerveza local. “Yo solo se que ese día toqué el tambor igualito a él. Todo el mundo me lo dijo y yo lo sentí. Como si fuera él quien estuviera tocando. El me dijo: mijo, usted va a tocar mejor que yo, usted es el hombre. Y nos encerrábamos durante horas. Él frente a mi, él con su tambor y yo con el mío. Después de esas clases compa, yo no necesité de más. El me lo enseñó todo. Después de las clases me abrazaba, me daba un beso y solo decía: usted es el hombre.” – Lectores y lectoras, yo sí le creo, no solo porque Francis Lara hay

a sido percusionista de las mejores agrupaciones del país, si no porque una noche de estas, frente a todos, se quedó dormido y siguió tocando el tambor.

Rafa recuerda perfectamente cuando compuso las primeras canciones. Recuerda sobre todo, la frustración que sentía al no poder declamárselas a la hembra de sus ojos. A ella la veía cada tarde, de cuatro a cinco, pero los separaba en cada visita el voluminoso cuerpo de su futura suegra. Una vez, cansado de las tortuosas citas que se habían extendido durante más de un año, le mandó un papelito con un mensaje escueto y contundente: “Nos vemos en la plaza de mercado, este sábado por la mañana” Allá llegó su novia, empapada por un tremendo aguacero que la ayudó a escapar entre la soledad del barrio. Rafa la abrazó, le estampilló un beso y la haló por el brazo calle arriba, hasta que un arroyo de más de un metro se les atravesó en el camino. Entonces no lo dudó, no podía poner en riesgo la futura madre de sus nueve hijos. Se la subió en los hombros y se agarró de la cuerda que colgaban los habitantes para cruzar, cuando el caudal estaba demasiado peligroso. La corriente, con palos,

matas y piedras le arañó hasta las orejas, pero logró llegar a la casa de su tío Enrique, quien le abrió la puerta exclamando: “¡Mierda mijo! entra que estás empapado!” a lo que Rafa contestó sin vergüenza:  “Pero si me prestas un cuarto porque me robé a esta mujé”. El tío Enrique, orgulloso, le prestó su propia habitación a los enamorados.

“¿Cuántos años tenías?, Rafa” le pregunto mientras abro la botella número 50.  “No hay cosa más linda que tener por primera vez a la mujer de uno así, solo pa uno” me responde y se le pierde la mirada en los recuerdos, como si estuviera ahí empapado en el bochorno del  aguacero sanjacintero y no aquí con este hijuemadre frío de invierno, a 10 mil kilómetros de distancia, 39 años más tarde. “¿Que cuántos años tenías?, Rafa” le vuelvo a preguntar. “Yo tenía 18 años y ella 14” – levanta el vaso y grita: “¡Por mi mujer!” Todos brindamos sin remedio.

Gabriel Torregrosa fue uno de los tamborareos más grandes de la región y del país. Su hijo no solo le heredó el talento y el oído, también la diabetes y la hipertensión, el entusiasmo por la vida, la amabilidad y el amor por su cultura. El padre le enseñó al hijo a tocar la tambora, pero el también le hala a las maracas, la gaita, el millo, el llamador. El papá le enseñó al hijo a fabricar artesanías, pero el aprendió solito a mirar más allá del horizonte. Gabriel, el hijo, el que tuve el placer de conocer, el que me hizo maravillarme con su música, suspirar con su humildad, ilusionarme con su valentía, es un gaitero raro, no le gusta el ron y no piensa mucho en la parranda. Tal vez porque ya ha vivido demasiadas y porque sabe que sin responsabilidad y disciplina nunca podrá construir la empresa que quiere, la que siempre quiso su padre. Su sueño no es tocar toda la vida, ni siquiera vivir de eso, ni volverse millonario. No lo desvelan los premios Grammy, aunque el que tiene, lo llena de orgullo. Su sueño es hacer de la música su lenguaje y con ese lenguaje decirle al mundo que San Jacinto existe y que la riqueza y belleza del Caribe colombiano es más grande que sus sabanas, su sierra y su mar.

Gabriel es el culpable de que Los Gaiteros de San Jacinto hayan pasado estas navidades en Barcelona. El avión que los llevó de Bogotá a París se regresó sin ellos, porque a Torregrosa en su empeño por conseguir una platica extra, le dio por creerle a un político que les ofreció el concierto del Caixa Forum para el Consulado de Colombia en Barcelona. Ya todos saben lo que pasa cuando un político colombiano ofrece un concierto. Cultura y política en Colombia parecen palabras opuestas. Ahí la idea institucional de la cultura, se convierte en moneda de cambio para un puesto, para un chanchullo, para ayudar al amigo del amigo a robar más, para sacar del país, gente, drogas, contrabando, en fin, para empobrecer más a los habitantes de pueblos ricos en tradiciones y recursos naturales como San Jacinto, pero carentes de instituciones e infraestructuras. La culpa es del político, pero Gabriel la asumió ante sus compañeros. Al fin y al cabo el también es el culpable de los conciertos en Colombia. El culpable de los contratos y las entraditas extras de billete. El culpable de las buenas ideas y de las cuentas claras. El culpable de la gira que hicieron el verano pasado por cinco países europeos y por Marruecos, y el culpable de que se repita el próximo verano. Él los levanta, les quita el ron de las manos cuando hace falta, les dice cuándo y dónde hay que tocar, ellos… siempre han sabido cómo hacerlo.

Cuando me contó el resto de la historia y el por qué estaban abandonados de este lado del charco sin poder volver, también me sentí estafado. Estafado por esa patria basta e injusta que amo con locura. Me sentí otra vez, parte de esa estafa permanente de la que hemos sido todos víctimas y cómplices. Otra vez me vi, frente ese país que se desgarra por dentro mientras se estafa a si mismo. Ese país que nos enamora y nos hace cada día, más sensibles y más salvajes. Ese país en el que a unos pocos solo les toca bailar, a otros pocos sacar el agua de sus casas inundadas, y a la mayoría, hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Tal vez pensando en eso, escuché nuevamente y con detenimiento sus canciones, intentando ubicar aquel país de mierda en el que el fin justifica los medios, ese del todos contra todos, el de pendejo el último… pero solo encontré letras llenas de ternura, alegría, belleza, fuerza, bondad, sueños, gratitud y amor. Quizá por eso, y porque al final fueron más importantes los muchos momentos de risa que los pocos de preocupación. Porque valen más las tres canciones entonadas el 25 de Diciembre a las once de la mañana en la sala de mi casa, que las 5 lágrimas desesperadas del 24 por la noche. Por todo eso y porque un disco de acetato de sus viejos, animó la fiesta de mi nacimiento en una noche de Guacherna, fue que los últimos días del 2010 los dediqué a ayudar a los Gaiteros para que regresaran y pasaran el fin de año con sus familias. Porque sé lo que eso vale, cuando se fueron de mi apartamento, no me importó que Rafa me cobrara 30 euros por su sombrero, que Dionisio hubiese perdido un trabajo por andar bebiendo con su compadre, que Orlando fuera tan flojo como cuentan o las miles de teorías que giran alrededor del famoso premio Grammy que los hizo pelear.

Hoy, casi un mes después, las historias tristes que conocí son infinitamente menores a los buenos recuerdos de esta experiencia que aún me parece mentira. En repetidas ocasiones, le dije a Marivic, nuestra amiga catalana, que había llegado al núcleo de nuestra cultura y que ya no podría escapar. Ahora entiendo que me lo decía a mi mismo. Hoy, se que no me interesa irme de ahí, de ahí de donde vengo, no me interesa salir de donde nunca he salido. Porque siento que el problema no es estar aquí y allá, el problema es no estar en ningún lado y mientras Los Gaiteros aterrizaban a las 4 de la tarde en el aeropuerto el Dorado de Bogotá, el 31 de Diciembre, yo antes de salir para una fiesta local, alisté las 12 uvas con La Maestranza por Internet, el sombrero bien alón y la certeza de que todo tiempo futuro, será mejor.

Bitácora personal, Sept. 9

Diario de Barranquijazz III

AFUERA

La Bandita. Juan Carlos Lazzo, joven percusionista que empezó incursionando en el latin jazz con su grupo Cucurucho Jazz Band con el que ganó en varias ocasiones la convocatoria de grupos locales y regionales de Barranquijazz y logró reconocidas participaciones en diversos eventos musicales de la ciudad y la región, replanteó ahora su propuesta y la llamó La Bandita, en la misma linea del latin jazz pero con nueva organología y nuevo repertorio, y con ella se hizo acreedor al primer premio del Barranquijazz de grupos locales y regionales en esta versión 2011. En lo que a mí respecta prefiero el concepto de La Bandita y esa fue la impresión que tuve cuando se presentó en el pasado Festival de Música Interactiva de la Uiversidad del Norte. Y esa preferencia se me ratificó en su presentación del viernes en la apertura del  segundo día del Barranquijazz a la calle.  Podríamos decir que parte de su característica más notoria es la fuerza que le aportan a sus interpretaciones los tres metales (saxo, trombón y trompeta) en un formato de septeto latino bien ensamblado y con un mejor concepto de repertorio. Me agradó y lo considero un excelente gesto que hubiesen elegido para esta presentación un par de piezas del disco Secrets de los muchachos de Latin Sampling. Bien por Lazo.

Ignasi Terraza. Precedido de una bien merecida fama llegó a Barranquijazz este pianista catalán de jazz que hace parte, al lado de su coterráneo el gran Tete Montoliú, de ese raro Olimpo de pianistas ciegos en el que están reunidos para la historia Art Tatum, Lenny Tristano, George Shering, Ray Charles y Marcus Roberts. Daba gusto estar esa tarde en los jardines del Amira de la Rosa escuchando un música amable y transparente marcada especialmente por la virtud del swing producida por uno de los formatos más prestigiosos y exigentes del jazz: el trío. En él Terraza es un dínamo que se pasea con enorme soltura por estilos y escuelas desde una base pianística muy personal en la que se mueven en perfecto equilibrio corrientes altamente inspiradas de melodías y armonías que, pienso, son las responsables de su exitoso contacto con el público. Sin embargo hay también en un su música un gran intimismo al que le haría muy bien una sala cubierta como la del Amira.

Pero estábamos en el disfrute de esa música cuando se abrieron los cielos en lluvia  y todos tuvimos que correr a refugiarnos en las pocas carpas disponibles. Por suerte todo aquello fue prácticamente al final de un concierto del que ya habíamos aprovechado buena parte y lo mejor y así no hubo frustración. En definitiva un trío que debería repetir en Barranquijazz más temprano que tarde.

Luigi Cinque. Podría decirse que de los músicos europeos de jazz o de música contemporánea, los que conozco, son probablemente los más empeñados a la experimentación y a la utilización de cintas pregrabadas y de secuenciadores para sus presentaciones públicas. Luigi Cinque llegó de Roma acompañado de un buen pianista y de tres computadores, pero no le vimos (ni exhibió) sus dotes de multi-instrumentista y de gran compositor y de hombre neo-renacentista. Todas sus interpretaciones (salvo una sola con el clarinete) fueron hechas con el saxo soprano y resultaron repetitivas y limitadas sin importar cuál fuera la base rítmica que estuviera sonando pregrabada, ni cuáles las variaciones y recursos que estuviera realizando el pianista. A mi me resultó una propuesta un poco confusa que no permitió ver cuál era el fondo de su idea musical. Con todo, es muy importante que desde la programación
musical de festival se promuevan estas propuestas, digamos alternativas, como ha ocurrido con éxito en el pasado con casos como el de Erb Gut & Peter Schärley, por ejemplo, que ayudan sin duda a ampliar los marcos referenciales de nuestro público.

ADENTRO

Diego El Cigala y su grupo. Gran espectáculo este de Diego el Cigala. Su voz, su temperamento, su presencia escénica y ante todo la calidad de sus interpretaciones harán siempre de sus presentaciones una experiencia digna de agradecimiento y memoria. Con un formato igual al de su primera presentación en este festival en 2007, más violín, este heredero progresivo de Camarón de la Isla cantó primero una selección de tangos de su más reciente producción y luego una selección de su viejo  disco  de boleros con Bebo Valdés, repertorio que, aunque muchos sabíamos previsible, el genio de este gitano entregó como si fuera algo nuevo, con  matices distintos en su asunción (a pesar de tener la boca llagada por la  fiebre) secundado además por una guitarra fuertemente protagónica en su papel y  por la presencia de bellísimos solos y acotaciones de un violín muy bien  planteado, además de los magistrales acompañamientos y solos del pianista  Jumitus Calabuig y del gran bajista cubano Yelsi Heredia. Por alguna razón prefiero esta presentación a la de hace cuatro años. Me atrevo a aventurar esta razón: el espíritu desgarrado del tango le suma al dolor romántico del bolero un mood que acerca más al Cigala a la cosa jonda de su gitanía. Puede  ser.

Andrés Cepeda y su proyecto de  Bolero Jazz. 
El bolero-jazz es ya una categoría bien distinguible en la corriente del jazz latino. Yo me he atrevido a afirmar que el bolero es a la música latina lo que el blues es al jazz. Solo que además de esa equivalencia bolero y jazz han sido en años recientes sistemáticamente asumidos como una nueva tendencia en el lenguaje musical contemporáneo en la que hay ya una amplia tradición vocal e instrumental con una apreciable colección de creaciones y versiones dentro de las que podríamos mencionar cosas como las de Pacho Céspedes y Ruvalcaba, Tete Montoliú y Mayté Martín, Rubén Blades y Danilo Pérez, Paquito D’Rivera y Helena Burque, además de Reneé Barrios, Xiomara Laugart, Buika, y un larguísimo etc.
En el caso de Andrés Cepeda y su proyecto debo decir que no es posible ahorrar reconocimientos para los arreglos y los músicos que en él intervienen pero el caso es que el amor y el interés que Cepeda siente por el bolero-jazz no es para nada bien correspondido. Se nota que él quiere al bolero-jazz pero el bolero-jazz no lo quiere a él. Por eso, luego de los solos de Dahyán Díaz, y la seguridad e inspiración que deben asegurar jazzistas como el Negro Hernández y John Benitez en la batería y el contrabajo, magistrales sin atenuentes, y el respaldo de un buen pianista como el que tiene, algo sentimos que queda faltando. En su voz y en su interpretación no hay quizá las suficientes inflexiones jazzísticas para redondear la experiencia que viene envuelta en la promesa. Y si pensó que los arreglos y los músicos eran suficientes se equivocío. Su canto no logra desmarcarse de su repertorio pop que es su territorio habitual y en el que sin duda él es una figura respetable.  Así que en otra ocasión será.

Bitácora personal, Sept. 8

Diario de Barranquijazz II

AFUERA

Hay que empezar diciendo que ya este año la experiencia escénica, musical y de público en los jardines del Teatro Amira de la Rosa es definitivamente otra cosa. El ambiente y la calidad de la programación musical la pone sin más a la altura de cualquiera de los espectáculos out door de los principales festivales internacionales de jazz. Esto fue que lo vi y oí ayer.

Etnia Latin & Jazz. También hay que decir de entrada que este grupo que podríamos llamar el decano de los grupos de jazz universitario en el Caribe colombiano, y tal vez del país, es ya una institución en la ciudad y en Barranquijazz. Con él tuve la oportunidad histórica de viajar en compañía de su director Eduardo Valencia al Festival de Música Estiva de Montevarchi (Italia) hace más de diez años por invitación del director musical de ese evento el guitarrista clásico Gonzalo Solari. Era otra plantilla en ese entonces, por supuesto. Este es el único grupo que ha  participado religiosamente en todas las convocatorias del concurso de grupos locales y regionales de Barranquijazz desde sus inicios hace 13 años y en esta versión 2011 logró su mejor presentación de esa trayectoria adjudicándose el segundo lugar, calidad y disposición que ratificó ayer en la apertura del Barranquijazz a la calle tocando con más soltura, menos tensión y mayor propiedad que en el concurso, y desde luego con mejores resultados.

Debora Carter y su cuarteto. Norteamericana radicada por 15 años en España y ahora residente en Holanda, razón por la cual habla un español de muy simpático acento que, junto a sus estupendas condiciones vocales e interpretativas y un extraordinario encanto personal, le sirvió para conectarse de extraordinaria manera con el público. Destaco muy especialmente la versión e interpretación vocal de temas clásicos del jazz como Moanin’, Lullaby of Birland, Don’t get  around much any more, Round Midnight, de otros clásicos como  Can’t buy me love y Yesterday de The Beatles, temas en los que demostró un pleno dominio del canto jazzístico, conocimiento de la tradición de las grandes cantantes de jazz y poseedora de un sello personal en su fraseo scat acompañada de un grupo de músicos perfectamente conectado con ella. La gran sorpresa fue que se sentó al piano para hacer una delicadísima versión del tema Pueblito viejo del maestro Jose A. Morales, gesto que fue suficiente para cerrar gratamente lo que ya había logrado: una presentación para la memoria.

Christian Renz y sus amigos. Este joven barranquillero radicado hoy en Alemania, pianista y compositor aventajado en terrenos de lo clásico, el jazz y lo popular vino este año a Barranquijazz con dos amigos alemanes y otro colombiano bajo el nombre de Felix Behrendt & Christian Renz Quartet para dejar una estupenda impresión del trabajo que ha estado haciendo desde hace varios años en Europa. El ex pianista del grupo colombiano Latin Sampling con el que se inició en Barranquilla a finales de los años 90, dio muestras de una gran experiencia y madurez entregando un repertorio propio y de sus dos amigos europeos en el que es notoria la pretensión y el logro de una mezcla que quiere poner a dialogar, controvertir y sintetizar dos maneras de expresar lo jazzístico: lo europeo y lo latino, labor para la cual no hay duda que Renz tiene tanto la información genética y cultural como el bagaje técnico y el conocimiento. Luego de un tema inicial acusado de timidez e inseguridad la cosa pasó a mayores a partir de una extraordinaria composición del bajista Behrendt y más tarde con otro pieza del baterista Kolvenbach y otra de Renz que marcaron muy seriamente el carácter de una música sin lenguaje predecible, difícil, entrecruzado de ideas, intelectual y musicalmente sorpresivo. Hasta cuando se fue la luz en el área del teatro y Renz intentó entretener la llama en el público tocando prácticamente en silencio. Regresó el fluido eléctrico y el cuarteto cerró con un tema vibrante en el que volvió a brillar el grupo colectiva e individualmente.

ADENTRO

Terence Blanchard Quartet. En fuerza, en importancia y dimensión se me antoja analogar este concierto con el de John Faddis el año anterior. Sin embargo, este de Terence Blanchard tenía cierto halo misterioso e impredecible; algo que venía desde el piano en manos de un joven cubano, Fabián Almazán, auténtica revelación internacional, le imprimió al concierto de Blanchard un ello verdaderamente especial. Algo lo hacía recordar a veces al pianista brasilero Egberto Gismonti, que no era precisamente la manera de llevar su pelo. Otras veces parecía remitir no muy claramente a cierto Keith Jarret. De todas formas lo que quiero decir es que al lado, más allá y más acá de la genialidad del trompetista, del gran discurso del saxo y de un baterista ciertamente de prodigio, Almazán llamó poderosamente  la atención por su estilo y por su música.

Blanchard, por su parte, con una trompeta como de oro sólido, que vale oro por lo que de ella se escucha, muy parecida a la de su amigo y mentor Marsalis, demostró su genialidad fuera de toda consideración, en la calidad de sus ideas jazzísticas, en la administración de su liderazgo, en la posesión de un sonido absolutamente puro, en el desarrollo de un discurso que era reconociblemente re-bop (como lo definiera Marsalis), a veces, en el que la vertiginosidad de la digitación y las ideas descansaba en un remanso lírico que nos devolvía el alma al cuerpo y pasaba luego a nuevos
ámbitos de la improvisación.

Cuando se acabe el mundo seguramente se recordará este concierto de Blanchard en Barranquilla.

Oscar Hernández & Seis del Solar. Debo decir que tengo una larga tradición de sufrimientos con las segundas partes en Barranquijazz. Que cuando hay dos grandes cosas en una misma noche, en un mismo lugar, en un mismo escenario casi siempre pierde el último que toca porque el primero se lleva la mejor parte espiritual del público. Anoche fue distinto. La gente de Seis del Solar trajo una propuesta muy bien montada y muy redonda que logró hacer recargar en el público numeroso del Amira las energías para asumir una descarga constante de excelente latin jazz que tiene un fundamento monstruoso en una de las secciones rítmicas más consolidadas que se conozcan: el baterista Robert Ameen, el conguero Paoli Mejías, el timbalero Ralph Irrizarri y el bajista Rubén Rodríguez. Nada de ruido. Una maravillosa polirritmia perfectamente desplegada para que Oscar Hernández y Bobby Franseschini terminen de poner a ese edificio las puertas y ventanas, agua y luz, la cocina y la cama, el aire y el deseo para quedarse allí viviendo, como anoche, que hubiéramos podido seguir allí haciendo parte del solar de estos seis tipos. Y para entrar en polémica habría que decir que habiendo tenido en la historia de Barranquijazz congueros de la altura de Aguabella, Patato, Tata Güines, Hidalgo, Richie Flores y Samuel Torres, entre otros grandes, a mi juicio jamás habíamos visto un fenómeno como Paoli Mejías.

Bitácora Personal

Diario de Barranquijazz I

Por Miguel Iriarte

Noche inaugural. Primera parte. Joao
Donato y su cuarteto.

Este año la cuota de la música brasilera en Barranquijazz corrió a cargo de esta primerísima figura que es un gran músico veterano de muchas batallas en muy diferentes contextos. Pianista solvente, trombonista exquisito, compositor y arreglista, entre otros méritos, la primera parte de su concierto, los cinco primeros temas, tal vez, rigurosamente inscritos en ese bossa sofisticado que es fiel a una estética considerada ya como una especie de tesoro universal de la música contemporánea, constituyeron un indudable deleite pero sin mayores sobresaltos ni sorpresas, casi planos. La cosa se quiebra para mejor con la invitación que hace Donato al joven y brillante trompetista cubano Michael González quien con sus solos inteligentes y perfectos, de clara extracción cubana, le dieron una arista latina de otro color al tema entre manos y creó una sana expectativa y mayor calor en la audiencia que subió a la total delicia con la aparición en escena de Justo Almario como nuevo invitado. Justo, siempre en total control de su sonido y su sentir, provocó un nuevo estremecimiento que puso a vibrar la lámina de la noche hasta que apareció de nuevo la trompeta de González para darle al concierto la certeza de una muy buena experiencia. Uno que ha disfrutado tanto al Donato trombonista tuvo en todo momento la ilusión de que, en tratándose de invitados, no apareciera un pianista de la tras escena que le permitiera armar un trío de vientos para cerrar con González en la trompeta, Almario en el saxo y él en el trombón. Pero como uno no es el que está allá arriba. Aunque lo hubiéramos podido sugerir con suave gritico desde la sala.
Pero no fue.

Segunda parte. Atlántico Big Band. 

Como ya lo he dicho en varias ocasiones, a mí todavía me parece mentira que nosotros podamos contar en nuestra región con una verdad sonora de estas proporciones. Una realidad que tiene un solo músculo sensible a pesar de muchos otros tendones importantes: su creador y director, el maestro Guillermo Carbó, alguien con conocimiento, experticia y talante de buen director. Cosas que creo no admiten discusión. Quienes hemos tenido la oportunidad de conocer y escuchar en vivo algunas big bands de jazz contemporáneas, formato para el cual existe una muy completa y compleja literatura musical que ha redefinido desde los años 70 el sonido y el concepto de esta música, sabemos lo que puede significar un esfuerzo de esta clase por parte de un gran director barranquillero especialmente cuando se trata de
trabajar con un recurso humano en el que si bien concurren algunos de los mejores atriles de nuestra música popular, también es cierto que se enfrenta a un déficit de experiencia jazzística que seguramente hay que suplir con grandes dosis de concentración, disciplina y estudio dadas las exigencias que plantea un repertorio como el aludido. Hay quienes quisieran que hubiera en su repertorio alguna cosa de esas de Armando Romeu, Pedro Somavilla, Dizzy Gillespie, Gil Fuller, Quincy Jones, Chico O’Farrill, Bebo Valdés, Lucho Bermúdez, Pacho Galán. Cosas quizá más fáciles para el público. Pero yo prefiero que siga con autores y con lenguajes como los que se ha planteado el maestro Carbó. Por ahora.

Pues lo de anoche en Barranquijazz fue sencillamente extraordinario en el sentido más literal del término. Tocando un repertorio sin concesiones a la galería, apuntalado por un gran saxofonista como Pacho Dávila en la mayoría de sus solos, con una gran calidad en sus ensambles y un gran control y tensión en sus secciones, con solos bien planteados y bien resueltos de sus saxos, sus trompetas y trombones, con esa batería siempre nerviosa, enérgica y puntual de Einar Escaff, y ese estilo autoritario, preciso y riguroso, impecable diríamos, con el que dirige el maestro Carbó, esta gran orquesta nuestra nos regaló un conmovedor espectáculo en el que tuvo su importante cuota de genialidad la presencia también de Justo Almario, así como la presentación de la cantante Zeidy Bornacelly. Así, sin más.

Barranquijazz inaugural. Un buen comienzo.

Nostalgic Vision- Bruno Böhmer Trio

Nostalgia a medias

Por Manuel Dueñas Peluffo

La nostalgia es expansiva, abrazadora. Hace parte de un título —“VolcanicAshes”— que abre un disco. Los griegos hablaron de nostos para referirse a la tristeza, a la melancolía del no retorno. La imagen traza una introspección, unas formas que miran hacia adentro. La sensación de que en el origen, en el lugar donde inició todo, apenas quedan recuerdos.

Para conjurarlo todo, Bruno Böhmer escribió esa balada (enérgica, de trazos totales).

También grabó Nostalgic Vision, un álbum que refleja muy bien ese sonido lejano, como una postal lenta y espesa, de los años ya vividos en Alemania. El paisaje —musical, conceptual— había cambiado con el tiempo: fue cada vez menos literal, cada vez menos predecible. Las influencias de Böhmer han ido imbricándose, han dejado de estar superpuestas. A partir de sus raíces, el pianista ha podido escuchar el mundo.

La vida europea trajo el tope más alto de una aventura —Latin Sampling, la banda-escuela que definió el jazz de una ciudad— y también su fin, su ocaso temporal. Para el barranquillero, era necesario también explorar otros caminos. La voz de un pianista requiere soledad, silencios, espacios. En ese sentido, la religión del quinteto tenía sus límites.

A finales de 2008, Böhmer había publicado Herencias. El trabajo suponía una mediana ruptura con todo lo anterior, y asimismo un pequeño manifiesto, una declaración de principios: el trío casi como hogar, casi como lugar en el mundo. El formato era suficientemente amplio como para mirar sus orígenes, y hacerlo desde una sana lejanía, pero exigía delimitación, riqueza de contextos. Entre ambos extremos, el resultado mostraba sobriedad y alguna madurez, aunque no estaba exento de la comodidad de lugares transitados.

Tres años después, “Static Motion” define muy bien Nostalgic Vision: otra balada de colores, de infinitos, de detalles. Las diferencias son notables: una estética más cuidada, construida más sobre texturas que sobre virtuosismo. Böhmer explora cada centímetro, cada pedazo del mundo que va creando, y lo hace con serenidad, con  una paciencia que tiene mucho de artesanía. Si el principio de la etapa alemana arrojaba algunos destellos de madurez, ahora los confirma, los expande: asoma  un estilo, un registro personal.

La prueba más fuerte, y acaso más hermosa, es “Beyond Heaven”, esa bella agonía de murmullos, de silencios, en la que Böhmer recorre la intimidad de una tristeza. Hay influencias reconocibles (Gonzalo Rubalcaba, digamos), pero también la fuerza de un fraseo particular, de unas formas que sólo le pertenecen a él. Al lado del bajista  Juan Camilo Villa y del baterista Rodrigo Villalón, Böhmer se entrega a un rito de interacción y complicidad, a la soberanía de un mundo propio.

Sin embargo, Nostalgic Vision sostiene un pecado que ya venía de Herencias: ser un disco a medias. Es decir, un registro que no logra mantener un mismo tono, una misma riqueza conceptual. El pianista canta, y el resultado es opaco, poco logrado: impostura, maquillaje, forzamiento. Las canciones (“Quiero olvidar”, “Para siempre”, “Un pajarito”, “Dame una razón”, “Cómo hacer”) son un pedazo ajeno, irremediablemente distante, del resto del álbum. El riesgo del principio (una
formidable lectura de “Fragile”, la pieza de Sting) se diluye en un lugar común.

Un gran disco, otra vez a la mitad.