Categoría: Literatura

EL DÍA EN QUE EL FUTBOL MURIÓ. UNA NOVELA DE ANDRÉS SALCEDO

Ediciones B, editorial española con creciente presencia en Colombia, acaba de publicar El día en que el fútbol  murió”, primera incursión del periodista y escritor barranquillero Andrés Salcedo en el mundo de la ficción. En apenas unas pocas semanas desde su aparición, la obra ha gozado de una amplia acogida en las principales ciudades colombianas y ha recibido elogiosos comentarios en la mayoría de los grandes medios de difusión nacionales. El siguiente es el análisis filosófico que sobre la obra ha escrito Numas Armando Gil Olivera:

EL DÍA EN QUE EL FUTBOL MURIÓ. Triunfo y tragedia de un dios
(La novela del Caribe colombiano)

Es la novela del periodista Andrés Salcedo González. Ya habita con nosotros. Y parece que nos llamara desde el estante donde está ubicada en cualquiera de las librerías colombianas.

Punto de vista formal
En su carátula figura una tumba sobre un pasto verde con paralelas rectangulares. Y en el lado superior de la tumba, está dibujado un balón de futbol con sus respectivas figuras geométricas, romboides, trapezoides y hexagonales. Símbolo que nos hace pensar que la pelota no tiene doblez.  Y más allá: el cielo azul con sus nubarrones entre colores blancos y rosados. En la contracarátula figura una frase del ya desaparecido periodista Mike Urueta. El ISBN y el código de barras nos indican que esta novela está registrada legalmente y no es pirata.
En su solapa se encuentra la foto del autor, que se nos revela con su camisa azul con flores color naranja. Detrás de la foto, un campo de fútbol de cualquier barrio popular y la breve biografía del autor. En la contrasolapa, aparecen los nombres de otros títulos de diferentes autores que han publicado sus trabajos en Ediciones B Colombia.

Desde el punto de vista del contenido
Argumentamos que esta novela es la razón de los vencidos. Está dedicada a “Hernán Peláez, el último de la estirpe”. Uno de los mejores comentaristas del fútbol colombiano. Es la novela de los fracasados, de los humillados por el poder. La renuncia de lo que se ama para regresar a su nido derrotado. La búsqueda de la mediocridad como lugar seguro. Seres de carne y hueso que con una imaginación compulsiva nos llevan a imaginar lo que en verdad nunca hemos sido.
El tiempo en la novela de Salcedo no es la condición de posibilidad de conocer como lo plantea Immanuel Kant en La Crítica de la razón pura en el siglo XVIII. O como el argumento del concepto de  tiempo relativista en Albert Einstein. Sino que el tiempo nos lo muestra el autor en el envejecimiento exuberante, devastado, escapado, donde nunca hicimos nada y nuestro rostro se envejeció.

Salcedo plantea el tiempo en el Caribe cuando nos narra el nombre original de las calles “… Caldas con San Roque… Las Flores con San Roque… Calle Santander… Barrio Chino…” etc. El tiempo se nota en las casas viejas, en decadencia, en la calle, en la esquina y en el parque Almendra.
El día en que el futbol murió nos narra una fenomenología de la percepción. Sus personajes hablan de sueños  e interrogan lo imaginario y lo irreal. Ponen en duda la realidad. Y esto significa que esta distinción ya ha sido hecha por el autor. No hay que preguntarse si se percibe verdaderamente un mundo; al contrario, hay que decir: el mundo es lo que percibimos. Quizás por eso cada uno de nosotros tarde o temprano nos convenceremos erróneamente de sentirnos felices en un lugar adonde nunca llegó el progreso sino la eterna quietud.

El autor, después de reivindicar la educación pública  en el colegio donde estudia su bachillerato hace tremenda crítica, al método y enseñanza en la educación por ser dogmática y autoritaria:

“… No lograba retener los conocimientos que le impartían, lo que le producía una confusión insoportable. Sentía, además, que lo estaban violentando, llenándole la cabeza de cosas que no tenían la menor importancia y que no le iban a servir de nada en el futuro…
–    Cuco, esto es una mierda. No pensé que el colegio me iba a aburrir.”  (Pág. 195).

En la novela de Salcedo González se palpa la presencia de Kafka cuando están todos en la mesa en la hora del almuerzo. Nos hace recordar la Carta al Padre cuando el padre de Kafka vigilaba como un dictador la forma de comer de su familia. Tenían que estar en orden y en silencio y no dejar ninguna migaja en la mesa. Podríamos decir que el padre de Zoila, uno de los personajes de Salcedo, era la medida todas las cosas en el barrio Rebolo:   “… Apúrate, entra rápido, que voy a servir la comida y mi papá ya está en la mesa esperando. Tu sabes cómo es el viejo…” (Pág. 325).

En esta novela ocurren tantas cosas como en una novela de aventuras: amor, traición, amistad, ocio, baile, matrimonio, adulterio, paseos, como a ver jugar a Júnior, enfermedades, espectáculos, asesinatos. Muchos de estos hechos son narrados desde la emoción o el recuerdo de los personajes. Es un estilo materialista. La realidad subjetiva tiene también consistencia, peso físico, igual que la objetiva. La máxima satisfacción que me produjo esta novela fue provocarme, a lo largo de la lectura.  Sus capítulos cortos no son aburridores. Al contrario, uno no quiere separarse de la narración y me mantuvo con los cinco sentidos despiertos. El tratamiento de lo sexual es uno de los más delicados. Hay una dosificación y distribución de lo erótico. El sexo está en la base de lo que ocurra. Es una clave de los conflictos. El sexo ocupa un lugar central en la novela porque lo es en la vida de todo el barrio. El órgano genital esclarece las conductas y la psicología de los personajes y es con frecuencia el combustible que mueve la intriga. Salcedo lo argumenta así “…La Muñe, por su parte, disfrutaba – y provocaba premeditadamente – la turbación que sufría Miche cada vez que la veía llegar exhibiendo el poderío de su cuerpo intimidante. La excitaba de una manera que a ella misma le sorprendía el sentirse deseada por el muchacho…
Una vez dadas las buenas tardes, comenzaba el ceremonial erótico de la Muñe. Sentada estratégicamente frente a la silla de Miche, cruzaba y descruzaba las piernas, a veces dejando que se le viera la ropa interior y sin dejar de lanzar furtivas e insinuantes miradas.  (…)  La Muñe continuaba su monólogo de gestos y miradas. Se pasaba una mano por la leonada melena, entreabría la boca jadeante, entornaba los parpados y se removía en su asiento dejándole ver a Miche, en rápida secuencia, un hombro desnudo, una axila, el nacimiento de los senos o un trozo de muslo. Sus ojos, de un verde cambiante, pasaban del remilgo infantil a la provocación erótica y cuando Miche detenía su mirada en sus pechos erguidos, toda la piel se le encendía. Entonces, la cuarentona desvergonzada le cedía el paso a una colegiala excitable y pudorosa”. (Págs. 198- 199).

También en el texto se palpa la presencia de la obra de Federico Nietzsche El crepúsculo de los ídolos:  “…Miche vio al Mono Yuya en la esquina de Paraíso con Progreso. Estaba parado en la acera, mirando alelado hacia un caserón fantasmal de dos pisos, de muros agrietados cubiertos de  hollín, separado de la calle por una alta reja de hierro…

–    Mira, Chinchurria, ahí vive Heleno, se está escondiendo de la policía, apuesto a que no lo sabías. Miche miró  hacia donde apuntaba el dedo del Mono Yuya y recordó rumores que Frieri había echado a andar no hacía mucho en el barrio. Vio, detrás de la reja, a un hombre que se paseaba en pijama por el mustio y descuidado  antejardín. Tenía la misma cabeza engominada de Heleno y hasta creyó advertir, a pesar de la distancia  y de la escasa luz del atardecer, un vendaje veteado de algo que podía ser sangre y que le cubría gran parte de la cara. Esta vez estaba seguro de que no se trataba de ningún doble del jugador. De que nunca lo había habido. Creyó ver que el hombre lo saludaba agitando una mano. Muerto de miedo, volvió a mirar para otro lado. El Mono Yuya había desaparecido.” (Págs. 216- 217).

Se sueña con el ídolo y, como en Nietzsche, la enfermedad de la sífilis hace mella en el futbolista más famoso y culto del mundo. Heleno decía que “los genios tenemos prohibido entrenar. Todo esto es una mierda, Jimmy. Los futbolistas son unos esclavos: de la gente que los manosea y les unta su mierda, de los dirigentes, que solo los ven como artículos de consumo que se compran, se usan y se botan cuando ya no sirven, de los técnicos, que son la gran farsa de este circo, de los periodistas, que comen carroña desde el desayuno, la puta que los parió. Esa es la gentuza que mueve los hilos de este negocio, Jimmy, y yo no encajo en él. El futbol es un juego indecente, agresivo y vulgar”. (Pág. 173).

Heleno se creía dios, por eso llegaron a cobrarle su tontería de otros tiempos, sus derroches y extravagancias. Pero ahora con su enfermedad que lo hacía delirar era un rey desnudo e indefenso.

El texto de Andrés Salcedo es un bello pretexto que gira entre la vida de un ídolo venido a menos por su vagabundaje en la vida y el periodo cronológico de una ciudad en formación con un potencial económico único en América Latina.

La reivindicación del vencido está presente. La inseguridad y la timidez matan al hombre. Todos están frustrados y la única respuesta al desastre es la solidaridad:  “No te aflijas, pelao, yo estoy aquí”.

NUMAS ARMANDO GIL OLIVERA
Correo: muchueloscantores@yahoo.com

Giovanni Quessep y Héctor Rojas Herazo

TRES RESEÑAS DE ADALBERTO BOLAÑO SANDOVAL

Héctor Rojas Herazo: Obra poética 1938-1995 (Poesía rescatada). Instituto Caro y Cuervo, 2004

Injusta y retardadamente

reconocido en el paisaje artístico nacional como uno de sus más insignes creadores (en poesía, narrativa y pintura), Héctor Rojas Herazo recibe el homenaje y la vindicación de recoger sus libros dispersos a lo largo de cincuenta y siete poéticos años. Para que ello fuera posible, se unieron  la tesonera  labor de Beatriz  Peña Dix, quien se ocupó de la edición, estudio y notas de los poemas del autor sucreño, y el apoyo editorial del Instituto Caro y Cuervo.

Antes de este rescate, Jorge García Usta había logrado una compilación de comentarios y críticas alrededor de la obra literaria de Rojas Herazo (Visitas al patio de Celia), y mucho después, en una labor de mucha paciencia y arqueología (aunque sean ambos términos sinónimos en este caso), publicó en dos tomos su trabajo periodístico (Vigilia de las lámparas y La magnitud de la  ofrenda), ubicándolo en el lugar correspondiente de la literatura colombiana. También había recibido el reconocimiento de contados gestores culturales del país. Editorial Norma había publicado en su ya fenecida sección de poesía Las úlceras de Adán.

Por fin, decíamos, aparecen juntos Rostro en la soledad (1952), Tránsito de Caín (1953), Desde la luz preguntan por nosotros (1956), Agresión de las formas contra el ángel (1961), Las úlceras de Adán (1995) y Siete poemas (1938-1997), estos últimos rescatados con acuciosidad en los últimos años, la mayoría de ellos escritos en 1948.

La poesía de Rojas Herazo perfila, desde sus comienzos, la luz y  la herida, pero como se observa en “Apuntes de la libreta de medusa”, de Agresión de la formas contra el ángel, esta es asumida ya con gran madurez: “Tu forma de sentarte y abrochar tus zapatos / es casi pensamiento” (236). La imagen transparente, sin embargo, adquiere, en la página siguiente, un matiz más trascendental: “Toda presencia deja una grasa eterna sobre nosotros. / Es mugre. / Toda presencia es odio”, contrapunto entre erotismo y sordidez, poesía del dicterio y el grito, la sorpresa entintada de un surrealismo macerado pero lacerante: “Oigo mi cal golpeando mi memoria /, y miro mis planetas viscerales, / Mis estrellas del llanto, / Mis climas interiores, / El ritmo y sudor de mi substancia” (243).

Lo significativo de este trabajo de Beatriz Peña Dix no se queda sólo en poner en consideración la obra poética completa del escritor sucreño y la prosa poética o poemas que aparecen traslapados en la novela Celia se pudre, sino, en además,  dar cuerpo unitario a esta obra lírica en sus diferentes motivos y variaciones, o en su ubicación biográfica. Se agrega, también, la labor de poner a dialogar en las notas de pie de página  los poemas  con la obra narrativa de Rojas Herazo así como los cambios de palabras registrados de una edición a otra. Ubicación  y pedagogía crítica que muchas veces se explaya en notas muy largas y que parecen partir de un estudio más amplio, como en el caso de  la nota aclaratoria al poema  “Walt Whitman enciende las lámparas en el comedor de nuestra casa”, pero, a pesar de ello, lo más importante es cómo  compiladora ilustra acerca de la influencia y relaciones entre estos dos creadores.

Con esta edición, se logra una versión más profunda de un Rojas Herazo cada vez más desgarrado del mundo y el cuerpo, cosmovisión dionisíaca que logra macerar un poco en Las úlceras de Adán y Candiles en la niebla, sus dos últimos poemarios, sin que estos  dejen de revelar que su obra toda representa la expresión sintética y existencialista de un autor que  penetra y muestra su humanidad como testigo menesteroso y desacralizado de la tierra. Terror, temor y temblor, un inobjetable tríada del dolor en tanto expiación, de la experiencia y de la impiedad, de la soledad y de la insumisión poética contra la muerte y el silencio.

Héctor Rojas Herazo: Candiles en la niebla. Ediciones Uninorte, 2006.

Pensado como un bellísimo homenaje donde desfilan 35 poemas y 36 dibujos del mismo autor, la Universidaddel Norte publica Candiles en la niebla, último poemario de Rojas Herazo, libro que contiene un giro lírico importante en su voz poética, y que ya  mostraba desde Las úlceras de Adán. En Candiles encontramos un Rojas Herazo más mesurado, sin que por ello dejen de restallar una vez más su conciencia poética dramatúrgica, la memoria y la preguntas para un autor que se sabe, de pronto, cerca de destinos mayores.

Balance y recorrido, en este texto la expiación, el dolor y la culpa, esta vez, se difuminan  levemente, y, acaso, a través de unos tonos menos exaltados, dan las claves de las primeras obras líricas  del autor. En el poema “Tu rostro como atónita flor  escuchando la vida” se deja sentir esa posibilidad: “Tal vez llegamos aquí únicamente para merecer esto: / Escuchar el silbo del tiempo en la casa / que es nuestro propio rumor en el rumor de nuestros muertos” (19). El poema revela una poética y su tono declarativo, si se quiere poema de amor, destaca  el fulgor de lo fenecido y lo  asocia a también a un monólogo de aceptación: “No olvides mi rostro desvalido, / el hambre de mis ojos, / ni tampoco la forma en que nutrí mi soledad / y me miré sin término / y mitigué mi sed / en la sed de tus ojos”.

Versos y metáforas cada vez más acerados sobre los interrogantes últimos, poema a poema el orden  en el libro permiten mostrar, grosso modo, decantar y reajustar, entre otros, la imagen socorrida y clásica de la rosa, que ahora se convierte en “aroma de la espina”, pero también para resaltar  un diálogo con Borges y su golem, pues, como parodia, ahora el ser humano (y la rosa) es “un triste fulgor” soñado (9).

Rojas Herazo, especialmente en los cinco primeros poemas (“Instante”, “Las mieles de la noche”, “El forastero”, “Cortejo de reyes para un rey mendigo” y “Nuevo Satán”) retorna a la empresa de la modernidad artística romántica signada por Baudelaire, encargada de reformular las correspondencias con la naturaleza. El poeta colombiano propone la invención y reconstrucción del mundo y de la lengua no solo por las almas perdidas, sino también a partir de esa misma pérdida: el  poema representa esa traslación para un lector ideal que sigue ese proceso de creación. Huella e invocación, el poema se organiza frente a nuestros ojos y el lenguaje que lo convoca no es la suma de desgarramientos y fragmentaciones de poemarios anteriores sino el tono menor de una ironía que ocupa el lugar del sarcasmo, el sueño al de la pesadilla y los ángeles o diablos son humanizados (“pastores de azufrado aliento”, “es incienso el azufre”, p. 17) y el infierno ya no arde de manera descomedida, es  ahora “luz de cielo / con leve polvo de ángeles dormidos” (42).

Pero lo que importa es que si en los primeros poemas de este libro existe un hablante casi impersonal, los poemas siguientes convocan un hablante más expuesto a expresar su existencia individual (“Tu rostro como atónita flor / escuchando la vida”, p. 18) y a convertirla en un proceso  testimonial tras las que los  motivos de la sombra y la luz  reafirman la búsqueda y la pérdida del ser y de su inocencia, del fuego que perpetúa la vida, del tiempo como juego y del suplicio de sentirse vivo.

Llaman mucho la atención poemas como “Relamiendo el despojo” y “Maquinaciones del deseo”, los cuales traslucen una exposición confesional y en los que se trasunta una dura reflexión sobre un Dios que no abandona a ese hablante que lastima “sus llagas en mis llagas abiertas” (34). Como en la mejores momentos poéticos de Rojas Herazo en otros textos, puede destacarse en Candiles en la niebla “Cataclismo para merecer la aurora”, “El ruido que nos llama entre nosotros”, “Los desplazados”, “Lamentación del campesino emasculado”, poemas de los años 1959 y 1960, en los que Rojas Herazo,  mediante diversos recursos líricos, retoma la memoria ulcerada y acude a una exaltada voz que rompe el lenguaje, repite, afirma el dolor y grita la soledad y al hijo de una madre, del campesino y de los desplazados que buscan encontrarse puros, erguidos, a pesar de culpa y los golpes, de la impiedad , el olvido histórico y la violencia que los agobia.

Los obituarios de la última parte constituyen un cierre perfecto, una palabra analítica transformada en elegía  y el desnudamiento de la máscara del poeta que se transforma en voz de los otros, desde un yo vuelto hacia su propio espejo  (“Es a mí a quien despiden / en esos obituarios. / Por mí lloran y encienden / lámparas de candor en mi recuerdo  […]” (“Obituario4”, p. 77) pero también en la crónica de sonrisa sesgada, como en “Obituario 5”: “Aparece tu nombre y tu retrato / en el rincón de siempre en el periódico. / Zutano te llamabas, / parecías, con tu misma corbata y tus ojos cansados, / alguien que había salido / a comprar chuchería al quiosco de la esquina / pero ya no volviste  […]” (p. 78).

La hermosa edición, con prólogo del también poeta Juan Manuel Roca e introducción de Rojas Herazo, permiten un acercamiento más acertado hacia sus propios y “azorados huesos”.

 

Giovanni Quessep: Poesía reunida (1968-2006). Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2007

Este excelente trabajo de recopilación de Nicanor Vélez, bajo la edición de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, permite vislumbrar, una vez más,  el rostro apolíneo de Giovanni Quessep. La publicación reúne la poesía de Quessep desde 1968 hasta el año 2006, con la novedad de incluir sus últimos poemas inéditos bajo el título Las hojas de la sibila (2004-2006). No incluye su primer poemario Después del paraíso, de1961, a petición del autor.

Quessep, siempre coherente con su poética,  deja correr la concepción del borde: irrealidad, sueño, nostalgia y memoria, el exilio (interior) y la armonía, el exilio externo de otro reino, el hechizo. Y esta armonía temática se mantiene a través de cierta dicotomía: densidad y frescura; existencialismo morigerado. La paradoja entre vida y muerte, jardín y tinieblas unidas, conviven en un abrazo dialéctico, monólogos cantados, síntesis de lo que representa la poesía: “La hora de vivir, de tener alas / sobre el abismo” (“La hora de vivir”403). Acaso en los tres últimos libros la aparición de la muerte es más constante y abierta, pero a pesar de ello, en su conjunto, se impone  su lírica solar, cantar y contar, “lo legendario y lo real”.

En el juego de las correspondencias baudelairianas con la naturaleza,  los últimos tres libros de Quessep, El aire sin estrella, (2000), Brasa lunar, (2004), y Las hojas de la sibila (2006), recogen una destacada continuidad y también nuevas propuestas a partir de diversas imágenes, metáforas y de la presentación de otras interrogaciones líricas e intertextuales. Recaba aún más en lo cotidiano atravesado por el celaje y la disolución del mito y por la influencia de Oriente y Dante cuyas  revelaciones representan constantes presencias  de  lo que perece o se difracta.

De alguna manera, en Quessep recaba aún más en la naturaleza como disolución atravesada por el celaje del mito que realiza la  experiencia intimista a través del velo del sueño antes que el de la embriaguez. Aparece, entonces,  mesura, silencios, murmullos, la duración, convocados en una página del tiempo detenido, en una invocación que gana más en precisión y claridad para nombrar el solar mitificado y la dicha poética. ¿Qué tan cerca o lejos podría estar Quessep y Rojas Herazo en sus dos o tres últimos libros? ¿Cómo afrontan la muerte, su escritura o se modifican sus motivos más dicientes?

Acerca de estos interrogantes en Quessep, el compilador Vélez no hace en su prólogo referencia alguna a estos tres últimos títulos en cuanto a estilo o temáticas, entendiéndose quizá que el poeta ha permanecido incólume. Pero, más allá de esta conformidad generalizada, de esos silencios sistemáticos o de incomunicación por parte de los editores con el prologuista, la propuesta de difundir en los dos continentes una obra tan importante, constituye un aporte meritorio, pues Quessep, más que el “obligado” “compromiso” de los poetas de su generación con la sociedad, la política, ha sabido suplir con calidad lírica, espacio poético, la inclusión del sueño y la memoria, del mito y el retorno del ser a sus lugares encantados.

‘Los Ejércitos’, de Evelio Rosero

Macondo Implosiona

Por Ernesto Gómez-Mendoza

Todos los colombianos debieran leer Los ejércitos, la novela tan premiada de Evelio Rosero, pero no veo a mis coterráneos exultando  con este comienzo:

“Y era así: en casa del brasilero las guacamayas reían todo el tiempo; yo las oía, desde el muro del huerto de mi casa, subido en la escalera, recogiendo mis naranjas, arrojándolas al gran cesto de palma; de vez en cuando sentía a las espaldas que los tres gatos me observaban, trepados casa uno en los almendros, ¿qué me decían? Nada sin entenderlos.”

El párrafo inicial es un compendio de la poética singular que espera al lector. Un extraño jardín de motivos que podriamos llamar góticos (¿no ha advertido ya un comentarista lo gótico de Rosero?), y un tropel de recursos de extrañamiento, ironía, absurdo y broma: toda una maraña en cuyas puntas se deja poco a poco  la literalidad del rol de lector. Muchos, solo en la segunda pasada por el texto, se dan cuenta de que en este párrafo el narrador informa que tres gatos han hablado y algo le han dicho que él no ha podido entender. Y así, en forma precoz, Rosero nos pone en el trabajo de construir una teoría del narrador del relato y nos sugiere que lo que sigue hay que leerlo con todas las precauciones necesarias en la escucha de una voz que encuentra obvio que sus gatos le digan cosas. No es el texto fabuloso que suscita la fogosidad lectora del colombiano, sujeto a quien sus “clásicos” tienen acostumbrado al modelo de la crónica norteamericana: detalles estratégicos que a la vez que son una nota que ancla la lectura en los presupuestos culturales compartidos de autor y lector, imponen un juego fácil de correspondencias y oposiciones

¿Este es el libro lúcido que dicen sobre nuestra infernal guerra civil?, preguntarán esos lectores. Y por culpa de esa guerra civil, (que no puede ser más que distante para un narrador cargado de años, tantos que ya oye a los gatos hablarle) que se queda corta ante la estruendosa contienda fabricada por los grupos informativos y por el Departamento de Estado, no podemos expresarnos  en modo triunfalista sobre la recepción de esta fábula enrarecida y visionaria,  que me recuerda la analogía en que Italo Calvino compara la literatura al escudo de Orfeo: un instrumento que permite ver indirectamente el mundo y prevenir visiones que pueden petrificar, o provocar un entumecimiento de la fantasía.

Este libro será una leyenda dentro de unos años. Irá reuniendo sus lectores pausadamente hasta convertirse en un clásico, en algo que, por lo pronto, parece totalmente lejano de su poética tenazmente deconstructora. Rosero adopta esta fábula “pobre” (como corresponde a un país cuyos pobres son el 70% de la suma de sus habitantes) y, como autor, renuncia en una desgarradora auto-deconstrucción a los atributos enfáticos del autor periférico internacional. La fórmula es contar todo desde la conciencia frágil y resbaladiza de un anciano que de su mocedad remota conserva el instinto de las mujeres, la voracidad de espiarlas, el voyeurismo. Un patriarca que en sus últimos días confunde el armagedón y el desmoronamiento de sus últimos motivos vitales. De contera, el fabulador sugiere lo aberrante de una guerra en cuyo intervalo dilatadísimo, los colombianos desembocan en la senilidad sin haber vivido ni un día de cese de hostilidades. Deconstruir al autor con plenos poderes mágicos para transmutar los trópicos tristes en Macondos donde las  miserias engendran divertidas parodias y carnavales cotidianos evasiones rabelesianas, es la inesperada opción de Rosero, un fabulador tan diestro que podría sin apremios fabricar clones de Macondo o Comala. ¿No será ese su más expreso pronunciamiento? Macondo como San José, el pueblo de Los Ejércitos, implosiona porque se queda sin gente y el patriarca, el decrépito narrador que oscila entre la vigila y el sueño, agoniza en medio de los fragmentos del sueño de su existencia, en una frontera que la nación colombiana no supo adoptar, integrar al relato de la modernidad, sino por el contrario condenar al destino de territorio proveedor de materias primas, de selva abierta a machete como preludio de la entrada de las empresas globales, extractoras de sus riquezas malditas. Los ejércitos que rodean a este deconstruido Macondo se disputan dichos recursos y en sus calles solo queda un viejo que pronto será un fantasma y un vuelo de palabras arrastradas por la hojarasca.

Un libro para comenzar la fiesta

‘Nelson Pinedo, El Almirante del Ritmo’

El reconocido cronista costeño Alberto Salcedo Ramos da su opinión sobre la más reciente obra de nuestro colaborador Fausto Pérez Villarreal, quien prepara un relanzamiento del libro en Nueva York.

Por Alberto Salcedo Ramos

Especial para EL HERALDO

Lo primero que destaco de ‘Nelson Pinedo, el Almirante del Ritmo’ es su  rigor en la investigación. El autor consigue todas las piezas de la historia y  las ensambla con la precisión de un relojero suizo.

En esta investigación, Fausto Pérez Villarreal está armado de paciencia y de entusiasmo, dos atributos que casi siempre se dan por descontados en los trabajos periodísticos y, sin embargo, suelen ser tan escasos como las flores más exóticas.

La paciencia es lo que le permite seguir cada pista hasta sus últimas consecuencias, desandar con el personaje los pasos perdidos, sumergirse en la vida vivida para que la vivamos de nuevo, refundada, que es como bañarse otra vez en las aguas del mismo río, dicho sea esto con perdón de Heráclito. O sería mejor decir, en este caso, bañarse en las aguas del mismo ritmo.

El entusiasmo predispone a Fausto Pérez para la música de Nelson Pinedo. Es lo que hace que, a fin de cuentas, él se la merezca y pueda regalárnosla a nosotros. Le permite anunciar el porro y el bolero; la cumbia y el cha chachá; el chandé y la guaracha.

Hay, además, un notable acierto en el enfoque narrativo, que permite revelarnos, en cuerpo y alma, a un personaje entrañable, bello, necesario. Los elementos de la historia están escogidos con un cuidadoso criterio periodístico.

La narración cumple el cometido de contar, de manera eficaz, lo relevante del personaje, de su entorno y de su época. Julio Villanueva Chang, el fundador de la revista Etiqueta Negra, me dijo un día  que un buen cronista es, en realidad, un
traductor de significados profundos. Este libro pareciera escrito para darle la
razón.

El libro vale como semblanza de Nelson Pinedo y como valoración etnográfica de una época que dejó huellas en la cultura popular latinoamericana.

El solo hecho de que el libro logre poner en su contexto uno de los fenómenos más importantes de la cultura popular colombiana, basta para empezar la fiesta. Eso sí, con la hermosa voz de Nelson cantando ‘Me voy pa´ La Habana’.