Nuestro Cine

Mucho Festival, Poca Taquilla

Por: Pepe Enciso

 Fiel a nuestra compulsión por evitar los gentilicios, nótese que hemos evitado elde “colombiano” al referirnos a nuestra cinematografía. La razón es que no creemos en los gentilicios a priori en el cine y en ninguna forma de expresión artística. Estos, y particularmente en nuestro país, limitan a los realizadores imponiéndoles camisas de fuerza patriotas. Además, siendo el cine, más que ningún otro arte, un producto colectivo, multidisciplinario y, sobre todo en Colombia, cada vez más multinacional donde intervienen diversas artes, cada una de ellas creativa en sí misma, y cuyas fuentes de financiación provienen de diferentes arcas internacionales, hace difícil la adjudicación de una nacionalidad determinada.

Sin embargo, desde lo jurídico es otra cosa. El punto de partida presupuestal de la mayoría de las películas producidas en nuestro país son los estímulos oficiales otorgados a través de convocatorias por el Ministerio de Cultura y el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, FDC, que adjudican a cada ganador, desde el desarrollo del guión, pasando por la producción, posproducción y promoción, sumas que en su total no superan los 300 millones de pesos (equivalentes al 25% del valor real de una producción decente). Y si a lo anterior le agregamos que los participantes deben ser colombianos, nos referiremos a estos casos cuando de cine nacional tratemos en este artículo.

Cifras (aburridas pero ilustrativas)

 A partir de 2004, año en que se puso en marcha la Ley 814 de fomento a la cinematografía nacional y según datos consignados en el año 2009 por el director Julio Luzardo en el sitio web En Rodaje, el FDC había entregado en esos primeros cinco años estímulos  por un valor de $ 7,696.604.269, (es decir siete mil seiscientos noventa y seis millones seiscientos cuatro mil doscientos sesenta y nueve pesos) a 38 proyectos  de largometrajes cuyo costo total real fue de $46.630.000.000 (cuarenta y seis mil seiscientos treinta millones) aproximadamente y que solo llevaron  en esos
cinco años 9.647.520 ( nueve millones seiscientos cuarenta y siete mil quinientos veinte) espectadores que dejaron en taquilla un total de $28.921.000.000 (veintiocho mil novecientos veintiún millones) lo que da un saldo en rojo de $20.054.000.000 (veinte mil cincuenta y cuatro millones) después de los descuentos reglamentarios.

En este lapso, 2004-2009, el récord de taquilla para una película de un director colombiano se lo llevó Soñar no cuesta nada (2006) de Rodrigo Triana con una asistencia de 1.198.172  (un millón ciento noventa y ocho mil ciento setenta y dos) espectadores mientras que en el plano local Juana tenía el pelo de oro (2007) de Pacho Bottía llevó a la taquilla la ridícula cifra de 4. 540 (cuatro mil 540) espectadores.

Datos más recientes nos dicen que en 2010 el número total de espectadores cinematográficos fue de 33.638.365 (treinta y tres millones seiscientos treinta y ocho mil trescientos sesenta y cinco)  y de estos solo 1.524.203 (un millón quinientos veinticuatro mil doscientos tres) corresponden a espectadores de cine realizado por colombianos, es decir ¡SOLO EL 3% ASISTIÓ A UNA PELÍCULA COLOMBIANA!

Y en lo que va corrido del 2011, antes del estreno de Harry Potter y Las Reliquias de la Muerte en el mes de julio, según estadísticas del sitio web Pantalla Colombia, especializada en el tema, la película más taquillera fue ToyStory 3, con una asistencia de 2.156.455 (dos millones ciento cincuentay seis mil cuatrocientos cincuenta y cinco) espectadores  mientras que la cinta colombiana más taquillera, con 328.817 (trescientos veintiocho mil ochocientos diez y siete), fue Sin Tetas no hay Paraíso.

Razones y sinrazones

Tratar de buscarle la causa a estas frías estadísticas es complejo. Pertenece casi al terreno antropológico determinar porque un país tan nacionalista que consume más vallenato que cualquier otra música, que vibra con su selección de fútbol y cuyas telenovelas seudo-costumbristas en el prime alcanzan altos índices de sintonía, le da la espalda a su cinematografía; pero nuestra doble condición de televidentes y cinéfilos irredentos nos da licencia para especular y aventurar que entre muchas razones, tres merecen destacarse: La primogenitura de la televisión nacional con respecto al cine nacional, la inversión publicitaria del cine americano con respecto a la del cine nuestro y la responsabilidad de los exhibidores.

La hermana menor

Si bien la paternidad del cine universal  se le atribuye a Louis Lumiere, el óptico de Lyon, quien por pocos días se le adelantó al viejo zorro de Tomás Alva Edison en Estados Unidos, con más patentes bajo su colchón que cucarachas, e inauguró el 28 de diciembre en París su flamante cinematógrafo, Edison, con más de mil inventos en su haber, entre otros la bombilla eléctrica, el fonógrafo y la General Electric, en asocio con J.P Morgan, ya desde 1894 estaba con su Kinetoscopio haciendo exhibiciones en Europa. Al mismo tiempo espiaba a Lumiere y su maravillosa máquina de sueños que poseía la triple cualidad de filmar, proyectar y copiar, inspirándose en esta para, al año siguiente, inventar la suya pero con el nombre de Vitascopio,y darse a la tarea de  producir y exhibir películas y, lo que es mejor, a suministrar sus equipos a otros que poco a poco fueron escribiendo, produciendo y creando géneros cinematográficos.Esto dio como resultado, en  la segunda década del siglo XX, con la constitución de los grandes estudios como United Artist (1919)  y Warner Bros (1923), y de su propio StarSystem (Fairbanks, Pickford, Chaplin), la consolidación de una industria con identidad propia.

¿Y la Televisión? Ni en las curvas, como dicen. En Gran Bretaña John LoogieBaird  en 1925 apenas intentaba pasar una imagen de un cuarto a otro y Zworykin, el papá de la tele, solo hasta 1934 pudo mostrar al mundo su Iconoscopio, el “cerebro” primario de la televisión, precursor de los chips y las tarjetas de video.

Y lo mismo ocurría en Europa: Alemania, Francia e Italia contribuían enormemente, cada una con su universo y discurso fílmico, a la entronización del cine como el espectáculo de masas por excelencia, en un arte mayor que involucraba muchas artes en pantallas cada vez más gigantes: Del Nicklelodeon de visión individual pasó a la pantalla de los teatros, luego  al Cinemascope, de ahí al Todd-AO, al I-Max, al 3D, en fin, convirtiéndose en el rey del entretenimiento social y cultural.

Cuando apareció la Televisión, entonces, si bien alcanzó a inquietar a la industria cinematográfica en sus comienzos, tuvo que conformarse pronto con su papel de arte menor, ligero, de pequeño formato, banal, por cuanto iba a un público enormemente heterogéneo cuyo gusto había que promediar por lo bajo, puesto que los hogares adonde la nueva caja irrumpía atrevidamente podrían pertenecer,  bien a un obrero de la construcción o bien a un graduado de Harvard, a una socialite de Park Avenue o a una meretriz de Nueva Orleans. Su carácter inmediato, en vivo y en directo limitó su oferta y la calidad de esta.

Todo esto mientras los grandes estudios estrenaban películas minuciosamente elaboradas  para todos los gustos: Heroicas epopeyas históricas, intensos dramas, grandes romances y  comedias que llenaban los teatros conformando un público fiel y una sólida y mágica industria.

Actualmente, aún con el desarrollo de sus tecnologías, la diversidad de géneros que hoy aborda, lo gratuito de su servicio y su omnipresencia, la Televisión sigue siendo considerada la hermanita menor del mundo audiovisual. Cine y Televisión son, particularmente en Norteamérica, universos diferentes con sus propias estrellas cuya migración de un universo al otro es muy escaso aún en épocas de los telefilmes. Pocos son los actores y aún directores de televisión que incursionan en la Gran Pantalla y, por el otro lado, actores y directores de cine solo ven a la televisión como un escampadero para la vejez, cuando las ofertas escaseen.

 La cinetelevisión colombiana

Colombia por el contrario, si bien tuvo en la primera mitad del siglo XX cierta actividad cinematográfica, esta fue  dispersa, aficionada, familiar y mayormente documental, no siendo sino al iniciarse la segunda mitad de la centuria, en 1954, que ingresó a la industria audiovisual con la televisión inaugurada por Rojas Pinilla.

De modo que por varias décadas vivimos con Carlos Muñoz, Franky Linero, el Gordo Benjumea, Raquel Ercole y Julio Cesar Luna en la sala de nuestra casa. En décadas siguientes a estos se unieron los Jairos Camargos, las Amparos Grisales y Judys Henríquez, y hoy día los Marlons Morenos, Diegos Cadavides, Flacos Solórzanos, Alertas y Don Jediondos que migran de la pequeña a la gran pantalla y viceversa, pasando por cafés conciertos, sin el menor pudor. Este es nuestro starsystem. Lo ha sido por sesenta años. Es el que sale en las revistas.

El actor Alvaro Rodríguez, miembro de planta del Teatro La Candelaria, y con más de 20 trabajos en televisión tiene un impresionante record en cine: 24 películas, la última de ellas Todos tus Muertos como protagonista. Lo mismo podemos decir de Marlon Moreno, convertido hoy en el galán de moda de ambas pantallas, desplazando a Robinson Díaz, el galán de la década pasada.

¿Y qué decir de Humberto Dorado a quien ambas pantallas acuden cada vez que se necesite de un señor con barba, de hablar sofisticado e intelectual, llámese un prócer nacional o embajador norteamericano? ¿O de Edgardo Román, fiel exponente de nuestro mestizaje y siempre a la mano para representarse a sí  mismo?

Esta doble presencia en la sala de cine y en la sala de la casa y la colonización de la gran pantalla por parte de los elencos televisivos produce, al menos en el caso particular, que después de pagar por una boleta para ver una película colombiana tengamos la sensación de estar viendo televisión y ¿por qué salir una tarde lluviosa, montarse en Transmilenio, pagar crispetas a ocho mil pesos y una boleta a diez mil  en un teatropara ver al Flaco Solórzano si lo vemos gratis en casa?

Se queja también la opinión general de los contenidos de nuestro cine  que se aglutinan todos en la mal llamada “realidad nacional” entendiendo por esto narcotráfico, conflicto armado y desplazamiento. Es decir, lo mismo que hemos visto en la televisión nacional en pijama y pantuflas durante los últimos sesenta años y que ya no nos sorprende.

Como si sorprende al público especializado de Cannes, Venecia o Berlín que se conmueven hasta los tuétanos ante una mujer con un collar-bomba en un pueblo polvoriento o ante una manada de niños oliendo pegante y considera exótica esta cinematografía vestida de denuncia tercermundista por lo que no vacila en aplaudir y a veces hasta premiar para beneplácito del gremio nacional. Lo que nunca reseña ni la prensa ni las secciones de farándula es cuántos de esos asistentes compran nuestro cine y en cuantos salas europeas se exhibe.

El Cine-producto

 Para hacerse una idea de cómo se vende una película de Hollywood no es sino observar las páginas de cine de nuestros periódicos: Mientras los distribuidores de Harry Potter en Colombia, no contentos con toda el despliegue mediático  internacional de que viene precedido el filme desde el primer día de rodaje hasta su lanzamiento,  contratan costosísimos avisos en toda la prensa nacional de tres columnas por veinte pulgadas durante todo un mes y spots televisivos en horario prime, Los Colores de la Montaña, película colombiana, a lo sumo publicó aviso de regular tamaño en su primer fin de semana de estreno y contó con alguna mención en secciones de farándula de los noticieros. Y esto cuando se cuenta con la  suerte de contar a alguna de las cadenas de televisión como coproductora.

La razón de esto pareciera ser que en Colombia se produce para cumplirle a las mencionadas becas y estímulos oficiales e internacionales sin obligación de rembolso, provenientes ya sea del ministerio, Ibermedia o alguna otra entidad que desde el desarrollo del guión hasta la posproducción están dando dinero en pequeñas cantidades y en donde el rubro de promoción, si bien existe,  es lo último en  que se piensa.

Aquí cabe anotar que se prioriza una asignación para participación en festivales antes que una para publicidad puesto que una mención en Cannes, una ovación en Venecia o un screening en Berlín es una forma de publicidad muchísimo más barata que pautar un comercial del filme en una novelade RCN o Caracol.

Sorpresivamente esta asistencia a festivales ha puesto en evidencia un gusto por parte de los europeos hacia los temas que reafirman su visión de Colombia, es decir, conflicto, narcotráfico, desplazamiento y, más sorpresivamente aún, los realizadores colombianos, conscientes de esta preferencia, tratan de ir a lo seguro construyendo sus historias alrededor de uno de estos tres tópicos en busca de alguna Palma, un León o un Oso y dejando de explorar los múltiples géneros inventados y por inventar que ofrece este maravilloso arte a un no menos maravilloso país.

Tenemos, pues, un cine exitoso en festivales pero pobre en taquilla.

Distribuidores y exhibidores

Ingenuamente se piensa que los grandes ejecutivos de la distribución y exhibición, es decir los dueños de los derechos y los dueños de los teatros, que en Colombia se funden en uno solo, son expertos cinéfilos capaces de argumentar acerca de la interioridad del cine de Bergman y la estética social de Ken Loach, o acerca de la presencia histriónica de Vincent Cassel y la otoñal sensualidad de Catherine Deneuve. Nada más lejos de la realidad.

El perfil de estos señores es de un hombre de negocios, eslabón de una red corporativa que aglutina industria chocolatera, bancos, pastas alimenticias, aseguradoras y hasta empresas prestadoras de salud y su misión es distribuir un producto de consumo que se llama películas, pero que podrían se jabones o pólizas de seguros, y que como tal se rige por las más elementales leyes de mercado.

Su misión no es formar público porque su público ya ha sido formado durante más de un siglo por la hegemonía del cine americano y sus fórmulas, y mucho menos formar público gourmet porque eso sería como pedirle a Bavaria o Postobón que promueva el consumo de vino en la población colombiana.

Una película nacional como Cuarenta, de Carlos Fernández de Soto que en su primera semana llevó solo 672 espectadores a la taquilla no soporta la aplanadora de Trasformers que la saca del teatro por la puerta de atrás dejando a sus realizadores pensando cómo pagar sus deudas y a la vez planeando su próxima película para dentro de diez años. He ahí el ritmo de nuestra industria cinematográfica.

La ciudad de Barranquilla cuenta con treinta salas multiplex repartidas en seis centro comerciales, al momento de escribir este texto esas treinta salas se repartían la exhibición de diez películas de las cuales solo una, Saluda el diablo de mi parte, es de realizadores nacionales; el resto, entre las que se cuentan Capitán América y Los Pitufos son norteamericanas y se reparten el resto de las pantallas locales.

El Estado es poco lo que puede hacer ante esta actitud de los exhibidores. En un sistema de libre empresa sería, utilizando un rebuscado símil, como exigirle a McDonald´s que incluya butifarras en su menú para promover la gastronomía nacional.

A lo sumo ha llegado a acuerdos tributarios para, mediante la inclusión de cortometrajes nacionales antes de cada función, tratar de encontrarles ventanas a estos.

Estos beneficios tributarios y la falta de control de calidad de los cortos exhibidos ha llevado a uno que otro distribuidor-exhibidor, con el fin de hacerse a dichos beneficios, a producir cortos express que en nada han beneficiado ni impulsado nuestra cinematografía ni en lo artístico ni en lo comercial.

En manos de Porfirio

 Al momento de concluir estas elucubraciones e“irreflexiones” los medios informan que la cinta Porfirio, del colombiano Alejandro Landes Echavarría, acerca del hombre en silla de ruedas que, años atrás, granada en mano secuestró un avión en Florencia, Caquetá como única forma de ser escuchado por el presidente, hará parte de una sección en el Festival de Cine de Toronto después de haber sido premiada en Bélgica y aplaudida en Cannes.

El futuro del filme, que viene de un largo periplo desde su etapa de guión que incluye una residencia en París gracias al apoyo de la Cinefondation de Cannes, hizo parte del Laboratorio de Guionistas y Directores auspiciado por el Festival de Sundance, recibió auxilios de Ibermedia en su desarrollo así como del Centro Nacional de Cinematografía de Francia y del Instituto Nacional de Artes Audiovisuales de Argentina, avalará o desvirtuará este personal diagnóstico hasta aquí expuesto. Reúne todas las condiciones para ello.

Fuentes:

1.LUZARDO,
Julio. En Rodaje. Sitio Web. 2009

2.PANTALLA
COLOMBIA. Proimágenes en Movimiento. Sitio Web. 2011.