Días de tambor, la fiesta esperada.

por Biblioteca Piloto del Caribe

libro-piloto-junio

Por: Álvaro Suescún T:

Julio Olaciregui es un barranquillero alto, de pelo enmadejado y nevoso, con unas gafas de aros redondos en carey que le dan la apariencia de un intelectual francés. Es uno de los más originales exponentes de la denominada generación del medio del siglo en Colombia, escritores nacidos en la década de los años 50s, nutrido en las artes del periodismo, profesión a la que ha dedicado toda su vida. Los últimos 26 años vinculado a la agencia internacional de noticias France-presse.

El mundo ficticio que asoma en su obra literaria está alimentado por cuadros sueltos tomados de la realidad, de ellos se surte para elaborar una especie de documental del mundo que respira. El resultado son una imágenes literarias que parecieran captadas por un narrador que cambia su ángulo de mira para no limitarse a tomar lo que tiene frente a sí, de manera que en esas narraciones aparecen a menudo situaciones relacionadas bifocalmente, son los paisajes de una ciudad del caribe que toma forma en los alrededores de Barranquilla y, por otro lado, la aldea global con asiento en Europa.

En Días de tambor, su más reciente obra, conserva estas características. Es una compilación de cuentos publicados por Silaba Editores y presentado en la reciente Fiesta del libro y de la palabra, en Medellín. En esos textos asoma el río Magdalena, la epifanía y el carnaval, el goce caribe, la sangre que bulle con acento africano en los mitos de allá y de acá, el hombre caimán y su confrontación con la civilización en ascenso.

 El título que da al libro es un pedacito de la historia negra, de la historia nuestra, caballero. Se sabe que los llamados días de tambor eran aquellas jornadas de asueto y fiesta que los amos blancos otorgaban a sus sometidos en los días duros de la esclavitud negrera. Luis XIV, rey de Francia, había dado vida en 1673 a la Compañía de Senegal para exportar mano de obra esclava a las Antillas a fines del siglo XVII. Su primer ministro Colbert redactó el primer Código Negro, por allá en 1685, para reglamentar el comportamiento de esos trabajadores forzados. De modo que en estos textos está implícita la rebelión, se pone al descubierto el papel de la ignominia jugado por Francia y los castigos a que se expusieron quienes osaron rebelarse.

Julio Olaciregui pone su pluma al servicio de ese particular interés por la africanía (bantús, congos y carabalís), un culto a los palenqueros que aquí encontraron su asiento, a los mulatos que somos todos. Y su ancestral relación, genética, de connivencia, la misma que aquí portamos desde los orígenes de las barrancas de San Nicolás. Su padre, Mario, en las fotos de joven tan parecido al Joe Arroyo, su mismo pelo cuscú, su nariz ancha, y su fortaleza de luchador. Cuando el escritor entró en contacto con los africanos en Paris encontró allí un mundo familiar, las danzas de Anna Camará y Aye Bangoura lo llevaron hasta Guinea y Senegal para bailar esa música que pudo haber nacido en Puerto Caimán o en Puerto Hormiga, cerca de aquí.

Todo ello late en estas breves historias, con personajes que cobran vida en otros relatos sin que ello signifique que la intención es la de hilvanar una temática que pareciera serles común, se entrecruzan en tanto el autor se detiene y reflexiona sobre el oficio de escribir; exhibiendo sus propias emociones a la manera de un diario, observaciones de un sujeto atento a lo que ocurre a su alrededor con permanentes alusiones a esos hechos de la cotidianidad, escritas con la actitud antirretórica del “nouveau roman”, en que Julio Olaciregui se cuida de intervenir en el desarrollo de las situaciones y los personajes, solo es un espectador entre una panorámica amplia que cobra vida, empieza a rodarse con el lente de un cineasta al que le gusta la ópera, pero más el teatro y la música, los oratorios, la poesía, y sobre todo andar vagando por las calles tomando notas, cogiendo punta.

El conjunto de los temas tratados es muy diverso, y puede resumirse de varias maneras: el acto sexual como parangón de la creación artística; el caribe y sus danzas como representación vital, la presencia constante de la violencia en Colombia y sus diversos motivos, Bob Marley y la marihuana como liberación o catarsis; la búsqueda del mito, ya sea caribe, ya sea griego, como respuesta al pensamiento racional.

Esa amplísima temática aflora en una prosa correcta, cuidadosa, pulida con esmero, desarrollándose con fluidez, insertando cada trecho algunos párrafos en cursivas que traen reflexiones, máximas en latín, fragmentos de poesía, cánticos del Caribe y citas de reconocidos autores. Es cuando se hacen ostensibles Nathalie Sarraute, Claude Simon, Michel Butor, Robert Pinget, Marguerite Duras y Samuel Beckett. Se descubre entonces que sus influencias están definidas por Roland Barthes y Alain Robbe-Grillet, entre los principales. La búsqueda por generar imágenes es notoria así como el uso de términos coloquiales, aquí aparece también “el brujo de Otraparte”, el gran filósofo Fernando González, con un efecto congruente en esa narrativa con pocos o ningún punto de tensión, de manera que cuando requiere alguna pausa para el desenvolvimiento general del relato, ocurre por la manera desenfadada como afina un ritmo casi sin fin.

La publicación de este nuevo libro de Julio Olaciregui permite renovar el contacto con su obra, persistente y de alto contenido, fiel a su estilo caracterizado por un tono muy particular, difícilmente imitable. No ha sido fácil mantener este mismo tono con el correr de los años, una voz propia que lo distancia del temido lastre del boom literario latinoamericano, proporcionándonos el placer que producen las frases cortas y sugerentes en esas extensas historias de pocas palabras.

Álvaro Suescún T

Otras apreciaciones 

DÍAS DE TAMBOR DE JULIO OLACIREGUI

 Por :Pablo Montoya

Julio Olaciregui es un escritor que ha aprendido a vivir en el extranjero. Sabe de desarraigos aunque en el fondo, como buen caribeño, sus raíces son el viento y el mar. Conoce esa intrincada cartografía de idas y venidas que diseñan todo exilio, sin ignorar que el sabor del ñame es como el ancla que lo fija por un instante al terruño. Pero el terruño no es la coordenada habitual con que se definen los chauvinismos de toda índole. Nada más ajeno al regionalismo que la obra de Olaciregui, aunque ella expanda sus vibraciones más íntimas en los espacios del Caribe colombiano.

En París, ciudad hermafrodita, ciudad de todos y de nadie, Julio Olaciregui, quien se define como periodista de día y poeta de noche, ha aprendido a saberse lejos de casa. Y esa lejanía, desde su primera novela Los domingos de Charito hasta su último libro de cuentos Días de tambor, es estar lejos, pero no cercenado, del coco, de la piña, del maíz, de la vulva nutricia y el falo prístino. Y hablo de sabores y de coyunturas seminales porque la escritura de Olaciregui, como pocas en la literatura colombiana, está estremecida, de principio a fin, por estas realidades sensitivas.

Desde que conocí a Julio Olaciregui, en París en 1996, siempre he pensado en él como si fuera una suerte de Lucrecio costeño. El Mare Nostrum y ese otro mar nuestro que es el Caribe confabulados. Ambas cosmografías líquidas atravesadas por miles de itinerarios. Los de Julio Olaciregui y los de los pueblos desplazados que sus palabras, festivas y desgarradas, sostienen. Pero este Lucrecio, a diferencia del otro, además de cantarle al sol –“Por ti los vientos huyen, las nubes se disipan, la flor crece, la ola se infla, el cielo resplandece, los pájaros vuelan, los rebaños saltan”-, sueña, si es que ya no lo es íntegramente en su obsesión onírica, con transformarse en un hombre caimán.

Porque en la obra de Julio Olaciregui, y como muestra están los cuentos de Días de tambor, pero también Dionea y sus obras de teatro, se otea la cultura y se llega a su múltiple centro inasible a través del mito. Y también a través del supremo goce de los sentidos. La mitología sin sensualidad, nos dice Olaciregui, no es más que un equívoco propuesto por las mentes rancias. Y es pertinente aclarar que la cultura en este escritor errante es caótica. Quien busque relatos simples en estos cauces híbridos, forjados con tambores de tierra, de madera y piel, se sentirá perdido. Pero entonces es menester decir que de lo que se trata, justamente, es de zambullirse, de impregnarse, de enredarse en esta suerte de extravío cultural celebratorio. Porque el caos es, en Julio Olaciregui, su fresca y transgresora divisa.

Poeta mercenario, así se define también Olaciregui. Sus armas son la danza y la poesía. La copula de la palabra con el cuerpo. Unión que se presenta en los cuentos de Días de tambor como un ritual continuo en el que se festejan el placer y el dolor. Ritual hecho de cruces de razas o de lazos geográficos. El mismo Olaciregui dice: “Mi tema preferido son los hilos invisibles que nos unen, la descripción del escenario en el que, cual marionetas indias, aparecemos y desaparecemos.” Y en este carrusel de muertes y nacimientos, los cuentos de julio Olaciregui muestran al deseo como sed y hambre de la sensualidad que estimula incesantemente a sus personajes. Personajes que se debaten entre el festejo apasionado del cuerpo y la trágica espoliación provocada por la historia. Los suyos son negros desterrados, indios usurpados, mulatos desgarrados, zambos fisurados, mestizos que se afligen por el pasado y el presente que cargan sobre sus hombros, pero que no le escatiman al tiempo su esencial dosis de epifanía. En este sentido, hay un diálogo sugerente entre la obra de Olaciregui con el mundo narrativo de nuestros mejores escritores del Caribe, desde Rojas Herazo, Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez hasta Germán Espinosa y Roberto Burgos Cantor.

Los cuentos de Días de tambor oscilan entre el carnaval y el duelo, entre la máscara irrisoria y el llanto que deja la ausencia, entre el baile frenético y la letanía desconsolada. Es un libro que manifiesta con claridad insoslayable la apuesta estilística de un escritor que se niega a caer en facilismos y modas narrativas. La obra de Julio Olaciregui, y este último libro lo confirma con fuerza, es como un islote en nuestra literatura. Un islote adonde llega la increíble algarabía poblada de exilios que solo él ha logrado captar.

Pablo Montoya

Anuncios