El secreto de Alicia

por Biblioteca Piloto del Caribe

EL SECRETO DE ALICIA

El secreto de Alicia de Roberto Burgos Cantor

El libro de cuentos que fue leído como novela

En septiembre del año pasado, en Tunja, tuve ocasión de charlar con Roberto Burgos Cantor acerca de su celebrado libro de cuentos Lo Amador. Le señalaba entonces yo a Roberto que, en vista de que las siete piezas que componen ese libro caracterizan, en forma conjunta y unitaria, un mismo mundo, el de un barrio popular cartagenero, y de que sus personajes transitan de uno a otro cuento como si pasaran de un cuarto a otro, cabía afirmar que tal obra funciona (y, por tanto, se puede leer) también como una novela.

Mi observación no resultó ser original, como era de esperarse, pues él me informó a continuación que ya la había formulado un crítico o alguna universidad norteamericana (pues nunca falta alguna universidad norteamericana), ahora no recuerdo con precisión.

Pues bien: su último libro, El secreto de Alicia (Seix Barral, 2013), que tuve el honor de presentar en días pasados en La Cueva, me hizo vivir una curiosa experiencia lectora originada en ese intercambio o trastocamiento de roles que puede ocurrir entre libros correspondientes a estos dos géneros, el cuento y la novela.

Sucede que cuando me llamaron de la Fundación La Cueva para proponerme la presentación del libro, me hablaron de “la última novela de Burgos Cantor”; y apenas uno o dos días después, en la columna dominical de Piedad Bonnett, leí una cita que, a propósito de otro tema, hacía ella de este libro y la atribuía, después de mencionar el nombre de Burgos Cantor, a “su última novela, El secreto de Alicia”.

Así que, llevado por esos dos datos previos, y como la edición de Seix Barral no los contradice (ni, en realidad, tampoco los confirma, pues en la tapa se omite toda mención al género al que el libro pertenece, y en la contratapa sospechosamente sólo se habla de “su nuevo libro”, “este entrañable libro”, “Un libro” y de “Un título”), empecé a leerlo como una novela.

Una vez leí los tres primeros capítulos (titulados “El espejo”, “Relojes” y “Fosas comunes”), me di cuenta, y me lo dije, de que se trataba de una novela, digamos, experimental, pues las historias de esos tres capítulos no tenían absolutamente nada que ver la una con la otra.

A medida que seguí leyendo, confirmé el carácter experimental o no convencional de la novela, de tal manera que al interés con que leía capítulo tras capítulo, cada uno de los cuales me ofrecía una historia distinta, independiente, con sus personajes propios y diferentes, se añadió la intriga por ver en qué punto se iban a articular esas historias y personajes, en qué punto iban a confluir para mostrarme la unidad de la acción de la novela.

Pero no: llegué al último capítulo (titulado “El hombre que perdió su norte”), al último párrafo, a la última palabra y, por fin, al definitivo punto final… y entonces fui yo quien se sintió con el norte perdido. Pues no tuvo lugar la esperada articulación o confluencia de las trece historias que acababa de leer.

Fue en ese momento cuando recordé lo que había hablado en Tunja con Roberto sobre Lo Amador. Me dije: si Lo Amador es un libro de cuentos que se puede leer como una novela, El secreto de Alicia es una novela que tiene la apariencia de un libro de cuentos. O, al igual que Lo Amador, es en realidad un libro de cuentos que se puede leer también como una novela.

Algunos pensarán que resultaba tonto de mi parte este dilema y desvelo en torno a la determinación del género de una obra literaria; que después de tantas revoluciones y experimentos vanguardistas por los que ha pasado la narrativa de ficción a lo largo del siglo XX, no cabe ya preocuparse por estas distinciones de género; que los géneros son simples etiquetas que se usan por comodidad didáctica.

O que, para mi tranquilidad, debí haber recordado un planteamiento del escritor español Javier Cercas, a saber: “Una novela es todo aquello que se lee como tal; es decir: si algún lector fuese capaz de leer la guía de teléfonos de Madrid como una novela, la guía de teléfonos de Madrid sería una novela”. Y, en efecto, lo recordé, pero me dije que el caso allí planteado es válido si leer la guía telefónica como una novela (o leer el diccionario como una novela, como proponía Héctor Rojas Herazo en 1956) obedece a una soberana decisión del lector, y no a que lo hayan manipulado o inducido de alguna forma para que creyera que la guía telefónica era una novela.

Es decir, pienso que no hay que soslayar el pacto de lectura, como parece que quieren hacer los editores para que libros que pertenezcan a un género que ellos creen que ya no tiene mercado –como es el caso del cuento–, sean adquiridos inocentemente por el público. (Hablo de los editores de lengua española, porque en los libros del ámbito anglosajón uno suele leer en la tapa: “A novel” o “Stories” o “A memoir”, etc.).

Pero, al margen de este percance, y una vez establecido al final que El secreto de Alicia es un libro de cuentos (pues el dato está incluido, exactamente al modo de la letra menuda de un contrato, en la nota biobibliográfica del autor que aparece en la solapa), debo señalar que, entre los tres más extensos y ambiciosos, el más largo y complejo es el “El nuncio”, que consta de 40 páginas, tiene cierto aliento policial y está contado en dos tiempos paralelos, uno correspondiente a un anticuario en la Nueva York del siglo XX y otro a Galileo Galilei en la Padua y la Venecia de comienzos del siglo XVII, ambos con un precioso y misterioso objeto en común: el volumen Sidereus nuncius, del astrónomo italiano.

Hay elementos temáticos que reaparecen aquí y allá, como el de las guerras feroces, carentes de grandeza y a la larga inútiles de Colombia (las de la Independencia, las de los primeros años de la República, las que nos han desangrado en los tiempos recientes), pues sus combatientes se enloquecen “por codicias de bisutería” y porque las grandes utopías no son aplicables en pueblos tan vastos y heterogéneos como éste; o el de los encuentros entre un hombre y una mujer, que en una ocasión es furtivo y amoroso y, en otras, casual y limitado a un conturbado contacto visual por parte del hombre; o el de los personajes que se pierden o se extravían, bien de sí mismos, de su propia identidad, bien de su lugar en el mundo, como el Wakefield de Nathaniel Hawthorne

Digamos, finalmente, que en este libro, a través de múltiples puntos de la geografía y de la historia, así como a través de personajes diversos (incluidos algunos reales, como Evaristo Márquez, Marlon Brando, Galileo Galilei, José María Córdova y Alberto Duque López), y demorándose con actitud vigilante y escrupulosa en los más minuciosos detalles, Roberto Burgos Cantor hace una exploración emotiva, no exenta de reflexión, pero ante todo emotiva, de ése o de eso que, en “El nuncio”, el narrador llama con certera frase: “El espantoso abismo que se llama hombre”.

Por Joaquín Mattos Omar

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