La Canción de la Luna

por Biblioteca Piloto del Caribe

 

Por: Adriana Carrillo Silva

Tal vez por un cambio de percepción influenciado por la época, el arte ha sido el mejor escenario para que la realidad se funda con la ficción. La aparición de lo digital, por ejemplo, ha permitido que una fotografía, a la que se consideraba el más fiel reflejo de lo real, sea hoy vulnerable a manipulaciones y alteraciones en mayor o menor grado y sea hoy un híbrido ilusorio. En el caso del periodista Juan Carlos Garay, él asume esta nueva condición de la obra artística en su narrativa más bien como una ventaja para construir su universo literario.

Casi al final de la novela, Jerry, uno de los personajes de “La canción de la Luna”, la más reciente publicación de Juan Carlos Garay, lanza una frase a modo de sentencia con una convicción apasionada: “Escucha muy bien y aprende. Dile que la música no la hace el instrumento, sino el músico”. Es quizá lo que debamos decir en relación a las obras literarias: a la obra la hace el escritor. Ni siquiera porque el instrumento sea la guitarra de la leyenda del blues, Charley Patton. Garay nos ofrece una historia llena de imaginación, cruzada con la realidad, que se atreve a usar escenarios específicos y deducciones fantásticas de datos reales muy minuciosos.

 Garay se dedica a buscar en cada cosa una especie de secreto sagrado. El misterio de la luna, la guitarra de Patton, la fórmula de la armonía perfecta y hasta el de una pandereta en medio de una improvisación colectiva sobre un tema de “san” John Williams Coltrane, todo tiene cierta capacidad de crear asombro si se mira desde los puntos de vista más nuevos, más permisivos. Mirar a la luna, en la novela de Garay, es una experiencia de desdoblamiento, prefigurativa; y descubrir ese pequeño misterio es uno de los lazos que se crean con La Canción de la Luna.

 Ya desde que decidió transcender sus experiencias y hallazgos como crítico musical y publicar su primera novela, La nostalgia del melómano, Garay había querido jugar con una suposición. Asumió y escribió que en algún lugar debía existir una grabación del famoso tema “El ratón”, de Cheo Feliciano junto a Eric Clapton, que algunos empezaron a buscar afanosamente y que otros, coleccionistas, salieron a desmentir con angustia. La deducción nació a partir de un recorte de un periódico caraqueño en el que se hablaba de la posibilidad de que la grabación realmente existiera y estuviera en manos de un coleccionista en Caracas y, luego de una exhaustiva investigación del autor, de la coincidencia de ambos maestros, de la salsa y el rock, respectivamente, para grabar en Miami en Agosto de 1974, y que el autor aprovechó para sazonar con la imaginación. Si se trata de creer en algo, Garay elige su propia verdad: la de respuestas míticas y fascinantes; la que en los campos de la música, por ejemplo, cualquier coleccionista (si la tiene) desearía que fuese cierta.

 La biología molecular, el budismo y la magia son tópicos suficientemente místicos y atractivos para basar en ellos el tono de su historia. Esta última novela, que Garay contó haber escrito en 24 lunas, tiene una dirección introspectiva que nace de la observación, de la contemplación de los detalles, al mismo tiempo que te embarca en un viaje de placer estético en donde cuentan tanto las historias fantásticas, las voces, como los sonidos. Un viaje musical y poético piloteado por alguien que no concibe las palabras ni las historias sin la música, y a quien, como en la música, se le da muy bien el riesgo del improvisador analogado a la literatura.

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