El Tiempo Que Quieras

por Biblioteca Piloto del Caribe

Por: Guillermo Tedio

En El tiempo que quieras (Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2011), de la escritora argentina Graciela Gliemmo, el lector se encuentra con  catorce cuentos que, como se insinúa en el título, plantean un juego de tiempos en que, por supuesto, la memoria de los personajes intenta rescatar vivencias que no retornan muy nítidas ni precisas sino en claroscuro o en silueta, así que estamos frente a relatos que no dicen directamente sino que nombran negando, insinuando, sugiriendo, dejando que fluyan las ambigüedades del sentido. Son historias entonces que se proponen como puzzles para ser armados mientras leemos y aún después de cerrado el libro. Y ni siquiera, ya obtenidas las figuras, tenemos la certeza de haber acertado en la colocación de las piezas pues siempre nos queda una ardiente duda sobre el destino de los personajes. Como dice Ana María Bovo en el prólogo: “Ese pasillo que, en apariencia, prometía siempre lo mismo (todas las puertas parecen iguales, idénticas las mirillas, los mismos picaportes) rompe en su recorrido con la ilusión de lo unívoco”. (8)

Uno podría decir que en estos relatos de El tiempo que quieras (título que proviene de un texto de la escritora brasileña Clarice Lispector) se practica un elevado arte de la sugerencia, de dejar apenas que el lector intuya, no que sepa ni pueda moverse seguro sobre la tierra de la escritura, siempre movediza como prometedor pantano. Podríamos decir que estas historias se terminan cuando el receptor quisiera continuar o deseara que le dieran una mayor información para su cómoda satisfacción y seguridad hermenéutica. Pero no. Leída cada historia, comienza el cuento del lector, la búsqueda del hilo que lleva al Minotauro. Y tal vez ese no saber muy bien lo que está ocurriendo sea lo que les da a los cuentos de Graciela Gliemmo ese toque onírico, de pesadilla a veces, como ocurre en la narración “Algo para recordar”, en que se habla de desapariciones, de cuerpos suprimidos, en un viaje doloroso a una memoria que se resiste al olvido.

Ahora, estos cuentos, capaces de abrirse a una rica plurisignificación, a un denso abanico o menú de significados, gracias a las porosidades o lagunas que los cruzan, alcanzan su efectividad mediante un lenguaje que se decide más por lo lírico que por lo épico. En efecto, más que experiencias externas, los personajes ejecutan viajes a la interioridad, a formas de pensamiento y reflexión sobre las contingencias de las vidas que les han tocado. Y ese viaje introspectivo se vuelca en un lenguaje pleno de subjetividad poética, que no nos aleja de la vida complicada y laberíntica padecida por todos sino que nos acerca a ella gracias a que los estados y acciones de los personajes se producen en una cotidianidad de mundo corriente, en el día a día de los febriles contactos entre cuerpos y conciencias.

De allí que la piel, el cuerpo y el erotismo, en las cuentos de Graciela Gliemmo, sean puntales que le dan fuerza y fibra a las historias. Los personajes no rehúyen la caricia, la mirada sobre la piel, sino que buscan y anhelan el roce, aún en el riesgo de terminar siendo encuentros frustrados, que se rompen y condenan a los personajes, sobre todo a las mujeres, a la soledad, al mal sabor de lo que no se dio, mientras se preguntan, como el narrador de “Último sábado de carnaval”: “¿Por qué ley fatal e incomprensible la realidad nunca se ajusta a la dimensión de nuestros sueños? ¿Por qué el tiempo de la espera, de las ilusiones, supera con amplitud los momentos en que las fantasías se deforman hasta ser reales”. (136) Tales interrogantes nos plantean, de hecho, un modo de comprender la capacidad poética que habita en el corazón de los creadores y que nos conecta, de alguna manera, con Freud. Concebida como un sueño, la literatura en su andadura de creación, se proyecta como la realización de deseos, ilusiones y fantasías que el escritor y el lector ven desplegarse en la tensión de la escritura.

Graciela Gliemmo o las voces narradoras de estos cuentos no se precipitan. Aquí se trata de una escritora madura, que ha decantado sus temas y obsesiones, su estilo y su lenguaje. En sus relatos, hay contención, reposo, nunca aceleración ni imprudencias en la trama. Las cosas se van dando en un tono medido, musical, poemático, lírico, casi sin que el lector se dé cuenta de que va siendo atrapado por la hondura musical y despiadada de las palabras.

Por otro lado, son historias que se nutren de la contemporaneidad pero también de lo clásico. Por ello, va por allí haciéndonos guiños Penélope, en el cuento “No soy esa que cuentan”, aunque sea una reina de Ítaca que contradice la imagen de la proverbial esposa fiel. Y diremos que hay un diálogo con Julio Cortázar, autor asimilado, más que en temas y motivos, en el tratamiento sutil y delicado con que encara lo inquietante, a veces, lo monstruoso, lo ominoso, como ocurre en “Nada de besos en la boca”.

Hay un manejo minucioso, indirecto de las cosas y acciones en Graciela Gliemmo, que me lleva a pensar en una especie de neosimbolismo, apreciable con nitidez en el tercer cuento, “Orquídeas en invierno”, en que las dubitaciones de una mujer sobre el acto de comprar o no una orquídea en un vivero, se convierten en todo un juego simbólico que va iluminando, en su proverbial estilo de la sugerencia, un mundo que ya no es el de las orquídeas sino el ámbito interior de una mujer signada por la soledad, el trabajo y el paso de los días iguales, “sin pizca de diferencia”. (36) Uno va intuyendo que los objetos con su estatuto de cosas tangibles y mudas no son realmente esas meras presencias mudas sino símbolos e íconos de un mundo interior que se desborda en intensidad, a veces dolorosa. Y hay un instante en que la mujer del cuento nos hace un guiño que, de alguna manera, revela ese otro espacio, el humano: “Contemplo nuevamente mi catleya chilena como se contempla el símbolo de lo innecesario e imperioso a la vez” (40), porque vamos entendiendo que las condiciones necesarias para que la orquídea viva, son, en otro nivel de comprensión, las mismas que busca la mujer solitaria: “Buena luz, temperatura cálida y considerable humedad: tres requisitos fundamentales  para que la orquídea crezca. Mucha calidez, mucha humedad. Un ambiente acogedor. Mejor que no reciba sol directo, porque pueden quemarse las hojas. Y temperatura media”. (37)

Del mismo modo, otro texto en el que aparece, de modo notorio, esa mirada neosimbólica y reveladora es el cuento titulado “La sombra de la palmera”, el primero de la serie. Allí el motivo de la sombra que proyecta una palmera es ya un marcador del paso del tiempo. Hay una mujer que evoca un episodio de su preadolescencia, cuando se dio su iniciación erótica al espiar a una mujer y un hombre a quienes el deseo amoroso se les iba en miradas y conversaciones intrascendentes. Leemos en el texto: “Mientras hablaban de planillas, de casos típicos de rebeldía infantil y adolescente con los que me sentía absolutamente identificada en esa época, del mal carácter de la rectora y de temas tontos, intrascendentes, los ojos dialogaban en un lenguaje simultáneo y hasta contrario al de las palabras. Eran solo los ojos, porque las manos de ambos permanecían quietas y el cuerpo, fingidamente inexpresivo, reservado.” (15) Y luego, el implacable paso del tiempo muestra a esta niña voyerista ya mayor, viviendo la misma frustración frente a un visitante con el que nada se realiza ni concreta, quedando todo en el latente deseo no realizado. Como en una suerte de cajas chinas o muñecas rusas, personajes y situaciones se repiten mientras el avance de la sombra de la palmera van mostrando el agrietamiento del tiempo sobre la piel y las conciencias. Y ahora, en el segundo ciclo, ya no es la sombra de la palmera sino la sombra alargada de un ciruelo la que marca el deterioro. Es este un cuento de eterno retorno, de tiempo cíclico en que regresan el deseo y la frustración, las sombras de los árboles, los pianos.

En el cuento titulado “Agujeros”, al final de la historia, el agujero en la vida interior de la mujer por la fuga o huida del amante, se evidencia en la media rota: “Antes de bajar, descubro que me enganché una media con uno de los tacos y que me hice un horrendo agujero. Lástima. Con lo lindas que me quedaban y lo que me costó conseguirlas. Y ni siquiera tengo tiempo para llegar a mi casa y cambiarme. Qué bronca. Si hasta me provoca llorar pegando gritos. Siempre asocié el abandono, la soledad y la desgracia con las medias y los zapatos rotos o muy gastados. La puta madre. Con lo feas que quedan en una mujer las medias corridas.” (32)

Como anota uno de los epígrafes del libro, “Nada existe más difícil que entregarse al instante. Esta dificultad es un dolor humano. Es nuestro” (9), de verdad, los personajes de Graciela Gliemmo —y quizás los seres humanos en su totalidad— están imposibilitados para vivir el instante, el ahora del presente, pues se mueven entre la contingencia del pasado, que se les impone como cárcel y cadena, y el deseo del futuro.

El humor es también de una sutileza delicada en los cuentos de Graciela Gliemmo. Dice la mujer del cuento “Agujeros” ante su novio o amante médico, “Un hombre con un ego en forma de mapamundi” (24): ¿Y qué tratamiento va a aplicarme para ver si me rescata de esta locura absoluta, de este impulso imprudente, de esta imaginación para nada científica, de este modo de vivir tan poco posmoderno?”

“¿Un tratamiento agresivo, doctor? ¿Y qué le ha parecido mi cadera y toda mi columna vertebral al doctor? ¿Necesita una prótesis mi cadera? ¿O cruje demasiado en esos momentos? Acéitela. Usted sabrá cómo se ahogan los ruidos que producen los huesos.” (25)

Diríamos que en los catorce cuentos que integran el volumen El tiempo que quieras, se presenta, en unos más que en otros, este juego fluido de hechos, cosas y objetos que están allí para revelar el mundo humano desde otra dimensión, que es esencialmente la función de la literatura: significar lo humano desde la secreta multiplicidad de las palabras que se desdoblan en los inevitables juegos de que hablaba Wittgenstein.

Anuncios