EL DÍA EN QUE EL FUTBOL MURIÓ. UNA NOVELA DE ANDRÉS SALCEDO

por Biblioteca Piloto del Caribe

Ediciones B, editorial española con creciente presencia en Colombia, acaba de publicar El día en que el fútbol  murió”, primera incursión del periodista y escritor barranquillero Andrés Salcedo en el mundo de la ficción. En apenas unas pocas semanas desde su aparición, la obra ha gozado de una amplia acogida en las principales ciudades colombianas y ha recibido elogiosos comentarios en la mayoría de los grandes medios de difusión nacionales. El siguiente es el análisis filosófico que sobre la obra ha escrito Numas Armando Gil Olivera:

EL DÍA EN QUE EL FUTBOL MURIÓ. Triunfo y tragedia de un dios
(La novela del Caribe colombiano)

Es la novela del periodista Andrés Salcedo González. Ya habita con nosotros. Y parece que nos llamara desde el estante donde está ubicada en cualquiera de las librerías colombianas.

Punto de vista formal
En su carátula figura una tumba sobre un pasto verde con paralelas rectangulares. Y en el lado superior de la tumba, está dibujado un balón de futbol con sus respectivas figuras geométricas, romboides, trapezoides y hexagonales. Símbolo que nos hace pensar que la pelota no tiene doblez.  Y más allá: el cielo azul con sus nubarrones entre colores blancos y rosados. En la contracarátula figura una frase del ya desaparecido periodista Mike Urueta. El ISBN y el código de barras nos indican que esta novela está registrada legalmente y no es pirata.
En su solapa se encuentra la foto del autor, que se nos revela con su camisa azul con flores color naranja. Detrás de la foto, un campo de fútbol de cualquier barrio popular y la breve biografía del autor. En la contrasolapa, aparecen los nombres de otros títulos de diferentes autores que han publicado sus trabajos en Ediciones B Colombia.

Desde el punto de vista del contenido
Argumentamos que esta novela es la razón de los vencidos. Está dedicada a “Hernán Peláez, el último de la estirpe”. Uno de los mejores comentaristas del fútbol colombiano. Es la novela de los fracasados, de los humillados por el poder. La renuncia de lo que se ama para regresar a su nido derrotado. La búsqueda de la mediocridad como lugar seguro. Seres de carne y hueso que con una imaginación compulsiva nos llevan a imaginar lo que en verdad nunca hemos sido.
El tiempo en la novela de Salcedo no es la condición de posibilidad de conocer como lo plantea Immanuel Kant en La Crítica de la razón pura en el siglo XVIII. O como el argumento del concepto de  tiempo relativista en Albert Einstein. Sino que el tiempo nos lo muestra el autor en el envejecimiento exuberante, devastado, escapado, donde nunca hicimos nada y nuestro rostro se envejeció.

Salcedo plantea el tiempo en el Caribe cuando nos narra el nombre original de las calles “… Caldas con San Roque… Las Flores con San Roque… Calle Santander… Barrio Chino…” etc. El tiempo se nota en las casas viejas, en decadencia, en la calle, en la esquina y en el parque Almendra.
El día en que el futbol murió nos narra una fenomenología de la percepción. Sus personajes hablan de sueños  e interrogan lo imaginario y lo irreal. Ponen en duda la realidad. Y esto significa que esta distinción ya ha sido hecha por el autor. No hay que preguntarse si se percibe verdaderamente un mundo; al contrario, hay que decir: el mundo es lo que percibimos. Quizás por eso cada uno de nosotros tarde o temprano nos convenceremos erróneamente de sentirnos felices en un lugar adonde nunca llegó el progreso sino la eterna quietud.

El autor, después de reivindicar la educación pública  en el colegio donde estudia su bachillerato hace tremenda crítica, al método y enseñanza en la educación por ser dogmática y autoritaria:

“… No lograba retener los conocimientos que le impartían, lo que le producía una confusión insoportable. Sentía, además, que lo estaban violentando, llenándole la cabeza de cosas que no tenían la menor importancia y que no le iban a servir de nada en el futuro…
–    Cuco, esto es una mierda. No pensé que el colegio me iba a aburrir.”  (Pág. 195).

En la novela de Salcedo González se palpa la presencia de Kafka cuando están todos en la mesa en la hora del almuerzo. Nos hace recordar la Carta al Padre cuando el padre de Kafka vigilaba como un dictador la forma de comer de su familia. Tenían que estar en orden y en silencio y no dejar ninguna migaja en la mesa. Podríamos decir que el padre de Zoila, uno de los personajes de Salcedo, era la medida todas las cosas en el barrio Rebolo:   “… Apúrate, entra rápido, que voy a servir la comida y mi papá ya está en la mesa esperando. Tu sabes cómo es el viejo…” (Pág. 325).

En esta novela ocurren tantas cosas como en una novela de aventuras: amor, traición, amistad, ocio, baile, matrimonio, adulterio, paseos, como a ver jugar a Júnior, enfermedades, espectáculos, asesinatos. Muchos de estos hechos son narrados desde la emoción o el recuerdo de los personajes. Es un estilo materialista. La realidad subjetiva tiene también consistencia, peso físico, igual que la objetiva. La máxima satisfacción que me produjo esta novela fue provocarme, a lo largo de la lectura.  Sus capítulos cortos no son aburridores. Al contrario, uno no quiere separarse de la narración y me mantuvo con los cinco sentidos despiertos. El tratamiento de lo sexual es uno de los más delicados. Hay una dosificación y distribución de lo erótico. El sexo está en la base de lo que ocurra. Es una clave de los conflictos. El sexo ocupa un lugar central en la novela porque lo es en la vida de todo el barrio. El órgano genital esclarece las conductas y la psicología de los personajes y es con frecuencia el combustible que mueve la intriga. Salcedo lo argumenta así “…La Muñe, por su parte, disfrutaba – y provocaba premeditadamente – la turbación que sufría Miche cada vez que la veía llegar exhibiendo el poderío de su cuerpo intimidante. La excitaba de una manera que a ella misma le sorprendía el sentirse deseada por el muchacho…
Una vez dadas las buenas tardes, comenzaba el ceremonial erótico de la Muñe. Sentada estratégicamente frente a la silla de Miche, cruzaba y descruzaba las piernas, a veces dejando que se le viera la ropa interior y sin dejar de lanzar furtivas e insinuantes miradas.  (…)  La Muñe continuaba su monólogo de gestos y miradas. Se pasaba una mano por la leonada melena, entreabría la boca jadeante, entornaba los parpados y se removía en su asiento dejándole ver a Miche, en rápida secuencia, un hombro desnudo, una axila, el nacimiento de los senos o un trozo de muslo. Sus ojos, de un verde cambiante, pasaban del remilgo infantil a la provocación erótica y cuando Miche detenía su mirada en sus pechos erguidos, toda la piel se le encendía. Entonces, la cuarentona desvergonzada le cedía el paso a una colegiala excitable y pudorosa”. (Págs. 198- 199).

También en el texto se palpa la presencia de la obra de Federico Nietzsche El crepúsculo de los ídolos:  “…Miche vio al Mono Yuya en la esquina de Paraíso con Progreso. Estaba parado en la acera, mirando alelado hacia un caserón fantasmal de dos pisos, de muros agrietados cubiertos de  hollín, separado de la calle por una alta reja de hierro…

–    Mira, Chinchurria, ahí vive Heleno, se está escondiendo de la policía, apuesto a que no lo sabías. Miche miró  hacia donde apuntaba el dedo del Mono Yuya y recordó rumores que Frieri había echado a andar no hacía mucho en el barrio. Vio, detrás de la reja, a un hombre que se paseaba en pijama por el mustio y descuidado  antejardín. Tenía la misma cabeza engominada de Heleno y hasta creyó advertir, a pesar de la distancia  y de la escasa luz del atardecer, un vendaje veteado de algo que podía ser sangre y que le cubría gran parte de la cara. Esta vez estaba seguro de que no se trataba de ningún doble del jugador. De que nunca lo había habido. Creyó ver que el hombre lo saludaba agitando una mano. Muerto de miedo, volvió a mirar para otro lado. El Mono Yuya había desaparecido.” (Págs. 216- 217).

Se sueña con el ídolo y, como en Nietzsche, la enfermedad de la sífilis hace mella en el futbolista más famoso y culto del mundo. Heleno decía que “los genios tenemos prohibido entrenar. Todo esto es una mierda, Jimmy. Los futbolistas son unos esclavos: de la gente que los manosea y les unta su mierda, de los dirigentes, que solo los ven como artículos de consumo que se compran, se usan y se botan cuando ya no sirven, de los técnicos, que son la gran farsa de este circo, de los periodistas, que comen carroña desde el desayuno, la puta que los parió. Esa es la gentuza que mueve los hilos de este negocio, Jimmy, y yo no encajo en él. El futbol es un juego indecente, agresivo y vulgar”. (Pág. 173).

Heleno se creía dios, por eso llegaron a cobrarle su tontería de otros tiempos, sus derroches y extravagancias. Pero ahora con su enfermedad que lo hacía delirar era un rey desnudo e indefenso.

El texto de Andrés Salcedo es un bello pretexto que gira entre la vida de un ídolo venido a menos por su vagabundaje en la vida y el periodo cronológico de una ciudad en formación con un potencial económico único en América Latina.

La reivindicación del vencido está presente. La inseguridad y la timidez matan al hombre. Todos están frustrados y la única respuesta al desastre es la solidaridad:  “No te aflijas, pelao, yo estoy aquí”.

NUMAS ARMANDO GIL OLIVERA
Correo: muchueloscantores@yahoo.com

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