Giovanni Quessep y Héctor Rojas Herazo

por Biblioteca Piloto del Caribe

TRES RESEÑAS DE ADALBERTO BOLAÑO SANDOVAL

Héctor Rojas Herazo: Obra poética 1938-1995 (Poesía rescatada). Instituto Caro y Cuervo, 2004

Injusta y retardadamente

reconocido en el paisaje artístico nacional como uno de sus más insignes creadores (en poesía, narrativa y pintura), Héctor Rojas Herazo recibe el homenaje y la vindicación de recoger sus libros dispersos a lo largo de cincuenta y siete poéticos años. Para que ello fuera posible, se unieron  la tesonera  labor de Beatriz  Peña Dix, quien se ocupó de la edición, estudio y notas de los poemas del autor sucreño, y el apoyo editorial del Instituto Caro y Cuervo.

Antes de este rescate, Jorge García Usta había logrado una compilación de comentarios y críticas alrededor de la obra literaria de Rojas Herazo (Visitas al patio de Celia), y mucho después, en una labor de mucha paciencia y arqueología (aunque sean ambos términos sinónimos en este caso), publicó en dos tomos su trabajo periodístico (Vigilia de las lámparas y La magnitud de la  ofrenda), ubicándolo en el lugar correspondiente de la literatura colombiana. También había recibido el reconocimiento de contados gestores culturales del país. Editorial Norma había publicado en su ya fenecida sección de poesía Las úlceras de Adán.

Por fin, decíamos, aparecen juntos Rostro en la soledad (1952), Tránsito de Caín (1953), Desde la luz preguntan por nosotros (1956), Agresión de las formas contra el ángel (1961), Las úlceras de Adán (1995) y Siete poemas (1938-1997), estos últimos rescatados con acuciosidad en los últimos años, la mayoría de ellos escritos en 1948.

La poesía de Rojas Herazo perfila, desde sus comienzos, la luz y  la herida, pero como se observa en “Apuntes de la libreta de medusa”, de Agresión de la formas contra el ángel, esta es asumida ya con gran madurez: “Tu forma de sentarte y abrochar tus zapatos / es casi pensamiento” (236). La imagen transparente, sin embargo, adquiere, en la página siguiente, un matiz más trascendental: “Toda presencia deja una grasa eterna sobre nosotros. / Es mugre. / Toda presencia es odio”, contrapunto entre erotismo y sordidez, poesía del dicterio y el grito, la sorpresa entintada de un surrealismo macerado pero lacerante: “Oigo mi cal golpeando mi memoria /, y miro mis planetas viscerales, / Mis estrellas del llanto, / Mis climas interiores, / El ritmo y sudor de mi substancia” (243).

Lo significativo de este trabajo de Beatriz Peña Dix no se queda sólo en poner en consideración la obra poética completa del escritor sucreño y la prosa poética o poemas que aparecen traslapados en la novela Celia se pudre, sino, en además,  dar cuerpo unitario a esta obra lírica en sus diferentes motivos y variaciones, o en su ubicación biográfica. Se agrega, también, la labor de poner a dialogar en las notas de pie de página  los poemas  con la obra narrativa de Rojas Herazo así como los cambios de palabras registrados de una edición a otra. Ubicación  y pedagogía crítica que muchas veces se explaya en notas muy largas y que parecen partir de un estudio más amplio, como en el caso de  la nota aclaratoria al poema  “Walt Whitman enciende las lámparas en el comedor de nuestra casa”, pero, a pesar de ello, lo más importante es cómo  compiladora ilustra acerca de la influencia y relaciones entre estos dos creadores.

Con esta edición, se logra una versión más profunda de un Rojas Herazo cada vez más desgarrado del mundo y el cuerpo, cosmovisión dionisíaca que logra macerar un poco en Las úlceras de Adán y Candiles en la niebla, sus dos últimos poemarios, sin que estos  dejen de revelar que su obra toda representa la expresión sintética y existencialista de un autor que  penetra y muestra su humanidad como testigo menesteroso y desacralizado de la tierra. Terror, temor y temblor, un inobjetable tríada del dolor en tanto expiación, de la experiencia y de la impiedad, de la soledad y de la insumisión poética contra la muerte y el silencio.

Héctor Rojas Herazo: Candiles en la niebla. Ediciones Uninorte, 2006.

Pensado como un bellísimo homenaje donde desfilan 35 poemas y 36 dibujos del mismo autor, la Universidaddel Norte publica Candiles en la niebla, último poemario de Rojas Herazo, libro que contiene un giro lírico importante en su voz poética, y que ya  mostraba desde Las úlceras de Adán. En Candiles encontramos un Rojas Herazo más mesurado, sin que por ello dejen de restallar una vez más su conciencia poética dramatúrgica, la memoria y la preguntas para un autor que se sabe, de pronto, cerca de destinos mayores.

Balance y recorrido, en este texto la expiación, el dolor y la culpa, esta vez, se difuminan  levemente, y, acaso, a través de unos tonos menos exaltados, dan las claves de las primeras obras líricas  del autor. En el poema “Tu rostro como atónita flor  escuchando la vida” se deja sentir esa posibilidad: “Tal vez llegamos aquí únicamente para merecer esto: / Escuchar el silbo del tiempo en la casa / que es nuestro propio rumor en el rumor de nuestros muertos” (19). El poema revela una poética y su tono declarativo, si se quiere poema de amor, destaca  el fulgor de lo fenecido y lo  asocia a también a un monólogo de aceptación: “No olvides mi rostro desvalido, / el hambre de mis ojos, / ni tampoco la forma en que nutrí mi soledad / y me miré sin término / y mitigué mi sed / en la sed de tus ojos”.

Versos y metáforas cada vez más acerados sobre los interrogantes últimos, poema a poema el orden  en el libro permiten mostrar, grosso modo, decantar y reajustar, entre otros, la imagen socorrida y clásica de la rosa, que ahora se convierte en “aroma de la espina”, pero también para resaltar  un diálogo con Borges y su golem, pues, como parodia, ahora el ser humano (y la rosa) es “un triste fulgor” soñado (9).

Rojas Herazo, especialmente en los cinco primeros poemas (“Instante”, “Las mieles de la noche”, “El forastero”, “Cortejo de reyes para un rey mendigo” y “Nuevo Satán”) retorna a la empresa de la modernidad artística romántica signada por Baudelaire, encargada de reformular las correspondencias con la naturaleza. El poeta colombiano propone la invención y reconstrucción del mundo y de la lengua no solo por las almas perdidas, sino también a partir de esa misma pérdida: el  poema representa esa traslación para un lector ideal que sigue ese proceso de creación. Huella e invocación, el poema se organiza frente a nuestros ojos y el lenguaje que lo convoca no es la suma de desgarramientos y fragmentaciones de poemarios anteriores sino el tono menor de una ironía que ocupa el lugar del sarcasmo, el sueño al de la pesadilla y los ángeles o diablos son humanizados (“pastores de azufrado aliento”, “es incienso el azufre”, p. 17) y el infierno ya no arde de manera descomedida, es  ahora “luz de cielo / con leve polvo de ángeles dormidos” (42).

Pero lo que importa es que si en los primeros poemas de este libro existe un hablante casi impersonal, los poemas siguientes convocan un hablante más expuesto a expresar su existencia individual (“Tu rostro como atónita flor / escuchando la vida”, p. 18) y a convertirla en un proceso  testimonial tras las que los  motivos de la sombra y la luz  reafirman la búsqueda y la pérdida del ser y de su inocencia, del fuego que perpetúa la vida, del tiempo como juego y del suplicio de sentirse vivo.

Llaman mucho la atención poemas como “Relamiendo el despojo” y “Maquinaciones del deseo”, los cuales traslucen una exposición confesional y en los que se trasunta una dura reflexión sobre un Dios que no abandona a ese hablante que lastima “sus llagas en mis llagas abiertas” (34). Como en la mejores momentos poéticos de Rojas Herazo en otros textos, puede destacarse en Candiles en la niebla “Cataclismo para merecer la aurora”, “El ruido que nos llama entre nosotros”, “Los desplazados”, “Lamentación del campesino emasculado”, poemas de los años 1959 y 1960, en los que Rojas Herazo,  mediante diversos recursos líricos, retoma la memoria ulcerada y acude a una exaltada voz que rompe el lenguaje, repite, afirma el dolor y grita la soledad y al hijo de una madre, del campesino y de los desplazados que buscan encontrarse puros, erguidos, a pesar de culpa y los golpes, de la impiedad , el olvido histórico y la violencia que los agobia.

Los obituarios de la última parte constituyen un cierre perfecto, una palabra analítica transformada en elegía  y el desnudamiento de la máscara del poeta que se transforma en voz de los otros, desde un yo vuelto hacia su propio espejo  (“Es a mí a quien despiden / en esos obituarios. / Por mí lloran y encienden / lámparas de candor en mi recuerdo  […]” (“Obituario4”, p. 77) pero también en la crónica de sonrisa sesgada, como en “Obituario 5”: “Aparece tu nombre y tu retrato / en el rincón de siempre en el periódico. / Zutano te llamabas, / parecías, con tu misma corbata y tus ojos cansados, / alguien que había salido / a comprar chuchería al quiosco de la esquina / pero ya no volviste  […]” (p. 78).

La hermosa edición, con prólogo del también poeta Juan Manuel Roca e introducción de Rojas Herazo, permiten un acercamiento más acertado hacia sus propios y “azorados huesos”.

 

Giovanni Quessep: Poesía reunida (1968-2006). Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2007

Este excelente trabajo de recopilación de Nicanor Vélez, bajo la edición de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, permite vislumbrar, una vez más,  el rostro apolíneo de Giovanni Quessep. La publicación reúne la poesía de Quessep desde 1968 hasta el año 2006, con la novedad de incluir sus últimos poemas inéditos bajo el título Las hojas de la sibila (2004-2006). No incluye su primer poemario Después del paraíso, de1961, a petición del autor.

Quessep, siempre coherente con su poética,  deja correr la concepción del borde: irrealidad, sueño, nostalgia y memoria, el exilio (interior) y la armonía, el exilio externo de otro reino, el hechizo. Y esta armonía temática se mantiene a través de cierta dicotomía: densidad y frescura; existencialismo morigerado. La paradoja entre vida y muerte, jardín y tinieblas unidas, conviven en un abrazo dialéctico, monólogos cantados, síntesis de lo que representa la poesía: “La hora de vivir, de tener alas / sobre el abismo” (“La hora de vivir”403). Acaso en los tres últimos libros la aparición de la muerte es más constante y abierta, pero a pesar de ello, en su conjunto, se impone  su lírica solar, cantar y contar, “lo legendario y lo real”.

En el juego de las correspondencias baudelairianas con la naturaleza,  los últimos tres libros de Quessep, El aire sin estrella, (2000), Brasa lunar, (2004), y Las hojas de la sibila (2006), recogen una destacada continuidad y también nuevas propuestas a partir de diversas imágenes, metáforas y de la presentación de otras interrogaciones líricas e intertextuales. Recaba aún más en lo cotidiano atravesado por el celaje y la disolución del mito y por la influencia de Oriente y Dante cuyas  revelaciones representan constantes presencias  de  lo que perece o se difracta.

De alguna manera, en Quessep recaba aún más en la naturaleza como disolución atravesada por el celaje del mito que realiza la  experiencia intimista a través del velo del sueño antes que el de la embriaguez. Aparece, entonces,  mesura, silencios, murmullos, la duración, convocados en una página del tiempo detenido, en una invocación que gana más en precisión y claridad para nombrar el solar mitificado y la dicha poética. ¿Qué tan cerca o lejos podría estar Quessep y Rojas Herazo en sus dos o tres últimos libros? ¿Cómo afrontan la muerte, su escritura o se modifican sus motivos más dicientes?

Acerca de estos interrogantes en Quessep, el compilador Vélez no hace en su prólogo referencia alguna a estos tres últimos títulos en cuanto a estilo o temáticas, entendiéndose quizá que el poeta ha permanecido incólume. Pero, más allá de esta conformidad generalizada, de esos silencios sistemáticos o de incomunicación por parte de los editores con el prologuista, la propuesta de difundir en los dos continentes una obra tan importante, constituye un aporte meritorio, pues Quessep, más que el “obligado” “compromiso” de los poetas de su generación con la sociedad, la política, ha sabido suplir con calidad lírica, espacio poético, la inclusión del sueño y la memoria, del mito y el retorno del ser a sus lugares encantados.

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