‘Los Ejércitos’, de Evelio Rosero

por Biblioteca Piloto del Caribe

Macondo Implosiona

Por Ernesto Gómez-Mendoza

Todos los colombianos debieran leer Los ejércitos, la novela tan premiada de Evelio Rosero, pero no veo a mis coterráneos exultando  con este comienzo:

“Y era así: en casa del brasilero las guacamayas reían todo el tiempo; yo las oía, desde el muro del huerto de mi casa, subido en la escalera, recogiendo mis naranjas, arrojándolas al gran cesto de palma; de vez en cuando sentía a las espaldas que los tres gatos me observaban, trepados casa uno en los almendros, ¿qué me decían? Nada sin entenderlos.”

El párrafo inicial es un compendio de la poética singular que espera al lector. Un extraño jardín de motivos que podriamos llamar góticos (¿no ha advertido ya un comentarista lo gótico de Rosero?), y un tropel de recursos de extrañamiento, ironía, absurdo y broma: toda una maraña en cuyas puntas se deja poco a poco  la literalidad del rol de lector. Muchos, solo en la segunda pasada por el texto, se dan cuenta de que en este párrafo el narrador informa que tres gatos han hablado y algo le han dicho que él no ha podido entender. Y así, en forma precoz, Rosero nos pone en el trabajo de construir una teoría del narrador del relato y nos sugiere que lo que sigue hay que leerlo con todas las precauciones necesarias en la escucha de una voz que encuentra obvio que sus gatos le digan cosas. No es el texto fabuloso que suscita la fogosidad lectora del colombiano, sujeto a quien sus “clásicos” tienen acostumbrado al modelo de la crónica norteamericana: detalles estratégicos que a la vez que son una nota que ancla la lectura en los presupuestos culturales compartidos de autor y lector, imponen un juego fácil de correspondencias y oposiciones

¿Este es el libro lúcido que dicen sobre nuestra infernal guerra civil?, preguntarán esos lectores. Y por culpa de esa guerra civil, (que no puede ser más que distante para un narrador cargado de años, tantos que ya oye a los gatos hablarle) que se queda corta ante la estruendosa contienda fabricada por los grupos informativos y por el Departamento de Estado, no podemos expresarnos  en modo triunfalista sobre la recepción de esta fábula enrarecida y visionaria,  que me recuerda la analogía en que Italo Calvino compara la literatura al escudo de Orfeo: un instrumento que permite ver indirectamente el mundo y prevenir visiones que pueden petrificar, o provocar un entumecimiento de la fantasía.

Este libro será una leyenda dentro de unos años. Irá reuniendo sus lectores pausadamente hasta convertirse en un clásico, en algo que, por lo pronto, parece totalmente lejano de su poética tenazmente deconstructora. Rosero adopta esta fábula “pobre” (como corresponde a un país cuyos pobres son el 70% de la suma de sus habitantes) y, como autor, renuncia en una desgarradora auto-deconstrucción a los atributos enfáticos del autor periférico internacional. La fórmula es contar todo desde la conciencia frágil y resbaladiza de un anciano que de su mocedad remota conserva el instinto de las mujeres, la voracidad de espiarlas, el voyeurismo. Un patriarca que en sus últimos días confunde el armagedón y el desmoronamiento de sus últimos motivos vitales. De contera, el fabulador sugiere lo aberrante de una guerra en cuyo intervalo dilatadísimo, los colombianos desembocan en la senilidad sin haber vivido ni un día de cese de hostilidades. Deconstruir al autor con plenos poderes mágicos para transmutar los trópicos tristes en Macondos donde las  miserias engendran divertidas parodias y carnavales cotidianos evasiones rabelesianas, es la inesperada opción de Rosero, un fabulador tan diestro que podría sin apremios fabricar clones de Macondo o Comala. ¿No será ese su más expreso pronunciamiento? Macondo como San José, el pueblo de Los Ejércitos, implosiona porque se queda sin gente y el patriarca, el decrépito narrador que oscila entre la vigila y el sueño, agoniza en medio de los fragmentos del sueño de su existencia, en una frontera que la nación colombiana no supo adoptar, integrar al relato de la modernidad, sino por el contrario condenar al destino de territorio proveedor de materias primas, de selva abierta a machete como preludio de la entrada de las empresas globales, extractoras de sus riquezas malditas. Los ejércitos que rodean a este deconstruido Macondo se disputan dichos recursos y en sus calles solo queda un viejo que pronto será un fantasma y un vuelo de palabras arrastradas por la hojarasca.

Anuncios